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Rapto en la librería

Presentamos un capítulo de Rapto en la librería, publicado por Editorial SM, colección El Barco de Vapor.

Luisa Noguera Arrieta

17 de febrero de 2021 - 05:21 p. m.
"Rapto en la librería", en la sección Por capítulos, de El Magazín.
Foto: Ilustración de Valentina Toro
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… En la oscuridad, el habitual silencio de la noche se rompió por unos gruñidos y un murmullo en una lengua extraña:

—Mmmm, aaaggg. ¡Mon Dieu!

—En español, D’Artagnan, todos sabemos que eres francés, pero en esta librería hablamos español.

Un personaje desconocido, más bien simplón y sin gracia, acababa de retirar la mordaza al mosquetero que había sido sacado a la fuerza de las páginas de su libro la noche anterior. D’Artagnan era un joven de cabello largo y ondulado, vestido de manera estrafalaria: llevaba un sombrero de ala ancha adornado con dos enormes plumas de avestruz, pantalones bombachos, botas hasta la rodilla y una pechera con una especie de cruz dorada bordada en el centro.

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—Ya veremos si se sigue vendiendo tan bien tu libro —comentó el desconocido—. Tienes que darnos una oportunidad a los personajes de otros textos, mosquetero. Sí, tu novela es excelente y tú eres un tipo genial, pero ¡ya! Mi autor se esmeró tanto como el tuyo; pasó horas escribiendo, borrando y volviendo a escribir. Pasó días enteros observando a la gente y tomando notas en una libretita, imaginando cómo ocurriría lo que ocurre en mi historia. Pensó mucho en mí, en lo malo que soy, y créeme que yo también puedo despertar fuertes emociones. Si tú y los que son como tú permiten que los lectores me conozcan, verás que muchos querrán imitarme. Soy un villano como pocos, merezco que hablen de mí; pero tú lo estás impidiendo.

Je ne comprends pas —balbució D’Artagnan.

—En español, mosquetero… Es normal que no comprendas. Esto no tiene lógica alguna, no recuerdas qué pasó ni cómo te traje aquí, pero era necesario hacerlo. Tus quince minutos de fama se acabaron, tómate unas vacaciones. Como te dije hace un instante, yo también soy un personaje genial; el problema es que nadie sabe que existo, nadie pregunta por mí, ni por mi autor; nadie conoce el título de la novela que me dio vida. —Hizo una pausa para aclararse la voz que se había quebrado en un suspiro triste—.  Por eso, ideé un plan que cambiará las cosas: voy a tenerte encerrado aquí, en mi libro, hasta que alguien lo compre, lo lea y se enamore de mí. Nadie ha hecho algo parecido; además, estoy mejorando el argumento de mi historia al traerte a ella: ¡yo secuestré al valiente D’Artagnan! Mi novela se hace más interesante contigo aquí.

—Está cometiendo un grave error señor mío —dijo D’Artagnan con aire de suficiencia—. Jamás podrá derrotar a un mosquetero. Lo que le hacen a uno de nosotros nos lo hacen a todos, pronto vendrán mis compañeros a rescatarme. Usted no sabe con quién se está metiendo. Somos capitanes de la Guardia Real de Su Majestad, el rey Juan…

—Ya lo sé —lo interrumpió el desconocido con descortesía—. Eres el guardaespaldas de un rey francés. Has vivido incontables aventuras junto a tus compañeros que son los hombres más valientes que se haya visto jamás; siempre logran vencer a los villanos, tienen muchas enamoradas y todo el mundo los quiere —puntualizó con ironía.

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—Gardaespaldas, precisamente, no —aclaró D’Artagnan—. Soy un capitán de la Guardia Real del Su Majestad, el rey Juan…

—Como quieras, mosquetero, como quieras —volvió a interrumpir el hombre—. Lo que te haga más feliz. Pero por ahora solo eres mi prisionero. No voy a hacerte daño, serás mi huésped por unos días, semanas o meses, no lo sé aún. El tiempo necesario para que pierdan interés en tu novela y busquen otras opciones… como la mía, por ejemplo. ¡Los lectores van a olvidarse de ti!

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—Eso no ocurrirá, señor mío. ¿Sabe usted cuándo me imaginó mi genial autor y hace cuántos años leen mis aventuras, lectores de todo el mundo?

—No lo sé y no me interesa —replicó el desconocido—. Y veo que llegó la hora de ponerte otra vez la mordaza.

Por Luisa Noguera Arrieta

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