El Magazín Cultural

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20 Nov 2020 - 2:00 a. m.

Retrato de un hombre leal

En Sabaneta, Antioquia, este miércoles falleció José Heliodoro Rubio, “Lolo” (1955-2020), quien durante veintitrés años protegió una vida imprescindible para el debate democrático en Colombia: la de Carlos Gaviria Díaz.

Ana Cristina Restrepo Jiménez

José Heliodoro Rubio, ex escolta de Carlos Gaviria.
José Heliodoro Rubio, ex escolta de Carlos Gaviria.
Archivo particular
José Heliodoro Rubio, ex escolta de Carlos Gaviria.
José Heliodoro Rubio, ex escolta de Carlos Gaviria.
Foto: Archivo particular

Solemos limitar la figura del escolta a la de un guardián físico, aquel que se arriesga por cuidar a otro, pero la protección real es la que se extiende a la intimidad y lo convierte en testigo excepcional de una vida.

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Tras la muerte de Gaviria, en marzo de 2015, Lolo se trasladó a Medellín y permaneció al lado de la familia Gaviria Gómez. En Bogotá quedaron la única hija y el nieto de Rubio.

Este es el fragmento de una prolongada entrevista, casi imposible de conseguir, un retrato de la lealtad:

—Lolo, ¿cuál fue el momento más complejo que vivió con Carlos?

—Cuando era candidato a la presidencia: programaron una visita a un barrio del sur de Bogotá, por Ciudad Bolívar, un sector pesado: Villanueva. Le llegaron amenazas de las Águilas Negras diciendo que si iba, lo mataban. No les paramos muchas bolas y, como siguió adelante con la agenda, le llegó otra amenaza también de las Águilas Negras diciendo que a donde él fuera, lo volaban.

—¿Cómo reaccionaba un hombre que defendía las libertades ciudadanas todo el tiempo, como Carlos Gaviria Díaz, ante estas restricciones a su libertad?

—Yo le recomendé: “Doctor no vaya por allá, no vaya a ir”. Pero él me contestó: “Yo voy a ser presidente tanto de los del norte como de los del sur! Si los del sur quieren que yo esté allá: allá voy!”.

Y allá fueron. Asistieron a tres sitios cerrados y, además de sus quince escoltas permanentes en campaña, se reforzó su seguridad con al menos cincuenta agentes del DAS y de la Policía con perros entrenados.

—¿Dónde era más difícil mantenerlo vigilado?

—En las recepciones de hoteles, ¡eso sí que era complicado!, y en la plaza pública. Es que prácticamente todo era difícil: iba a una universidad a dar una conferencia, estaba sentado solo en la tarima y, cuando terminaba, al minuto había treinta o cuarenta personas a su alrededor. En la campaña política era lo mismo, la gente se botaba a tocarlo, por la foto, por el autógrafo: sacarlo de un lugar era bastante complicado.

Carlos Gaviria Díaz conservaba su chaleco antibalas en el carro, no lo estrenó. Por eso, en las tarimas públicas y privadas, Lolo (con las prendas de protección puestas en todo momento) era su sombra, no solo estaba presto para cubrir la cabeza y el torso de su protegido, sino que mantenía a dos escoltas adicionales para derrumbar al candidato al suelo ante cualquier eventualidad. Era un esquema de cerco, absolutamente cerrado. Nunca tuvo que enfrentar un ataque armado.

A diferencia de otros escoltas, José Heliodoro Rubio tenía pleno conocimiento de todos los rincones del apartamento, pues su jefe le había confiado las llaves de la puerta principal. En caso de viajes, quedaba a cargo del mantenimiento, con autoridad para entrar y salir según la necesidad.

—¿A usted qué le impactaba de ese entorno íntimo?

—Cuando necesitaba que le llevara libros, él me decía dónde estaban. Lo más cruel es que, por ejemplo, decía: necesito el libro de El Quijote, es de pasta amarilla, está en el tercer escaño, de arriba hacia abajo, al lado derecho está de quince: ¡Y ahí estaba! No estaba de catorce ni de trece: era el quince”.

—Dado el grado de cercanía entre ustedes, ¿cuál era el protocolo cuando él atendía llamadas personales?

—Si estábamos en el apartamento y entraba una llamada, yo siempre me retiraba, salía a ver qué estaban haciendo los muchachos o iba a la cocina a preparar un tinto. Si él me necesitaba, me llamaba. Precisamente por eso yo trataba de que en la camioneta solo estuviéramos el conductor, él y yo. Cuando tuvo sentencias pesaditas, como la del aborto, yo trataba de que fuéramos solo él y yo, entonces yo manejaba: uno se daba cuenta porque él no hablaba bien, tenía cosas que decir. Ahora, la cosa es que como yo permanecía con él, la gente pensaba que yo lo sabía todo, pero no era así. Dicen por ahí que entre menos se sepa, menos se habla.

—Pero usted sabe cosas que nadie sabe de Carlos Gaviria.

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—Pero qué puedo saber. Un día alguien dijo en una reunión que Lolo es el que sabe los secretos de Carlos, “a ver, ¿qué nos va a contar?”. Aquí, sinceramente, que yo sepa, él no tenía secretos, era una persona abierta, decía lo que pensaba: si él pensaba algo bueno de una persona, se lo decía con cariño; si pensaba algo malo, se lo decía sin cariño, pero sin grosería.

—¿Alguna vez usted les ocultó algo a la esposa y los hijos de Carlos?

—Sí, cuando estábamos en la Corte Constitucional. Él almorzó, se indigestó y estuvo enfermo. Le llamamos médico, le llamamos ambulancia, y lo primero que él me dijo fue: “Que no se enteren en la casa”. Él sabía que se preocupaban mucho. Y efectivamente era una indigestión, cuando llegó a la clínica estaba bien, se bajó caminando. Lo que pasó fue que al final ellos se enteraron de todos modos, porque a los tres o cuatro días un periodista lo sacó al aire.

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Entre lo que conserva de su protegido, de su amigo, hay varios libros autografiados y algunos objetos personales. María Cristina Gómez le regaló el computador de su esposo, tal como lo dejó al morir. José Heliodoro Rubio recuerda que él mismo procedió a resetearlo sin revisar el contenido.

—¡Usted es una caja fuerte, Lolo! —interrumpo a mi entrevistado.

—No, pero estuvo bien así. Es que mucha gente dice: “Ay, los secretos que él tiene” y él no tenía secretos con nadie. Si los tenía, se los guardó, porque eran sus secretos.

—Siempre estuvieron bien guardados, Lolo. Quedaron muy bien guardados.

—Sí, eran sus secretos. Y así debe de ser.

*El hereje: Carlos Gaviria. Ana Cristina Restrepo y Santiago Pardo. Planeta, 2020.

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