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En Occidente se le conoce como Averroes “El comentador”. En su obra Refutación de la refutación (Tahafut al-tahafut) defiende la filosofía aristotélica frente a las afirmaciones de Al-Ghazali, quien decía que la filosofía estaba en contradicción con la religión y era, por lo tanto, una afrenta a las enseñanzas del Islam. Su nombre real era Ibn Rushd. Fue médico y filósofo, pero ante todo y sobre todo fue racionalista, defensor de la libertad y del poder de las ideas.
Su apellido le sonó a Anis Khaliqi Dehlavi, un joven millonario de una familia musulmana de Bombay, un estudioso serio del islam –aunque siempre se profesó ateo–, un estudiante de Cambridge. Quien decidió cambiar su nombre por Anis Rushdie en honor al filósofo.
“Cuando mi padre decidió cambiarse el nombre estaba muy seguro de lo que estaba haciendo. El nombre es como un tatuaje: te define”, le dice Salman Rushdie a Héctor Abad.
Ambos están frente a un auditorio lleno. Es la presentación de Dos años, ocho meses y veintiocho noches, la última novela del escritor británico. Las mil y una noches de Rushdie es presentada en Bogotá, la última ciudad de la gira.
El cambio de nombre resultó un presentimiento, luego una profecía. Sin embargo, no lo fue para Anis, sino para su hijo: Salman.
“Yo leí a Ibn Rushd cuando tenía un poco más de 20 años. Luego me di cuenta de que él también tuvo muchos problemas con sus publicaciones. Como yo los he tenido. Al igual que él, siempre he tratado de defender la libertad. Los libros de Rushd fueron quemados. Como lo fueron algunos de los míos. Yo me preguntaba cómo es que mi padre sabía que nuestros destinos serían tan parecidos. No lo sé. Siempre le digo a mi padre: ¡Gracias!”.
Averroes es uno de los protagonistas de su novela. Esta toma elementos del universo indio, persa y árabe con un lenguaje que va más allá de lo sugerente.
Los recursos empleados en el libro delatan un estilo irrealista: hadas, filósofos y genios. Todos en torno a escudriñar en la condición humana. Hasta llegar al origen –fuera cual fuera–.
“Cuando empecé a escribir el libro, me pareció interesante la confrontación entre los personajes. Nunca fue mi idea inicial plantear la obra como quedó. Pero como era ficción podía darme ciertos ‘lujos’. Hice fantasmas: buenos y malos. Me encariñé un poco con los personajes”.
Héctor Abad habla en español. Cada pregunta está adelantada por un comentario acerca del libro: “En la novela todo se cuenta con una perspectiva de mil años después. Se vive –en la actualidad– en un estado de tolerancia, respeto y comodidad. Un poquito aburrida, pero muy armónica. Me parece bonito que usted tenga una perspectiva futura casi paradisiaca”.
Para entender a Rushdie, por el contrario, hay que ser un experto en inglés o usar los audífonos roídos para escuchar el doblaje de una voz medio robótica.
“La mayoría de mis libros tienden a ser muy tristes, muy pesimistas. Terribles cosas suceden en esas páginas. Pero esta vez, fui muy consciente de que hoy en día estamos castigados por la infelicidad y la gran moda es ser pesimista. Muchas obras que hablan de separaciones y dolores modernos. Pensé: ‘Ese es el tipo de libros que no quiero hacer’. me pregunté ‘¿Cómo podría imaginarme el futuro?’. Encontré esta historia como respuesta. Una historia que nos muestra –al igual que ahora– una época de grandes cambios, de momentos inevitables. La historia tiene unos cambios irreversibles y dramáticos. No podemos asumir que podemos evitar lo que va a suceder: puede ser peor o mejor, pero sin duda puede ser diferente y eso ya es paradisiaco”.
La novela de Rushdie está al lado del razonamiento, pero llena de personajes irreales. Uno de los referentes en esta obra, según su autor, fue Kafka. “Una de las cosas que el checo hacía para que eso de ‘realismo mágico europeo’ funcionara era que una idea básica siempre era fantástica. Y la idea que me conmueve y la más importante en La metamorfosis es la esperanza. Esa es la idea básica y fantástica”.
La esperanza es la guía de Dos años, ocho meses y veintiocho días. La premonición de que todo va a mejorar. Sin saber cómo o por qué, pero tiene que hacerlo.
Uno de los personajes del libro es enviado a Suramérica. El yinn comenta que es un lugar donde no hay nada de magia.
“Eso se llama una broma técnica. Lo puse así porque es lo opuesto a lo que la gente conoce de Suramérica, eso que la hace tan especial”.
Uno de los principales pilares de la obra está en el poder de las ideas. Abad rescata uno de los pasajes: “Te voy a tratar amablemente, pero atacaré con todo mi poder y mi fuerza tus ideas”.