Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Mientras componía este libro extraordinario, el escritor mexicano Enrique Krauze, además de visitar nuestro país en repetidas ocasiones, hizo muchísimas preguntas a sus amigos venezolanos.
Una de sus preguntas fue: “¿Puedes enumerar, sin pensártelo mucho, los logros del período que se abrió en 1958, con la caída del dictador Marcos Pérez Jiménez, hasta, digamos, 1998, cuando Hugo Chávez ascendió al poder?”
Krauze sabe hacer preguntas difíciles, pero en aquella ocasión me pareció, luego de colgar, que esta pregunta no lo era tanto y que en unos cuantos minutos podría elaborar una lista y enviarla de vuelta en un e-mail.
Me puse, en efecto, a garrapatear en una hoja de papel lo que, a mi modo de ver, podría dar cuenta de lo poco bueno —eso pensaba— que nos dejaron aquellos cuarenta años hoy tan aborrecidos por Chávez y el chavismo.
Educación, salud pública, infraestructura; en todos estos rubros la democracia logró hacer retroceder los problemas que trajo una vertiginosa urbanización experimentada a partir de 1940. Cierto, en 1973, con el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez y el boom de precios que siguió al embargo petrolero, comenzó la involución hacia el petroEstado corrupto y manirroto que se prolonga desquiciadamente en el régimen de Chávez.
Los bienes que hoy echamos de menos manaron, sin embargo, del pluralismo y de la tolerancia que caracterizó el período y que hicieron posible que el golpista Hugo Chávez fuese indultado y pudiese lanzarse como candidato presidencial.
Expresiones de pluralismo, hoy barridas por el feroz sectarismo militarista de Hugo Chávez, fueron el Premio Internacional de Novela “Rómulo Gallegos”, las editoriales Monteávila y Ayacucho, el plan nacional de becas de posgrado. El celebérrimo Sistema Nacional de Orquestas Juveniles con que hoy Chávez se adorna se remonta a los tiempos del “primer” Pérez.
Recuerdo también que, a poco de comenzar a elaborar “la lista de Krauze”, me hallé, sin darme cuenta, anotando maquinalmente hitos de mi vida personal como ciudadano de una república latinoamericana llamada Venezuela.
Nací a este lado de los años 50, en tiempos de una dictadura militar, poco después de que fuese derrocado el primer presidente civil que tuvimos en el siglo XX: un novelista, antiguo profesor de escuela secundaria elegido por abrumadora mayoría en el primer comicio universal que conocimos. Un hombre que se negó, nueve meses más tarde, a ser pelele de un triunvirato de coroneles alzados y por eso fue derrocado.
Mi madre, una maestra normalista, había nacido y crecido bajo otra dictadura, todavía más feroz. Mi hermano y yo guardamos todavía el “pin” de la Federación de Estudiantes de Venezuela que algún enamorado le obsequió y que ella, apenas una
muchacha de 17 años, llevaba prendida en su sombrero el día de febrero de 1936 en que, desde los balcones de la Gobernación, se disparó sobre una multitud inerme congregada en la Plaza Bolívar de Caracas. Eran los días que siguieron a la muerte del crudelísimo general Juan Vicente Gómez, quien tiranizó a Venezuela durante 27 años.
El relato de cómo escapó mi madre con vida de aquella matachina en la que vio caer, a pocos pasos de ella, a varios de sus amigos y de cómo el rector de la Universidad Central caminó diez cuadras hasta el palacio Miraflores al frente de una multitudinaria manifestación en la que se confundían obreros y estudiantes, en la que mi vieja estaba entre los primeros chicharrones del caldero, fue mi primera lección de historia contemporánea venezolana.
La manifestación logró imponerle a los herederos políticos de Gómez un plan —una hoja de ruta— que condujo a Venezuela a la instauración de un régimen democrático. Fue aquella una jornada tan decisiva en nuestra historia moderna que el historiador Manuel Caballero no ha vacilado en proponer el 14 de febrero como fecha conmemorativa del nacimiento del fervor democrático de los venezolanos. Ese fervor le pudo a la dictadura instaurada en 1948.
A las 4 de la mañana del 23 de enero de 1958, una vez el dictador Pérez Jiménez huyó del país, luego de desiguales y sangrientas refriegas callejeras con la policía, la chica del prendedor de la FEV nos despertó a todos sus hijos y nos sacó a la calle a ver pasar el griterío y el júbilo de aquella pasmosa madrugada.
Así, me hice adulto en una democracia ciertamente imperfecta que la izquierda marxista me enseñó a despreciar por las razones equivocadas. Durante esos lustros hubo corrupción, sí, y abusos contra los derechos humanos y también ventajismo electoral.
Sin embargo, y parafraseando a Allen Ginsberg, a lo largo de esos cuarenta años vi a los mejores talentos de tres generaciones fructificar en un clima de tolerancia ante la voz disidente. Los vi fundar diarios y partidos de oposición, o publicar sus buenos y malos libros, estrenar sus buenas y malas obras de teatro y sus buenas o malas películas sin que la subvención estatal que pudiesen haber obtenido entrañase cortapisa a sus opiniones políticas, casi siempre acremente adversas a la élite gobernante.
¿Es ése el mismo país que hoy está al borde de sucumbir definitivamente bajo una dictadura militar que se dice “de izquierda” y que ya ni siquiera tiene el pudor de fingirse apegada a sus propias leyes de quitapón?
El libro de Enrique Krauze, El poder y el delirio, se interesa, primordialmente, por lo que de universal pueda tener el “caso venezolano”, tenido como historia de una democracia latinoamericana del siglo XX que se las apañó para tenderle la cama a un demagogo autoritario y así pegarse un tiro sin realmente proponérselo.
La última década ha sido tan pródiga en libros sobre Chávez y Venezuela que usted tiene derecho a preguntarse qué clase de libro es éste. Para predisponerlo a comprarlo ¡y leerlo!, permítame ponderar de la singular estructura de El poder y el delirio.
Largos trechos del mismo discurren como crónica política a la que se yuxtaponen oportunos excursos eruditos. A ratos es sugestivamente “autorreferencial”, como cuando Krauze narra cómo surgió la idea de escribir sobre Venezuela, luego de una visita a nuestro país, a fines de 2007.
El capítulo clave está dedicado al modo en que el culto a los héroes encarna en Chávez y por qué para éste ha sido crucial la revisión —diré mejor “la torsión”— de la Historia. En sí mismo, se trata de un persuasivo ensayo de historia de las ideas políticas en el que Chávez, Marx, Carlyle y Plejánov se mueven sideralmente, los unos en torno a los otros, para concluir que, a despecho de lo que pueda pensar la izquierda continental, de todos los “fascistas” de la región, acaso el arquetipo sea Chávez. “Fascista” aquí no vale en absoluto como epíteto injuria sino como caracterización de un pensamiento y un proceder políticos que nada tienen que ver con los socialismos postulados o conocidos hasta la fecha.
Para mejor fundar su estudio sobre nuestra democracia suicida, Krauze vindica lo que llama “la hazaña de Rómulo Betancourt” y lo hace de la mejor manera imaginable: entrevista a Manuel Caballero, su biógrafo par excellence. No es el único capítulo en que Krauze transcribe, a la par que lo glosa, un iluminador conversatorio.
La velada —presumo que se trató de una velada— con los académicos venezolanos Germán Carrera Damas, Simón Alberto Consalvi y Elías Pino Iturrieta alimentó una pieza antológica en torno a los usos políticos del culto a Bolívar.
La probidad de Krauze lo lleva a recabar los pareceres de tres egregios factores chavistas, ya que Chávez mismo se negó a concederle una entrevista: son ellos Jorge y Alí Rodríguez, junto a José Vicente Rangel.
Llegado aquí me pregunto qué pudo ver el ex ministro de Información venezolano Andrés Izarra en este libro que tan equilibradamente compulsa la opinión de tres de los más representativos dirigentes del chavismo.
Como se sabe, Izarra, quien irónicamente organizó los encuentros con el chavismo de alto gobierno, envió un intimidatorio e irreproducible e-mail de repudio al distinguido historiador chilango en vísperas de la presentación del libro en Caracas.
El poder y el delirio es un libro inspirador que nos llega justo cuando los demócratas de Venezuela se aprestan a librar una desigual batalla en la que las opciones son recuperar, ¡para todos!, nuestra tradición democrática o perderla para siempre a manos de una presidencia militar vitalicia.
* Escritor y periodista venezolano.
Enrique Krauze, ‘El poder y el delirio’, Tusquets, 2008, $ 69.000.
Krauze: entre las letras y la política
El mexicano Enrique Krauze se ha caracterizado por ser un polémico editor, ensayista e historiador. Su pasión por las letras marcó su destino profesional e hizo que en 1991 se convirtiera en el director de la Editorial Clío y en 1999 de la respetada revista Letras Libres.
Autodenominado liberal en el plano político, sus apreciaciones sobre la realidad de los partidos mexicanos y sus fuertes críticas a López Obrador empezaron a hacer mella en la opinión pública, lo que lo alentó a emprender una importante carrera literaria en torno al tema político, convirtiéndose en el autor de Biografía del poder (1987), La presidencia imperial (1997), Travesía liberal (2003), La presencia del pasado (2004) y Para salir de Babel (2006).