
Este grabado pertenece a la serie “Amarraperros”, una de las siete que se pueden encontrar en esta exposición.
Foto: Cortesía Marcos Roda
Durante mucho tiempo, una de sus monjas muertas y delirantes habitó mi oficina, una de las más movidas de una institución de arte. En medio de ese ritmo vertiginoso, el grabado custodiaba un silencio de clausura que parecía blindado contra el ruido externo, ofreciendo un contraste radical y fascinante. Siempre me ha cautivado esa quietud; un gusto por el silencio que se rompe únicamente por esa fuerza erótica y barroca de sus monjas que, desde el hermetismo de su encierro, parecen transformar la agonía del aislamiento en una experiencia...
Por María Elvira Ardila
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