Realidad y lenguaje metasimbólico

El lenguaje asumido más allá de su función comunicativa es un fin en sí mismo y ha construido la actual civilización, así como ha esculpido el modelo de seres humanos que hoy somos. Pero, ¿qué hace al lenguaje tan importante a la hora de determinar lo que somos y nuestro destino?

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Marco De León Espitia[1] y Cristina Úsuga Soler[2
29 de mayo de 2018 - 09:21 p. m.
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Los grandes males que aquejan a la humanidad tienen orígenes diversos si los vemos desde una perspectiva mecanicista que otorgue a cada evento adverso una causa en lo social, lo conductual o lo fisiológico. Sin embargo, es muy coherente imaginar y hasta argumentar un hilo conductor etiológico en el lenguaje, ese fantástico instrumento que nos permite intercambiar realidades. El lenguaje asumido más allá de su función comunicativa es un fin en sí mismo y ha construido la actual civilización, así como ha esculpido el modelo de seres humanos que hoy somos. Pero, ¿qué hace al lenguaje tan importante a la hora de determinar lo que somos y nuestro destino? Pues bien, existe un vínculo entre el lenguaje y la evolución de la conciencia, evolución que se relaciona con la capacidad de interpretar el símbolo que le da significado a la comunicación.

“La transmisión de señales mediante un código común al emisor y al receptor” es la definición más sencilla del concepto de comunicación. Para que dicha señal o mensaje cumpla con su propósito debe haber consenso entre emisor y receptor, en los símbolos o elementos usados y en la manera de interpretarlos. Si se carece de alguno de los elementos mencionados: emisor, receptor, símbolo o vehículo comunicacional –entendido como elemento codificador de la información– o sistema interpretativo, no es posible la comunicación, en cuyo caso el producto es el ruido semántico. De cualquier forma, comunicarse no es solo decirse cosas. Es también entender e interpretar, por medio de la sensibilidad, las realidades tácitas o en apariencia expresas. ¿Se ha preguntado alguna vez por qué los aviones no usan pito?

El entrenamiento que se recibe en las aulas escolares, llamado educación, proyecta al ser humano hacia un uso predominantemente persuasivo del lenguaje, convirtiendo a esta, la función persuasiva, en la única función que le damos a nuestra comunicación en un gran porcentaje de los casos. Este ejercicio cotidiano y subconsciente hace que la sociedad funcione como un montón de individuos que se envían mensajes entre sí, que se dicen cosas entre sí, pero que condicionados por las necesidades individuales no engranan sus acciones, de ahí que casi todas concluyan en la complacencia del ego. La comunicación eficiente es un intercambio multidireccional –bidireccional en el más básico de los casos– de información, acciones y procesos ejecutados para construir la interpretación colectiva de una realidad, interpretación que puede ser cambiante.

Construir una sociedad eficiente y funcional solo es posible mediante la exploración y el uso de las posibilidades no persuasivas de la comunicación. Para ello es necesario desarrollar la capacidad de interpretar el lenguaje de las acciones más allá del significado semántico del símbolo; algo semejante a aprender a leer o escuchar los sucesos. El precario nivel de comunicación humana se relaciona con las grandes limitaciones que impone el uso del lenguaje inmerso en el símbolo, agravado por un escenario dialógico de intercambio de información con fines persuasivos. Asumido así, en muy poco se es consciente de las formas de comunicación superior –aquellas que trascienden todo símbolo–, como la intuición, la sensibilización a priori al resultado posible y la inclusión de otros referentes no figurativos en la interpretación del discurso y de la realidad misma, cuya exploración es imperativa para la explosión cognitiva del ser humano. ¿Sería posible concebir una descripción no simbólica de la realidad? La pregunta es si la conciencia humana podrá algún día deshacerse o prescindir del símbolo como elemento necesario para definir y darle cuerpo a su realidad.

Meditemos por un instante en lo siguiente: si tenemos dificultad para comunicarnos entre humanos, que compartimos como especie un nivel de raciocinio y un lenguaje semejantes, tratemos de imaginar cómo estará de quebrantada o inexistente la comunicación con otros seres con los que compartimos nuestro entorno: plantas, animales, otras formas de vida y “lo no vivo”, existencias que se comunican con hechos o sucesos –y que obviamente carecen de símbolos que codifiquen un lenguaje verbal, escrito o gestual– pero cuyos actos son elocuentes y deberían bastar para establecer comunicación eficiente: generan oxígeno, barren el dióxido y el monóxido de carbono atmosférico, producen agua, nutrientes, aromas, etcétera en una relación simbiótica y de intercambio que dice cosas a través de la modificación de su entorno y de sus resultados, de sus productos, tales como cambios en la temperatura ambiental, en los niveles de salinidad marina, en la concentración atmosférica de ozono, en la velocidad del viento y muchos más que se traducen en bienestar para el ecosistema o –en caso de ser interpretados de manera errónea– en mutaciones y nuevas enfermedades, extinción de especies, etcétera.

La comunicación está indisolublemente ligada al destino del ser humano. Eso que llamamos realidad no es más que el lenguaje del universo, la comunicación con una infinita serie de formas y funciones que nuestro cerebro, como parte de esa misma realidad, interpreta de manera cambiante con el único propósito de poder asumirse a sí mismo, de poder encontrarle sentido a su conciencia. Lo dicho tiene mucho que ver con el destino del ser humano, que se reproduce inconteniblemente como especie solo para funcionar como un engranaje dentro de la sociedad. Millones de seres nacen en el planeta cada año para sentarse frente a un televisor el resto de su vida, para operar un instrumento o participar de un discurso, para adquirir cosas que satisfagan su sed de posesión y luego morir y ser reemplazados por otros que desempeñen el mismo rol. ¿Es ese, acaso, un destino justo para la conciencia humana? Si enajenamos el sentido del lenguaje enajenamos el destino del ser humano como especie. En abierta oposición al lenguaje persuasivo, tan de moda e imperativo en el escenario laboral de las multinacionales, cuyo único objetivo es convencer para vender, considero que ese tipo de lenguaje solo usa al hombre como un medio, desconociendo su valor como fin en sí mismo.

Un conocido axioma de la fisiología elemental y de la teoría evolutiva nos enseña que músculo u órgano que no se utiliza se atrofia. En analogía a esta conocida sentencia, si las funciones sociales o las funciones del pensamiento crítico no son estimuladas por el uso constante, pueden atrofiarse y llegar a desaparecer. Una de las principales causas de su poco uso es el descanso a ultranza sobre la normatividad, entendido como el descargo de las responsabilidades individuales sobre los fallos o dictámenes basados en la norma, en donde la aprobación o desaprobación ética de los actos humanos son responsabilidad de un tercero que actúa en representación y salvaguarda de la norma y que, anotado sea, no ha participado en el acto juzgado.

Al no haber un uso constante de la autocrítica –entendida como elemento fundamental del pensamiento sensato o del sentido común– por falta de una formación encaminada a ese propósito y por la carencia de oportunidades para su ejercicio, el individuo va perdiendo la capacidad de resolver por sí mismo situaciones cotidianas que de otra manera enfrentaría y solucionaría fácilmente con un razonar lógico. Es decir, el sentido común o el actuar sensato de una sociedad puede perderse si se cercenan sus posibilidades de uso en lo cotidiano. La organización social debe propiciar los espacios para que las personas piensen por sí mismas y tomen decisiones basadas en su propio análisis. En consecuencia, es necesario estimular el uso del pensamiento lógico, la razón deductiva y la visualización del resultado probable en cada acto individual de lo cotidiano. Una sociedad que deba invertir gran parte de sus recursos para sensibilizar a sus ciudadanos sobre el acto sensato y el actuar lógico, que redunda en su propio beneficio, para que este sea asumido, es una sociedad enferma y disfuncional que además tiene atrofiado el sentido de la sensatez. No es lógico que a un ser inteligente se le tenga que sensibilizar –casi amaestrar– sobre la no transgresión de una luz roja en el semáforo –lo cual es distinto de recibir capacitación sobre la interpretación de los símbolos o los códigos usados– o sobre la necesidad de usar un puente peatonal para cruzar una autopista de alto tráfico.

En una ocasión, conversando en un foro sobre sentido común me preguntaron cuál sería la propuesta que yo haría, desde una perspectiva absolutamente personal, que pudiera desencadenar el despertar del pensamiento sensato, que sacara a pasear la función comunicacional colectiva de la conciencia. Sin mucho preámbulo propuse el día sin semáforos. Solo pensemos en lo que podría suceder. Para funcionar la ciudad tendría necesariamente que converger en un ejercicio de comunicación y conciencia colectiva sin precedentes. Interesante desde todo punto de vista. También ahí se esconde un código comunicacional complejo, atado a las decisiones que se tomarían cuando causa y consecuencia intercambian posiciones y abandonan su lugar en la dirección del pensamiento concreto.

 

1 Médico internista cardiólogo, filósofo y ensayista. marcodeleonespitia@gmail.com

2 Historiadora y correctora de estilo, crítica de arte. macusol@gmail.com

Por Marco De León Espitia[1] y Cristina Úsuga Soler[2

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