El Magazín Cultural

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3 Dec 2020 - 6:07 p. m.

Reflexiones sobre Pablo Neruda: El retorno a lo elemental

Hubo una vez un poeta que en tiempos de incertidumbre decidió buscar la felicidad en la miel, el odio en un diccionario, la sencillez en una alcachofa y la perfección en un traje azul. Sin importar la crítica, él definió su vida junto a la gente sencilla. En cambio, para las personas de mi generación, esa que llaman millennials, las prioridades parecen ser otras.

Catalina Vargas-Acevedo

Pablo Neruda creó algunos de los versos que más se han leído, analizado y recitado a lo largo del siglo XX y XXI. / Agencia EFE
Pablo Neruda creó algunos de los versos que más se han leído, analizado y recitado a lo largo del siglo XX y XXI. / Agencia EFE
Foto: EFE

Es por eso que creo que tenemos un complejo de superhéroes; desde pequeños nos presentan el mundo a nuestros pies, al alcance de la ambición, crecemos creyendo que debemos conquistar nuestros sueños, «tan solo apuntarle a las estrellas, pues todo es posible». Vivimos en un mundo que ha cambiado sus prioridades y una sociedad en la que el éxito, los logros, la popularidad y el prestigio parecen ser determinantes, y más aún, motores de nuestra propia felicidad.

Aunque no niego que esa mentalidad, en combinación con personalidades perfeccionistas, nos ha permitido alcanzar muchos logros y ha traído excelentes resultados a nuestra generación, ha llegado la hora de volver al principio. Un comienzo quizás más digno en el que emprendamos una cuidadosa labor de cuestionar y buscarle sentido a las horas sin sueño, a los eternos sacrificios y a esas aparatosas carreras contra el andar de los relojes. Yo me pregunto después de años de estudiar y ejercer medicina (y con muchos años de formación por delante): ¿ha valido la pena y lo seguirá valiendo?, ¿para qué lo hacemos y con qué fin?, ¿en nuestros esfuerzos, ambiciones académicas y profesionales se concibe la felicidad?, ¿es está un logro más? o ¿es quizás la añorada meta? Son cuestionamientos cuyas respuestas, tal vez, se hallan en lo simple, en lo que a primera vista es efímero.

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La construcción de esa utopía llamada «felicidad» quizás se encuentra en lo más profundo de nuestra propia humanidad. En la conciencia de vivir la vida y de conocerla a cada paso para que el valor del camino no lo dé únicamente la ambición final. Pero a pesar de saberlo y a pesar de recitarlo desde antes de forjar la carrera, no es sino hasta hoy que yo, una médica perfeccionista y ambiciosa, entiendo el valor de lo elemental, del retorno a lo sencillo.

Quizás es un ciclo, quizás, un proceso, quizás ya les pasó o quizás les pasará, pero para mí ha sido comprender una ineludible realidad. Porque siento que es ahora, cuando debo cosechar los esfuerzos sembrados, que la ambición de la excelencia y la búsqueda de la perfección se ven oscurecidas y devoradas por el olor de lo humano, de lo sencillo, de lo feliz. Al igual que le pasó a Neruda que después de su Canto General, después de su actuar en política, decidió escribir lo que, en mi opinión, es lo más hermoso de su obra poética: Las Odas Elementales.

Y aunque esa toma de conciencia no empequeñece las ambiciones, he entendido que la excelencia se puede encontrar en el día a día; en la simple y cotidiana atención de un paciente. Que el valor de la vida, en mis pacientes, no lo da la suposición de una utilidad finita y menos el tiempo que se viva (la niña con una cardiopatía, el niño con un cáncer, mi paciente sin expectativa de vida). Entendí también que cambiar al mundo es importante, pero cambiar el mundo de alguien, de una manera sencilla, tiene, quizás, mayor importancia. Entendí que la preparación y los sueños de excelencia no se entregan únicamente por el alma mater ni por el número de títulos y menos por el asombro que provoca en mis oyentes el recitar la compleja profesión final.

Emprendo el camino, entre el relámpago y anillo, de buscar las ambiciones y seguir en formación, sin olvidar nunca lo esencial en mi paciente, lo elemental en la sonrisa y la búsqueda de la belleza y de la perfección en el volar de la abeja. «Y ahora, predonadme, señores, que interrumpa este cuento que les estoy contando y me vaya a vivir para siempre con la gente sencilla» («Oda a la Crítica» en Las Odas elementales, Pablo Neruda).

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