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“La Grazia: la belleza de la duda”, una película sobre la carga que trae el poder (Opinión)

Esta película del director italiano Paolo Sorrentino nos muestra la vida de un presidente que, al final de su mandato, todavía tiene algunos dilemas morales por resolver.

Daniel Rojas Chía

03 de abril de 2026 - 08:00 p. m.
"La Grazia" está protagonizada por Toni Servillo (foto), Anna Ferzetti y Orlando Cinque.
Foto: Fremantle Film
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Desde la ensoñación y el ejercicio continuo de recordar momentos de la vida que marcan la existencia para siempre, trazando esa dicotomía dentro de las condiciones humanas que se muestran como alarmas constantes del pasado que interceden en el presente, convirtiendo el futuro en algo difuso, encuentran a la melancolía como el mejor compañero para ese andar, pero la existencia en ocasiones en un ejercicio silencioso donde sólo las ideas gritan en el interior.

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El director napolitano Paolo Sorrentino muestra los últimos meses de un presidente moderado de la República Italiana, llamado Mariano de Santis atrapado entre la responsabilidad institucional y el deseo de recuperar una vida ordinaria dentro de sus temores de ya no ser nada en el mundo. Bajo la interpretación del actor italiano Toni Servillo, se propone un retrato sobrio, pero profundamente íntimo.

En La Grazia, Sorrentino transforma a la política en un espejo desde donde cuestiona el poder y cómo la condición humana cambia según esa posición. Tomando lo melancólico como vehículo de cuestionamiento de las costumbres, los secretos y los conflictos internos que afloran en el momento más inesperado gracias a lo que pasa a su alrededor, pero desde su posición de poder y tener las herramientas sociales para poder cuestionarse sin alguna otra preocupación, solo dedicado al ser y la nada.

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Servillo se enfrenta una interpretación donde debe encarnar la fragilidad del poder y cómo el conocimiento puede alterar dinámicas sociales e, incluso, cambiar las instituciones. Esta isdea se ve también a través de la historia de su hija, Dorotea de Santis (Anna Ferzetti).

La propuesta estética de Sorrentino es una protagonista constante en sus narrativas visuales, como se puede ver en producciones como La grande belleza (2013) o Parthenope. Sin embargo, en esta ocasión el director italiano optó por una moderación visual y narrativa más contemporánea, sin renunciar a momentos de lirismo y extrañeza y con una continuidad donde cada plano respira el anterior y sus personajes, como las imágenes, se compenetran.

El napolitano desplaza el foco del espectáculo del poder hacia su dimensión ética y humana, mostrando por momentos al presidente Mariano como algo impenetrable. Pero él no es un titán ni un villano, sino un hombre que duda, que se reconoce limitado y a quien ahora el tiempo le muestra otras lecciones que debe aprender, empezando por la idea del amor (en el verdadero protagonista), que se convierte en un gesto de resistencia frente a la certeza autoritaria, a la normativa de las instituciones.

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La película se construye sobre la tensión entre el deber y el deseo; entre apreciar la vida que sobrevive y la que se extingue frente a lo cotidiano, sacando a relucir constantemente la nostalgia, que abruma, pero que también enseña. Esta no es solo una pared de fusilamiento, sino una forma de reivindicar la humanidad de un actor político, recordando que detrás de la investidura hay un individuo que añora lo común.

Aun así, Sorrentino se mantiene sobrio, explora la belleza de lo común y la falta de apreciación de lo cercano. Además, la fotografía de Daria D’Antonio y la edición de Cristiano Travaglioli refuerzan un ritmo contemplativo donde la cámara se detiene en gestos mínimos, en silencios que evocan reflexiones en la fragilidad del cuerpo envejecido. Se trata de una dirección menos exuberante, pero igualmente seductora.

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A diferencia de relatos anteriores, aquí el poder no es grotesco ni excesivo, sino un espacio de soledad y vulnerabilidad que con el tiempo empezó a mostrar sus grietas. La película, por lo tanto, funciona como una meditación sobre la eutanasia política: el final de un mandato como metáfora de la despedida de la vida.

LA GRAZIA | Official Trailer

La Grazia es una obra que renuncia al exceso y para permitir una mayor profundidad emocional. Sorrentino ofrece un cine político que no se limita a denunciar, sino que humaniza la figura del gobernante, recordándonos que la verdadera gracia está en aceptar la duda, acoger el perdón y sobrellevar las circunstancias de la vida. En ese sentido, Toni Servillo interpreta la fragilidad como un acto de resistencia.

Se trata de una cinta que propone un cuestionamiento sobre la humanidad del poder y de quienes lo ejercen, de cómo el amor se convierte en una catarsis personal que parece durar toda la vida. Cada plano asegura que el espectador lleve estas ideas flotando en su pensamiento. En mi opinión, no es la mejor película del director, pero sí tiene el carácter y la forma suficiente para que, cuando salga de la sala de cine, pueda llevarse algo a casa. ¡Salud!

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Por Daniel Rojas Chía

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