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Rodrigo Hernández Jerez: El antagonismo como acto sanador

Rodrigo Hernández Jerez, actor formado en el Teatro Libre, habló sobre su carrera y el paso por la serie de Netflix: El robo del siglo, en el personaje de Steven.

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Laura Valeria López Guzmán
08 de octubre de 2020 - 08:22 p. m.
Rodrigo Hernández Jerez ha participado en diferentes producciones como: “Grises” (teatro), Los fierros (cine), Tu voz estéreo (televisión), entre otras.
Rodrigo Hernández Jerez ha participado en diferentes producciones como: “Grises” (teatro), Los fierros (cine), Tu voz estéreo (televisión), entre otras.
Foto: Cortesía Teatro Libre
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El Teatro Libre, de la mano de la Universidad Central, hace varios años creó un convenio para la formación profesional en arte dramático. Por esta academia han pasado varios actores conocidos como Andrés Parra, Diego Barragán, Héctor Bayona, Santiago Reyes, entre otros. A esta misma cuna de artistas se sumó Rodrigo Hernández Jerez unas décadas después.

Rodrigo Hernández Jerez desde pequeño se interesó por el teatro. Desde que se encontraba en el colegio participó en diferentes obras. Al graduarse tomó otro camino, estudió una carrera totalmente desligada de este arte. Al cumplir veintiún años decidió retomar la actuación haciendo talleres y seminarios dirigidos tanto a las tablas como a la televisión. Cinco años después, gracias a Jorge Cao, ingresó a la escuela del Teatro Libre. Al terminar la carrera y viajar con su alma máter por Colombia presentando dos obras se reencontró con Cao, quien esta vez le propuso trabajar con él en la producción y actuación de la obra Yepeto. Presentación en la que debutó como artista.

Posteriormente, trabajó en el Laboratorio de Victoria Hernández, un espacio de experimentación para actores, en el que de la mano de su directora produjeron El amor es un francotirador. Al terminar las tres temporadas de esta obra se encontró con Juan Carlos Agudelo, un compañero de carrera. Los dos, entre conversaciones informales y cotidianas, se preguntaron en qué podrían invertir su futuro próximo, qué obra podrían crear. Entre dudas e interrogantes llegaron a la creación de Grises, una historia basada en la obra Actos sin palabras II del dramaturgo irlandés Samuel Beckett.

Con el paso del tiempo, Hernández Jerez empezó a andar otros caminos en los que la televisión fue su brújula. En este formato actuó en Tu voz estéreo, Sala de urgencias y El Bronx, novelas que lo formaron para llegar a ser parte de la película Los fierros, una producción de Dynamo y dirigida por Pablo González. Para este 2020 la misma productora sacó, por medio de Netflix, la microserie El robo del siglo, una obra basada en el asalto que se llevó a cabo en 1994 al Banco de la República, sede Valledupar. Para esta historia se tuvo en cuenta el libro Así robé el banco de Alfredo Serrano Zabala, en el que el autor plasmó la entrevista que tuvo con alias Fabio, uno de los actores intelectuales del crimen.

¿Qué tanto cambia encarnar un personaje antagónico como Ramiro en Los fierros y Steven en El robo del siglo?

Depende de las circunstancias dadas del personaje. Por ejemplo, Ramiro era un muchacho de pueblo que vivía en una familia de estrato medio bajo, y su educación y su estructura social era totalmente diferente al personaje de Steven. Sobre esto yo comienzo a construir desde ese imaginario y le regalo un poco de mí. Ramiro era un tipo un poco más impulsivo, que no medía las consecuencias. Y Steven es otro personaje que viene más de la barriada del centro, un consumidor de cocaína. Y ese contexto ya te pone en un universo completamente distinto.

¿Cómo recuerda su vida en los años noventa, época donde se sitúa El robo del siglo?

Los noventas para mí fueron muy bonitos porque estaba en la adolescencia. Tenía catorce años, más o menos. Me acuerdo de muchas cosas, una época gloriosa del fútbol, una época también de miedo por las bombas. Uno estaba en casa y escuchaba de la nada un bombazo. Por otro lado, estaba la magia de Estados Unidos con Disney, Michael Jackson, Los magníficos, El lobo del aire.

¿Qué elementos culturales, historias, vivencias ha tomado usted para los personajes?

Cada universo es distinto; cada montaje es nuevo. Me gusta mucho el arte audiovisual. Me he dedicado a viajar a través de los años por medio de las películas. Admiro las producciones de Kubrick, donde el suspenso genera adentrarse en la historia; de Alfred Hitchcock; Fathi Dakin; por el lado de las películas clásicas he sacado ideas, personajes, gestos de Cinema Paradiso o Feos, pobres y sucios. Ahora, de actores o personajes he aprendido del Guasón, Jack Nicholson, todos estos personajes que tienen una psicología muy fuerte. Me gusta analizarlos, observarlos, repetir las escenas de estas películas. A nivel dramatúrgico me quedan muchas cosas de la cuna del teatro: Chaux Pierre, que siempre es tan trágico; y ya más contemporáneos como Tennessee Williams o Harold Pinter.

¿En qué otros espacios ha trabajado?

Estuve trabajando en la cárcel de El buen pastor dando clases de teatro. Tuve a cargo doce reclusas. Cada mujer era un personaje y tenía una patología. Cada una, al estar ahí por razones totalmente diferentes a las demás, provocó que creara un universo nuevo con el que pude jugar constantemente en mi vida.

¿Cómo podría definir haber estado en todos los frentes que tiene un actor?

Pues eso es una maravilla. Yo me siento muy afortunado porque es muy importante que el actor sepa diferenciar los lenguajes. Creo que la vida me ha dado esa oportunidad. Ha sido un camino largo porque no ha sido fácil. Son diez años más o menos entregándole la vida a esto, llenándome de frustraciones y también de logros. Ahora, creo que el error y el fracaso son lo único que te lleva a encontrar el camino.

¿Qué cosas de sus personajes se han quedado en usted, como gestos, ideas o costumbres?

Yo no sé si se han quedado en mí o yo se los he dejado a ellos. Es posible que haya exorcizado cosas mías con cada personaje que hago. Por ejemplo, al interpretar un personaje antagónico uno suelta una parte de la maldad o el rencor que se lleva adentro. Uno se libera de una cantidad de cosas. Al actuar se crea una especie de espejo donde la tragedia del personaje se vuelve la de uno. Y así, para mí, ser un personaje antagónico es un acto de sanación.

Por Laura Valeria López Guzmán

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