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A través de los relatos de cómo lo ven los otros, e incluso por como se aprecia en las fotos que nos comparte en “La voz de Pardo”, es claro que usted infundía mucho respeto. ¿Por qué cree que pasaba eso? ¿Cuál es la clave para proyectar respeto?
Nunca he pensado en su pregunta. ¿Infundir respeto? Pues me siento honrado si es así. Creo que hacer correctamente las cosas para las que han confiado en uno puede ser una razón. También pienso que entre menos se habla y más se hace, mayor respeto se obtiene.
En el libro también nos comparte fotos en las que se le ve una estética sobria y cuidada, algo que parece estar en desuso frente a las estéticas disruptivas o “desaliñadas” de líderes actuales como Milei o Trump. ¿Cree que el descuido de las formas en la política moderna es un síntoma de la pérdida de respeto por las instituciones? ¿O es simplemente la moda adaptándose a un electorado que ya no cree en los símbolos tradicionales?
Creo que el Milei a quien se refiere, viste y se peina para la política del espectáculo. O quizá así es como se siente a gusto. En mi caso soy un cachaco que se atreve a combinar. No sé si eso es tener una imagen cuidada. Solo uso lo que me hace sentir cómodo y ojalá elegante. No se si ha visto que en otras ocasiones olvido el cinturón y se me caen los pantalones… No creo que eso sea tan estético. Las medias de otra parte me las regalan mis hijas, llenas de colores y de formas insospechadas.
La mayor parte del libro habla de Rafael Pardo como el hombre de la paz, pero una parte de los colombianos lo recuerda también como “el hombre del trabajo” que modernizó la protección social y reformó el mercado laboral. Hoy hay un gran desencanto en el mundo laboral. ¿Por qué cree que está pasando y qué puede hacer el sistema para ayudarles?
No sé si se trata de un desencanto o de un cambio natural en el mundo laboral de hoy, marcado por otras dinámicas. El mercado laboral debe reconocer lo que quieren los profesionales, técnicos y trabajadores de hoy. Y las universidades deben conectarse con las necesidades de las expectativas productivas del país. También es necesario pensar en procesos de capacitación permanentes para personas más allá de los 50 años que empiezan a encontrar dificultades para encontrar trabajo o que son excluidos de sus lugares laborales. Otro tema muy distinto es el desafío para acabar con la informalidad, donde no hay desencanto, lo que hay es una gran injusticia.
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Usted vivió en Rotterdam, una ciudad que tuvo que reconstruirse desde los escombros tras la guerra y que hoy es un referente de arquitectura vanguardista. ¿Qué le enseñó el urbanismo y el estilo de vida neerlandés sobre la resiliencia y la posibilidad de diseñar una sociedad nueva sobre las ruinas de una vieja?
Precisamente eso que usted acertadamente dice: nuestra capacidad para recoger los pedazos y volver a darles forma, siempre acordándonos de dónde venimos y agradeciendo seguir aquí.
En un pasaje del libro, menciona el restaurante La Españolita, en Usaquén, durante momentos clave de procesos de paz. Ese lugar hoy ya no existe. Al caminar por Bogotá, ¿siente que vivimos en una ciudad llena de “fantasmas históricos” que la gente ignora?
Las ciudades cambian, evolucionan hacia otras formas, sin que eso signifique que se pierdan los lugares emblemáticos. Es labor de cada alcalde y ciudadano preservarlos.
Me llama la atención que entre sus gustos musicales esté “Play with Fire” de los Stones. Es una canción que advierte sobre los peligros de meterse en terrenos desconocidos. Su visión del país siempre ha tenido un componente muy territorial. Si hoy tuviera que llevar a un escéptico a un lugar de Colombia, que no sea una capital, para que entienda por qué vale la pena seguir insistiendo en la reconciliación, ¿a dónde lo llevaría y qué le mostraría?
Desde que tuve la oportunidad de estar en el PNR así lo entendí. Y hoy más que nunca el país debe reconstruirse desde y por los territorios, o el incendio que usted plantea lo consumirá todo. Así que a varios sitios: la Sierra Nevada de Santa Marta y recorrer el río Cravo Sur.
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