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“Salomé”: Pincelada sobre una noche mágica

El Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo presentó la ópera de Richard Strauss, basada en una obra original de Oscar Wilde.

Germán Borda

23 de febrero de 2016 - 11:20 p. m.
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Hay una sólida base operística en la capital. El director español Josep Caballé demostró la potencialidad de la Orquesta Filarmónica de Bogotá. Con su enorme capacidad de constructor, entrenador, en pocos ensayos montó una de las obras más apasionantes pero, al mismo tiempo, más complejas del repertorio, Salomé. La mano genial de Strauss fue traída por primera vez al país en su fase teatral-musical.

Solo un director con una técnica de batuta perfecta, gesto claro y preciso. Conocimiento profundo de la partitura en todos sus detalles “Vaya composición compleja”, control absoluto de la orquesta, podía verter con esa magnificencia la obra y lograr un resultado fuera de serie en pocos ensayos. Todo eso posee un “grande”, Josep Caballé, director de talla internacional. Es una extraordinaria vivencia artística escuchar todos los matices. Los cambios monumentales creados por Strauss, su fuerza inimaginable que pasa a estadios introvertidos, plenos de sentimientos, que son de dificultad gigantesca para el jefe y la orquesta, que bien dispuesta lo secundó precisa, musical, exacta, orgánica. Caballé la dominó como si fuera un instrumento, “que lo es, el más complejo”, fraseó a su gusto, la moduló y la engranó a los cantantes, en ningún instante olvidó los unos por los otros.

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Creadores del milagro: el teatro Julio Mario Santo Domingo, la Filarmónica y en especial el extraordinario Caballé. El texto inspirado en la Biblia, de Wilde, es extremadamente ambicioso. La premisa del amor que trae la muerte, los celos, el incesto, lucubraciones filosóficas y religiosas, suicidio, ejecuciones, todo condensado en una obra que dura una hora y cuarenta minutos. Y la música debe ilustrar los diversos estadios de esas ocurrencias macabras pasando de unos a otros, a veces de manera secuencial e inmediata.

El director Caballé debe inmiscuirse en los estados de ánimo —como un gran actor de todos los papeles— y participarlos a la orquesta y a los cantantes. ¡Vaya reto! Y lo logró con creces, gracias a la colaboración maravillosa del elenco de cantantes y de la orquesta. Extraordinaria simbiosis, todos deben recibir una calificación triple A y me hizo recordar el maestro lo que decía Hans Swarowsky, un hito en la sabiduría de la batuta: “No hay malas o buenas orquestas; hay buenos o malos directores”.

El maestro Caballé, como Merlín con su vara mágica, creo un universo fascinante. Bravo. Mil veces bravo.

La representación cinematográfica o teatral de personajes emblemáticos de la historia —o de la literatura— es muy compleja. A través de la lectura todos tenemos un Quijote en mente, o al personaje de Muerte en Venecia, para citar dos casos, Sherlock Holmes, el Don Juan, cuando lo llevan investido de un ser real por lo general produce impacto y las más de las veces rechazo. Inconscientemente preferimos el que ha fabricado nuestra fantasía. En el caso de actores de la Biblia el asunto es aún más difícil. Más cuando se busca la modernización, la actualización y la tergiversación del actor de alguno de sus aconteceres dramáticos.

Una escenografía que pretenda actualizar el drama de la muerte del “Redentor”, y lo lleve a escena en pantaloneta, cargando un costal, en vez de la cruz; la Virgen y María Magdalena en minifalda y que el final sea sorpresivo, en la silla eléctrica o sin muerte. Sería, a no dudarlo, ingenioso y atrevido, pero lejano de la realidad y chocante. Algo parecido sufre “Juan el Bautista” en manos del escenógrafo en la representación de Salomé. Lo muestra en overol y cambia todo el sentido del drama, que trata precisamente de la decapitación monstruosa del personaje. No le amputan la testa, y la asesina Salomé le lanza sus consignas macabras, sensuales, a un ser vivo y no a uno muerto como fue el deseo de Wilde. Tanto que a veces no se entiende lo que ocurre. Una cabeza separada del cuerpo, eso lo que escribió. Eso lo que debe representarse.

Hay un juramento tácito entre los músicos que, como el de Hipócrates, nunca debe quebrantarse, respetar la voluntad al máximo del creador. Auscultar su deseo, seguirlo con rigurosidad. Y eso me lleva a preguntarme: ¿No debería ser lo mismo con los escenógrafos? ¿Qué los autoriza a deformar una obra? ¿A quitarle la fuerza y su sentido?

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Independientemente de este comentario, muy personal, debo reconocer que la escenografía, realizada por Joan Antón Rechi, es muy ingeniosa, lograda, con parquedad de elementos, impactante y sobria. Y en especial, muy atrevida.

El público ovacionó a cada uno de los integrantes, a la estupenda y maravillosa, voz y actuación fuera de serie de Salomé, Gun-Brit Bakmin; el muy musical y sólido Herodes, Richard Berkeley-Steel; a la despiadada Herodías, Michaela Martins perfecta en su papel ; a Juan, un amedrentador profeta, emergido de las sombras de las centurias. Voz extraordinaria, impactante e inolvidable, Iain Paterson. El muy convincente en su actuación César Gutiérrez, lo mismo que Valeriano Lanchas y Ana Mora, quienes actuaron al nivel de las estrellas internacionales. Y cómo olvidar al resto, perfectos, maravillosos, a quienes debe otorgárseles una medalla: Emilio Pons: Judío 1, Javier Tome: Judío 2; Cristian Correa: Judío 3; Hans Mogollón: Judío 4; Juan David González: Judío 5;Valeriano Lanchas: Nazareno 1; Andrés Roldán: Nazareno 2; Nelson Sierra: Soldado 1; Alexis Trejos: Soldado 2; Germán Cruz: Capadocio; Paola Leguizamón: Esclava.

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Noche impresionante, perdurable, como la foto mental que guardaremos para siempre, creada en el podio, toda la orquesta, el elenco de cantantes y en el centro el gran Caballé.

 

Por Germán Borda

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