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El hombre de esta historia irá buscando las respuestas. Está desahuciado. El hombre de esta historia puede ser usted o yo, puede existir o no, puede incluso ser el autor mismo. O no. La última cena (Alfaguara), del escritor colombiano Fernando Quiroz, es el relato de este posible final. No hay lamentos, ni personas que lloran, ni culpas. La culpa es el miedo a la muerte, pero tal vez nuestro protagonista aprenda a ser más valiente y cínico. Lo que sí hay es un lento caminar. Se camina por un parque bogotano, al lado de un río sucio, mientras se vuelve a esos acontecimientos que marcaron la vida y que, curiosamente, están relacionados con la muerte. Por eso hay capítulos que se titulan “Pequeñas historias de mis muertos”. No solo son aquellos amigos que se fueron, sino lo que tenían que enseñarnos al irse: “¿Acaso no te lo han dicho? Un día vas a morir”.
Leí este libro buscando una novela lineal, que me llevara de un acto a una consecuencia. En cambio, se me fue abriendo un ensayo personal que, sin dejar de lado la narrativa, construye una mirada sobre ese gran tema del que todos, nosotros los vivos, tenemos algo que decir. Sus capítulos son cortos y, aunque cada uno encierra su historia mínima, están tejidos de una forma fluida: “El orden es el ritmo”, dice Quiroz. Nos hace querer saber qué más tiene por descubrir este hombre, que puede ser cualquier hombre, saber de una vez si es ficción o autobiografía cuando lleguemos al final y sepamos si él muere o no. O tal vez empecemos a creer que los muertos también escriben.
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Además del desahucio, El hilo de esta historia está en la planeación de aquella última cena con los amigos. ¿Qué cocinará? ¿A quiénes invitará? ¿Alcanzará a estar vivo para ese entonces? Menos mal, se alegra el narrador, el apetito es lo último que va a perder.
Estar en la antesala de la muerte le da la posibilidad a este personaje para aceptar dignamente su finitud y entender de qué se trataba todo esto: “Que hemos debido untarnos un poco más de tierra: de esa tierra de donde provenimos. Que hemos debido robarles más horas a las obligaciones para entregárselas a la contemplación y al silencio: aunque nos dijeran que estábamos perdiendo el tiempo”.