El Magazín Cultural

Publicidad
12 Aug 2021 - 4:27 p. m.

Rojas Herazo: Respirando el verano, la belleza de la ruina y el olvido

Presentamos el prólogo de la edición conmemorativa de “Respirando el verano”, que se lanza hoy a las 7:00 p.m. en el Gimnasio Moderno en el marco de la FILBo.

Federico Díaz-Granados

La novelística de Héctor Rojas Herazo se conforma por "Respirando el verano" (1962), "En noviembre llega el arzobispo" (1967) y "Celia se pudre" (1985).
La novelística de Héctor Rojas Herazo se conforma por "Respirando el verano" (1962), "En noviembre llega el arzobispo" (1967) y "Celia se pudre" (1985).
Foto: Archivo Particular

Héctor Rojas Herazo (Tolú, 1921), fue finalista del premio Esso en 1961 con su primera novela Respirando el verano. Nadie intuía por esos días que esta novela era el inicio de una gran saga novelística sobre el caribe colombiano donde la soledad, la ruina y el olvido serían los ejes transversales de un universo mítico y lleno de fábulas. Pero más allá de esos asuntos y preocupaciones estéticas que se condensan en la novela hay que destacar de que su autor acercaba a muchos lectores colombianos a una modernidad literaria acorde a las tendencias de lo que estaba pasando por esos años en las letras escritas en español. Por eso cuando aparece la primera edición en 1962 algunos reconocieron innovaciones en la técnica, el manejo de la voz narrativa y las líneas de tiempo y cómo dialogaba con registros del llamado realismo fantástico o lo real maravilloso.

Rojas Herazo era conocido en los círculos literarios del país por su poesía y algunos textos periodísticos publicados principalmente en El Universal de Cartagena.

Había editado para entonces cuatro libros con algunos de los títulos más bellos de la poesía colombiana: Rostro en la soledad (1952); Tránsito de Caín (1953), Desde la luz preguntan por nosotros (1956) y Agresión de las formas contra el ángel (1961). Estos libros fueron saludados por muchos de sus contertulios y contemporáneos y compañeros de sala de redacción como Clemente Manuel Zabala, Gustavo Ibarra Merlano y Gabriel García Márquez. Gabo se había entusiasmado tanto con la poesía del primer libro de Rojas Herazo que escribió un par de textos muy elogiosos. En el primero de los artículos se refiere puntualmente al poema “El habitante destruido”: “Leímos ese tremendo testimonio de hombre que es su poema “El habitante destruido” y que constituye una de las obras fundamentales de nuestras letras. Hablar de Rojas Herazo es una manera de sentirse acompañado por un universo de criaturas totales”. Y poco después, en junio de 1952, el mismo Gabo escribiría sobre “Rostro en la soledad” en El Heraldo de Barranquilla: “Creo que es allí, en “La casa entre los robles”, donde está el orden de poesía en que ha de mecerse el autor de este libro cuando el misterio tenga que someterse a su agresividad. Así de grande y de hermoso ha de ser su trofeo. Porque “La casa entre los robles” no es una pausa ni una capitulación. Es el armisticio. Allí logra el hombre su sitio indisputable después de esa larga y desesperada contienda. Para llegar hasta allí ha sido preciso recorrer íntegramente el trecho amargo, la febril y desmedida distancia que va desde Adán hasta el hombre”. El poema en mención era una forma de “Arte poética” desde donde se desprendería todo el universo poético, pictórico y narrativo de Rojas Herazo. No en vano, el poema “La casa entre los robles” no solo es uno de los poemas canónicos de la tradición colombiana, sino que nos revela el tono, la atmósfera y el clima que vendríamos a reconocer no solo en la obra del escritor sucreño sino de gran parte de la literatura del Caribe colombiano escrita en la segunda mitad del siglo XX: En este poema se advierte, entonces, su mundo arquetípico alrededor de la casa con sus imaginarios y simbologías. “A un ruido vago, a una sorpresa en los armarios, / la casa era más nuestra, buscaba nuestro aliento / como el susto de un niño. / Por sobre los objetos era un tibio rumor, una espina, una mano, / cruzando las alcobas y encendiendo su lumbre furtiva en los rincones”.

De Respirando el verano los lectores de hoy podrán identificar ecos en obras fundamentales de nuestro país. Por ejemplo, muchos críticos como el norteamericano Seymour Menton recuerdan que esta novela es el gran antecedente colombiano de la obra cumbre de García Márquez. Son muchas las miradas comunes y obsesiones por contar en ambas obras una saga familiar, en un pueblo imaginario donde la abuela es el centro de la casa, de la familia y de la sociedad misma y en el que la memoria, el polvo y la ruina son el escenario mágico de unos hechos donde el telón de fondo es la historia misma del país. De igual forma muchos de estos imaginarios tendrían resonancia en obras fundamentales de Ramón Illán Bacca, Roberto Burgos Cantor, Álvaro Miranda, José Luis Garcés González, Giovanni Quessep, Rómulo Bustos Aguirre y más jóvenes como Gustavo Tatis Guerra, Beatriz Vanegas Athías y John Junieles, entre otros.

Le sugerimos leer:

Héctor Rojas Herazo, el poeta, el periodista, el pintor

Respirando el verano se inscribe en la mejor genealogía de novelas colombianas que no solo traducen la oralidad, las costumbres, los mitos fundacionales, sino que transcurren en la tierra caliente con las connotaciones sociales y culturales que esto entraña. Las grandes novelas colombianas del siglo XX están llenas de lluvias y calor, polvo y olvido. Somos de alguna forma hijos de ese clima y la literatura, por supuesto, ha sido testimonio y documento de todo aquello que ha marcado un carácter y un talante nacional y tropical.

La novela transcurre en un pueblo imaginario llamado Cedrón, que bien podría ser el Tolú de la infancia de Rojas Herazo o cualquier pueblo del caribe colombiano. A lo largo de 23 capítulos divididos en dos grandes partes, Las cosas en el polvo y Mañana volverán los caballos transcurre la vida de Celia, la abuela, la “Mamá grande”, o la “Mamá buena” como él mismo solía llamarla, el imán de todos los afectos. Los perso- najes nos recuerdan nuestro lugar en el mundo y nos dan una identidad indeleble: Celia y Julia los grandes personajes femeninos y Anselmo es el eje masculino de la narración. Con gran destreza poética Rojas Herazo nos muestra el mundo de Celia y su relación con la casa, la mirada de Anselmo y su inocencia y conciencia de la fugacidad y por último los días del pueblo donde todo transcurre entre la lentitud y el golpe del deterioro. Es, sin duda, una novela sobre la belleza que hay en la ruina, en todo aquello descolorido por el paso del tiempo y los secretos que esconden las grietas y los escombros. Macondo en los mapas puede estar en el bajo Magdalena, el condado de Yoknapatawpha, de William Faulkner, a orillas del río Mississippi, y Santa María, de Juan Carlos Onetti, podría ser perfectamente un pueblo a orillas del río de La Plata, Cedrón es un pueblo costero caluroso donde el salitre del mar modifica los colores del paisaje. Igual el río está cerca y eso trae migraciones, instrumentos musicales y nuevas formas de la cultura. Celia y la casa son protagonistas y del destino de una depende el de la otra. Esa casa podría ser perfectamente la casa de todos, a la que regresamos en sueños, donde fuimos felices alguna vez y donde la imaginación fue ilimitada. Es la casa de la fiesta y también de la muerte, es la casa que se va pareciendo a sus moradores. Los niños juegan en el patio y allí conocemos la imaginación de Anselmo (que bien podría ser un alter ego del niño que fue en Tolú Héctor Rojas Herazo) porque desde el patio se puede observar y comprobar la decadencia de todo. Si la casa es la sede de la memoria, de las genealogías y el lugar de encuentro, el patio es el lugar de la pérdida y de las primeras nociones del abandono y la soledad así los protagonistas hayan sido felices allí.

El lector no encontrará en Respirando el verano una historia lineal. Son narraciones de sucesos donde el tiempo viaja y regresa a su antojo para dejarnos claro que la atmósfera y el lenguaje son los que le dan verosimilitud a cada hecho contado. Está ese mundo de los niños y el patio, el eje de Celia y la casa y los sucesos del pueblo. Varias historias se van entremezclando y orbitando alrededor de la figura matriarcal de Celia. Matrimonios fallidos, la muerte de Horacio (el hijo de Celia) y el universo de los niños Anselmo y Evelia. Nos recuerda el profesor y crítico Álvaro Pineda Botero que “Celia llega al pueblo, se casa en 1871 con el doctor Ahumada, cuando ella apenas cumple 16 años, y comienza a vivir en la casa; nace Julia. Su hijo Jorge marcha para la guerra de los Mil Días en 1901. Enviuda en 1911. En 1917 viaja a Panamá por motivos de salud. Muere en 1948. Vive setenta y siete años, tiene 11 hijos y asiste a siete velorios. En esta obra el patio, unido a la casona y a la figura de la protagonista, es el centro del universo narrativo. La casa y el patio adquieren resonancias culturales, como evocación del sitio ameno en donde transcurrió la niñez. Es tal la simbiosis entre la casa y la abuela que la casa se destruye tres días antes de la muerte de la vieja”. Esa simbiosis como el principal sustrato poético de la obra que luego se vendrían a desarrollar posteriormente en novelas como En noviembre llega el arzobispo (1966) y Celia se pudre (1985) para completar la saga, la novela total.

Decía el filósofo francés Gaston Bachelard en su célebre Poética del espacio que “la casa no es un espacio sino una amenaza de eternidad”. Ya lo mencionamos atrás al citar el entusiasmo de García Márquez con el poema “La casa entre los robles”. En el canon de la novela colombiana la casa aparece de manera recurrente en muchas de sus obras fundamentales y en el Caribe, cobra un significado especial. Las casas de amplios ventanales que anuncian un mundo y un misterio por donde la gente se asoma a ver el paso de la comparsa de carnaval o la solemne procesión. Así, en esta novela, la casa es un estado del alma como también lo es en La casa grande de Álvaro Cepeda Samudio o El patio de los vientos perdidos de Roberto Burgos Cantor. No olvidemos que García Márquez había pensado en La casa como un posible primer título para Cien años de soledad. Dice una de las más importantes estudiosas de la obra narrativa de Rojas Herazo, Clemencia Ardila de Forero en su ensayo “Respirando el verano de Héctor Rojas Herazo: la casa símbolo mítico” que “La identidad establecida entre la casa y la abuela hace que las imágenes de una y otra se proyecten para Anselmo hacía su futuro, amalgamadas por la fusión de sentimientos que le suscitan ambas; de ahí el significado que tiene la casa para él: a diferencia de Celia para quien la casa y la vía son una, para Anselmo es solo una etapa, importante y trascendente, pero pasajera, en su habitar sobre la tierra y un elemento a través del cual aprende a vivir”.

Le puede interesar leer: Antonio Machado, el estoico apasionado

¿De dónde proviene aquella modernidad de Rojas Herazo? De sus lecturas, de su visión anticipada de la historia y de ser un gran observador del comportamiento humano. El profesor francés Jaques Gilard, experto en narrativa colombiana, afirmó que desde la obra periodística de Rojas Herazo se podían advertir muchos signos de la modernidad y dice que “incluso era más adelantado que muchos periodistas del interior”. Era el lector incansable de los clásicos castellanos. Tenía por Don Quijote una debilidad particular y supo asimilar para su tiempo las influencias vitales y estéticas de Azorín, Valle Inclán, Antonio Machado, Rubén Darío, Pablo Neruda, César Vallejo junto con novelas que lo hicieron llorar varias veces según él mismo confesó en su Autorretrato como Aura o las violetas, La cabaña del Tío Tom, Los Miserables, Guerra y Paz, La muerte de Ivan Illich, Las veladas de la Quinta, Las palmeras salvajes y Cien años de soledad. Aquellas lecturas eran compatibles con el cine mexicano y de Federico Fellini y, por supuesto, la música popular latinoamericana. Aficionado al ajedrez podía disertar durante horas sobre técnicas narrativas de Ernest Hemingway, Thomas Mann, Alejo Carpentier y Franz Kafka entre tantos otros. Todas aquellas pasiones hacían parte de su conversación donde podían aparecer referencias y anécdotas sobre Agustín Lara, Pablo Picasso, Goya, Orozco y la cumbiamba. Por eso, entre tantas cosas, era reconocido entre sus amigos y contemporáneos como el “mejor conversador del Colombia”. Una tarde con él siempre era un festín del lenguaje y del idioma, de la alegría y la vitalidad. De lejos podía parecer un luchador o fisiculturista o un fornido pescador de la costa Atlántica. De cerca parecía un niño atemorizado, lleno de ternura y generosidad en sus afectos, sus palabras y su forma de compartir el conocimiento. Él se definió a sí mismo de la siguiente manera: “Este hombre está relleno, como un chorizo sentimental, de patios arruinados llenos de cachivaches podridos, de mugidos de mar, de luces perdidas, de papeles de alcaldía cuya tinta convierte la lluvia en lágrimas moradas”. En aventura vital, a pesar de ser un “Marinero en tierra”, como su admirado Rafael Alberti tuvo algunos tránsitos fundamentales en su vida. Vivió en Cartagena en los años 50. Colaboró con periódicos como El Universal, El Tiempo y El Espectador entre otros. Sin embargo, fue Bogotá la ciudad donde él fue protagonista de una vida cultural y artística en el que su sello es indeleble. Y en la década de los 80 vivió algunos años en España donde estrechó algunas amistades memorables como con el poeta Félix Grande y bajo el sello Alfaguara, en la mítica colección morada de lomo plateado, publicó la culminación de su saga con Celia se pudre. Muchos de sus ensayos y artículos fue- ron recogidos inicialmente por Juan Gustavo Cobo Borda para la colección Autores Nacionales de Colcultura con el título Señales y garabatos del habitante y posteriormente por su lector, amigo y difusor Jorge García Usta para la Fondo Editorial de la Universidad EAFIT bajo los títulos Vigilia de las lámparas y La magnitud de la ofrenda. De igual forma el Instituto Caro y Cuervo publicó su Poesía reunida y dispersa bajo el cuidado de Beatriz Peña Dix. Otro capítulo merece por supuesto su pintura y su mirada plástica de la realidad porque fue Rojas Herazo el pintor americano que buscó en el colorido del continente una expresión de su dolor. Pero fue el poeta del cuerpo y de la gran pregunta metafísica por Dios y el novelista del patio y sus asombros.

Al cumplir su centenario es importante señalar que el país literario aún está en deuda con él y con su obra. A pesar de que recibió algunos de los reconoci- mientos más importantes del país como Primer premio en el Salón Nacional de Pintura, Cúcuta, 1961; Premio Nacional de Novela Esso, 1967, con En noviembre llega el arzobispo; Doctor Honoris Causa de la Universidad de Cartagena, 1997; Medalla Pro Artes al Mérito Literario, 1995; en 1998 la Cruz de Boyacá, así como un Homenaje a su obra literaria por la Universidad de Antioquia, y en 1999, el Premio Nacional de poesía José Asunción Silva, Bogotá, 1999, Honor al mérito Universidad Santo Tomás de Aquino en su IV Centenario, Vida y obra, 2000 y Premio Vida y Obra del Ministerio de Cultura en 2001, esta deuda está vigente. Las autoridades culturales, la academia y los nuevos escritores deberían volver a leer o releer la poesía, la narrativa y la ensayística de este autor que siempre será contemporáneo de un porvenir. Su obra merecería ser leída en todos los territorios del país y de otras latitudes y esta edición de Seix Barral con motivo del centenario de su nacimiento es una forma de hacer un acto de justicia con una de las más importantes novelas colombianas.

A propósito de aquellas yuntas de afecto y de grandes lealtades con los amigos, Mario Rivero, Alejandro Obregón y Héctor Rojas Herazo habían hecho un pacto de hermanos en la vida. La preocupación constante por el tema del paso del tiempo y de la cercanía de la muerte los agobió mucho a los tres. Hicieron el pacto de enviar

una señal, un guiño sobre si habría o no algo más allá. Era solo un sencillo guiño para que los quedaran en este plano decidieran creer o no creer. Fue un pacto de lealtades de toda una vida capaz de sobrevivir a un tránsito hacia la eternidad. El primero en morir fue Alejandro Obregón en 1992. Nunca llegó la señal. Varias veces fui testigo de esa conversación entre Rojas Herazo y Rivero. El segundo en partir fue Rojas Herazo diez años después, pocos meses después de la partida de su compañera de vida Rosa Isabel Barbosa más conocida como la “Niña Rochi”, una mujer como aquellas mujeres fuertes de la biblia que cohesionaban a la familia y ponían con acierto el compás del carácter familiar, y tampoco llegó la señal para el único de los sobrevivientes el poeta Mario Rivero quien nos dejó un sábado santo de 2009. A propósito de este pacto me preguntó en el funeral de Rivero el crítico de arte Fausto Panesso, hijo mayor del poeta Rivero y biógrafo de Alejandro Obregón, si había caído en cuenta que los tres habían fallecido el mismo día: 11 de abril. Fue la forma de entender que la literatura y el destino son una forma de la amistad. Fue la secreta manera de cumplir aquel pacto. En los patios de Cedrón o Tolú o de todo el Caribe se debió agitar entre los almendros, “algo que hacía más honda la brisa entre robles”.

“A los tres días de muerta la casa se derrumbó de golpe como si alguien le hubiese dado un brusco manotazo. Ella la presentía y algunas veces, muy pocas, habló de eso con sus hijos. Sin embargo, parecía no darle importancia a este aspecto, el más inquietante y misterioso de su existencia... Fue que ella y la casa se volvieron un solo organismo”. Al igual que Celia. quien muere y tres días después se derrumba la casa. Héctor Rojas Herazo es una inmensa casa de nuestra literatura, llena de zaguanes, patios, buhardillas y habitaciones llenas de relatos. Asomarse a esta casa es, de alguna forma, asomarnos a lo que somos, a nuestra identidad. Es y será siempre esa casa donde se encienden todas las ventanas y se llena de luz, entre las ruinas, la memoria.

Síguenos en Google Noticias