Publicidad

Salinger, un genio en la penumbra

Perfil del autor de ‘El guardián entre el centeno’.

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
Fernando Denis* / Especial para El Espectador
04 de febrero de 2010 - 10:47 p. m.
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

La historia de la literatura acaba de perder a uno de los escritores más extraños, más excéntricos y más importantes del mundo: J.D. Salinger. Había nacido en Nueva York en 1919 y para la gloria de las letras norteamericanas había publicado en 1951 su novela El guardián entre el centeno. Su biografía es la de un hombre enrarecido por la fama que vivió sus últimos cincuenta años en un exilio interior, cada vez más complejo, huyendo de los demás y de sí mismo, entregado al budismo zen, también a la cienciología, y había hecho de la escritura su refugio, su escondite, retirado para siempre como un ermitaño en su casa de Cornish, New Hampshire, donde murió de forma natural el miércoles 27 de enero a los 91 años.

Salinger detestaba las biografías y adoraba la vida privada, por eso no concedía entrevistas y no hablaba de sus libros ni de su familia. Su largo silencio de más de cinco décadas conmovió a sus lectores, que son una especie de cofradía en todo el mundo, adeptos a Holden Caulfield, el protagonista de su novela; sin embargo, en 1945, seis años antes de su publicación, había escrito en Squire: “Soy un hombre precipitado, no puedo con los trayectos largos; posiblemente a causa de ello jamás pueda escribir una novela”.

No solamente escribió la novela, sino que, al igual que el mexicano Juan Rulfo, escribió una sola novela y se inmortalizó. Salinger es un clásico moderno, un escritor que ha motivado a muchas generaciones y uno de los que más influencia ha ejercido sobre otros escritores norteamericanos como, por ejemplo, John Updike  y Philip Roth. Su escritura es magistral: tan segura como el mejor Flaubert, tan tierna como el mejor Capote, tan inteligente como sus propios personajes, geniales y de una sensibilidad desbordante, lindante entre la locura y la precocidad. Sus historias se mueven entre personajes que nos son familiares y nos reconocemos en ellos, advertimos que sus grados de conciencia nos involucra en mayor o menor grado, que sus destinos están aliados al de nosotros, y que en ese personaje de dieciséis años que se llama Holden Caulfield estamos todos, luchando contra una sociedad que cada vez es más falsa. Entre la soledad, la incomprensión y el fracaso que lo llevan a vagabundear por Nueva York, la novela avanza y en el capítulo veintiuno aparece uno de los personajes más bellos de la literatura norteamericana: Phoebe Caulfield, que es su hermanita de 10 años, inteligentísima, que hace años escribe una novela policíaca cuyo protagonista es una niña detective que aparentemente es huérfana. Es la única persona en el mundo que entiende a Holden, que lo ama verdaderamente, que comprende cuál es el poema de su vida, o su canción: “Si un cuerpo encuentra a otro cuerpo cuando van entre el centeno”, verso de un poema de Robert Burns, de donde viene el título de la novela.

Salinger, al igual que su personaje Seymour Glass, estuvo en el ejército y a su regreso empezó a sufrir de irrealidad; su novela, una de las mejores del siglo pasado, ha sido aclamada por lectores de todo el mundo, y también por inadaptados y asesinos como Mark David Chapman, que mató al beatle John Lennon.

Mucho se ha escrito sobre Salinger, pero realmente se sabe muy poco.

En su libro El guardián de los sueños, una biografía escrita por Margaret Salinger, su hija, tampoco arroja muchas luces sobre quién era verdaderamente este mítico escritor. Pero es un libro muy bien escrito, cargado de anécdotas de la familia y de su distante relación con su padre, con el cual la comunicación no era fluida, que tenía tres gatos llamados Minino 1, Minino 2, Minino 3, que tenía la costumbre de beberse su propia orina, y narra además el padecimiento de todas las mujeres que pasaron por su vida, que les pegaba. Es un libro cargado de mucho resentimiento y a la vez un testimonio conmovedor.

Así comienza el libro:

“Crecí en un mundo en el que casi no habitaban personas reales. Vivíamos en Cornish, un lugar salvaje, en medio del bosque, donde nuestros vecinos más cercanos eran un grupo de siete lápidas cubiertas de musgo que habíamos encontrado un día mi hermano y yo cuando perseguíamos una salamandra roja bajo la lluvia. Había dos lápidas grandes y a sus pies cinco pequeñas, que marcaban el fallecimiento de una familia que vivió hace muchos años. Mi padre rehuía las visitas de personas vivas…”.

Reitero que Salinger sufría de irrealidad, aunque sus personajes eras visiblemente reales. Muy difícilmente se puede encontrar a otro escritor que describa la psicología y los complejos problemas de sus personajes, que se defienda fuera de las paredes de la novela en la memoria del lector, que perdure entre nosotros ese enorme poder narrativo para hacernos cómplices de todas sus derrotas.

La lectura de Un día perfecto para el pez banana, la primera historia de su libro Nueve Cuentos, recreado en la divertida atmósfera de unas vacaciones en una playa, es narrada a través de unos diálogos telefónicos magistralmente plasmados por Salinger,  entre la madre que está preocupada porque intuye que el yerno está mal de la cabeza, y la hija que se pinta las uñas en un cuarto de hotel insistiéndole en que se calme, que condujo todo el camino muy despacio, que no pasó de ochenta, sin salirse de la raya y que no trató además de hacerse el tonto con los árboles, y que ya no la llamaba con el horroroso apodo que le tenía, que ahora le había puesto uno nuevo, la llamaba Miss Buscona Espiritual 1948, y la mamá le recalca que su padre también está muy preocupado, que ese muchacho (Seymour Glass) no llegó bien de la guerra. El suicidio final del muchacho es inexplicable, como no se explican muchas otras tantas circunstancias en los textos de Salinger. Uno pensaría que el muchacho sí estaba mal de la cabeza, pero es un personaje tan bello y tan divertido que uno no lo cree.

 * Escritor y poeta

Por Fernando Denis* / Especial para El Espectador

Conoce más

Temas recomendados:

 

Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.