23 May 2021 - 2:00 a. m.

Rodrigo García: “La figura de los padres se enaltece después de muertos”

En el libro “Gabo y Mercedes: una despedida” el hijo de García Márquez expone un relato nostálgico e íntimo de su familia.

Andrés Osorio Guillott

Gabriel García Márquez y Mercedes Barcha, el día en que el colombiano supo que se había ganado el Premio Nobel (12 de octubre de 1982). Es la imagen de la portada del libro (arriba).
Gabriel García Márquez y Mercedes Barcha, el día en que el colombiano supo que se había ganado el Premio Nobel (12 de octubre de 1982). Es la imagen de la portada del libro (arriba).

En la vida y obra de García Márquez se habla de artilugios y misterios. De principio a fin, su paso por el mundo estuvo rodeado de una magia que va más allá del nombre del género literario donde encasillan su literatura. Esa misma magia, que bien puede llamarse poesía, se reafirmó en el instante en que la muerte, casi que como imagen y semejanza de la que alguna vez el escritor colombiano retrató en Cien años de soledad, envió una especie de paloma mensajera que vaticinó que el momento temido y más natural de nuestra condición humana estaba por llegar.

En el libro Gabo y Mercedes: una despedida, Rodrigo García Barcha cuenta que la mañana del 17 de abril de 2014, cuando falleció Gabriel García Márquez, “aparece un pájaro muerto dentro de la casa. Hace unos años, se cubrió lo que antes era una terraza para hacer un comedor y sala con vista al jardín. Las paredes son de vidrio, así que se presume que el ave entró volando, se desorientó, se estrelló contra el vidrio y cayó muerta en el sofá, más precisamente en el sitio donde mi padre suele sentarse”.

Un mal presagio, pero es una escena calcada de Cien años de soledad, no solo por el ave, sino por ser también el día en que muere uno de los personajes principales de una de las novelas más recordadas de García Márquez: “Amaneció muerta el Jueves Santo (...) La enterraron en una cajita que era apenas más grande que la canastilla en que fue llevado Aureliano, y muy poca gente asistió al entierro, en parte porque no eran muchos quienes se acordaban de ella, y en parte porque ese mediodía hubo tanto calor que los pájaros desorientados se estrellaban como perdigones contra las paredes y rompían las mallas metálicas de las ventanas para morirse en los dormitorios”, dice en el libro relatando la muerte de Úrsula Iguarán.

“No tuve más que aceptarlo. Fue algo increíble, inexplicable. Más que explicarlo, hay que aceptarlo y gozarlo como un evento que está tan atado a imágenes de Gabo que son sorprendentes, pero uno no puede empezar a especular qué significa y cómo se dio. Hay que aceptarlo como un acontecimiento muy bello para contarlo”, dijo Rodrigo García.

Imágenes a blanco y negro y la palabra despedida como un cuadro que evoca la nostalgia de un hijo que añora los recuerdos de aquellos años en los que compartió con sus padres, en los que fue entendiendo el sentido de la frase de las vidas pública, privada y secreta que señaló su progenitor y siempre defendió a cabalidad.

“Siempre tuve que hacer un trabajo de hacer los varios Gabos. Mi papá, el que vivía en la casa, el que escribía en la casa, el que era famoso, el que estaba enfermo, el que murió. Todo es un proceso de integración. Ahora que ya no está tengo que integrar esas dos personas, la ausente y la que sigue viva en el mundo de la literatura y los lectores. Pero cada vez más me enfoco en lo que es personal y no en lo que es la fama. Ya lo que queda es ellos como personas, como padres y la relación con nosotros. Todo tiende a ser personal y no sobre el éxito”.

Y surge entonces el problema de la intimidad, de hacer público el relato de dos muertes que marcarían indudablemente. Y entonces conocemos ese injusto destino de una memoria perdida, de unos recuerdos extraviados, como si García Márquez hubiera sido de nuevo un personaje de Cien años de soledad y resultara contagiado por la peste del olvido que cayó sobre Macondo. Y conocemos cómo fueron pasando esos años y los últimos días en los que el final parecía cada vez más inminente. Y también nos enteramos de que, a diferencia de la muerte de su padre, con el que compartió hasta los últimos minutos de vida, le fue imposible estar junto a su madre, pues la pandemia complicó la cercanía y tuvo que asumir el duelo sin haberse podido despedir agarrando su mano y sosteniendo la mirada en esa fragilidad previa a la muerte.

“Con la madre tuve una etapa final. Fue difícil, sin duda. Fue muy rápido. Tuvo una decaída y a los dos días murió. Al principio no viajé porque estaba en una mala época el contagio en México. Al día siguiente me di cuenta de que a lo mejor estábamos en una etapa muy riesgosa con ella. Cuando estaba planeando el viaje me habló mi hermano y me dijo que ya no llegaba. En ese sentido estuve triste, pero también fue lo que vivió mucha gente en 2020. No poder viajar, no poder ver a la gente en persona, pero no es que quiera comparar las tragedias que vivieron muchas personas con sus seres queridos aislados en hospitales. Finalmente, mi madre estaba en la casa con mi hermano y la familia de él. Fue triste sin duda, pero hay que aceptarlo. Gabo fue perdiendo la memoria en los últimos tres o cuatro años. Podía uno sentarse con él, se mostraba tranquilo, pero no nos reconocía. Era parte de lo que tuvo que aceptar. Mercedes, a pesar de que físicamente estuvo disminuida, su cabeza estuvo siempre muy entera y fue siempre ella misma hasta el final. La extraño un poco más a ella porque con ella estuve muy presente y hablábamos cotidianamente hasta dos días antes de morir, quizá por eso la tengo más presente, pero pienso en ambos todos los días. Los padres crecen después de muertos. Por un lado, por la edad tiene uno más perspectiva, los ve uno más humanamente, los acepta uno con sus defectos. Pero a pesar de eso, la figura se enaltece”.

Fingimos una especie de sorpresa cuando la muerte nos acecha como una maniobra para defendernos de nuestra propia vulnerabilidad y finitud. La muerte, esa que García Márquez odió porque era la única etapa de la vida sobre la cual no iba a poder escribir nunca, es la que tuvo que asumir Rodrigo y toda su familia, pero él en especial la quiso acoger para intentar comprenderla y dar su propia opinión sobre ella: “Los escritores están obsesionados con la pérdida, con el paso del tiempo y su más grande manifestación, que es la muerte. Es esa contradicción. Es natural y totalmente inaceptable. Es el misterio con el que se vive”.

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