11 Apr 2020 - 10:30 p. m.

Salva mi alma (Cuentos de sábado en la tarde)

Les presentamos un cuento escrito por Jerónimo Rivera.

Jerónimo Rivera

 

I MATILDE

Matilde cruza la avenida con la parsimonia que dan los años y la tranquilidad del que se siente respetado como peatón.  Ya olvidó aquellos años en Colombia, cuando los carros eran sus enemigos y debía cruzar la calle corriendo para proteger su vida. Aunque extraña a sus hermanas en Medellín, es cierto que esos pequeños placeres la hacen sentir madrileña, después de dos décadas de vivir en la ciudad. 

Sin prisa pero sin pausa, pasa por los andenes curioseando las ofertas navideñas en las vitrinas, mientras se cruza con algunos transeúntes que caminan sin mirar por el centro de Madrid.  Al pasar por la monumental iglesia de San Francisco, Matilde debe parar un momento para respirar, 68 años y dos meses no pasan sin dejar alguna secuela y al albergue de la gran puerta se puede descansar y, de paso, esquivar las frías corrientes que aparecen sin avisar en las noches de invierno. 

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Curiosamente, Madrid está en silencio esta noche.  La calma alcanza para escuchar los pasos de quienes atraviesan raudamente la avenida y Matilde aprovecha para admirar de nuevo aquellos viejos edificios que tanto le sorprendieron cuando arribó a la ciudad y que ahora se han vuelto parte del paisaje.  

Un grito repentino rasga el silencio. El corazón de Matilde se acelera, intenta ubicar el sonido en la calle y en los rostros de quienes pasan, pero al parecer solo ella lo ha escuchado (¿o lo ha imaginado?).  El agudo alarido se repite y esta vez Matilde está segura de lo que oye. Lo raro es que se escucha al otro lado de la puerta, justo adentro de la inmensa catedral que lleva más de cinco horas cerrada.  

De manera impulsiva, como ha hecho por más de siete décadas, Matilde se da la bendición y pide en voz baja que todo sea solo una ilusión.  ¿Quién podría estar dentro de una iglesia a las 11 de la noche si no un ser espectral? Suena un tercer alarido, más fuerte que los anteriores, “Salva mi Alma”, dice y, antes de que termine, Matilde olvida sus 68 años para correr sin freno, con el corazón en la mano y el padrenuestro en la boca. 

II SANCHO

Sancho mata el tedio tratando de acertar su moneda de diez céntimos en un pequeño vaso.  Hace una eternidad miró el reloj de la estación y ahora decide echarle una nueva mirada para constatar que solo han pasado diez minutos.  “Las cosas no son como eran antes, tio”, solía decir el capitán Martínez que saboreó las mieles de los altos presupuestos que un buen día se llevó ese gran fantasma al que todos llaman “la crisis”.  Los bomberos se han reducido en número y misiones. De momentos heroicos y desfiles con pompa a grandes operativos para rescatar gatos y limpiar algo de basura en sitios públicos.

El tiempo pasa en marcha lenta y Sancho solo anhela que marque las 12 para salir de la vieja estación y reencontrarse con su María, comer juntos, ver algo en la tele y, pasar la noche abrazados o, con algo de suerte, reencontrar la chispa que algún día amenazó con incendiar el lecho nupcial.

Cinco para las doce y el conteo parece interminable…un minuto más y Sancho alista sus cosas para partir. Suena el teléfono: que necesitamos los bomberos; que somos la policía, que la situación no es fácil, que si hubiéramos podido no os habríamos llamado, joder. 

Diez minutos después de las doce, la cara de Sancho refleja la rabia de soportar el viento frío en la cara y la aturdidora sirena estallando dentro de su oído.  Su María estaría ahora esperándolo mientras él tiene que responder a una vieja loca que se ha inventado un fantasma.

La vieja iglesia de San Francisco parece un escenario de Hollywood.  Los cinco coches de policía mal estacionados, los curiosos mirando la escena, los agentes intentando por vigésima vez abrir la puerta a empujones, las luces iluminando la fachada como discoteca y veinte tipos con la misma frustración de saber que sacrificarán buena parte de su noche en una misión imposible que no tendrá reconocimiento. 

Todos comentan que hay alguien (o algo) encerrado dentro de la iglesia y gritando cada tanto con alaridos tan estridentes que ponen a vibrar los huesos.  Hasta los más escépticos reconocen lo extraño de la situación y otros, muy grandes y fuertes, sienten que no quieren estar ahí y sostienen que los fantasmas no existen, que va, pero quien sabe.

Después de probar posibles soluciones para abrir una puerta sin cerrojo, romper algún vidrio y empujar por enésima vez la puerta; una ventana sin seguro en el tercer piso parece ser la respuesta.  Los bomberos más experimentados miran al suelo disimuladamente, no serán ellos los que entren; una cosa es lanzarse desde un helicóptero pero entrar a una iglesia de más de trescientos años, ni pensarlo.  

Cansado de la espera, y con María en la cabeza, Sancho sube lentamente los escalones y antes de entrar por la ventana se echa tres veces la bendición como le enseñó su mamá.  “Que sea lo que Dios quiera”.

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III ALMA

“La paz os dejo, mi paz os doy” dice el padre Justino en el púlpito, mientras ella ya no puede controlar el sueño.  Entre sus dos trabajos de ocho horas mal remuneradas y las pastillas que calman la ansiedad y reducen la vigilia, el sueño es cada vez más incontrolable. 
Desde pequeña solía dormir en los lugares más inesperados y decían sus tías que ni un terremoto la despertaba.  Son las seis de la tarde y las ganas de ir a su casa se calman cuando recuerda que allá estará “ese”, que alguna vez le movió el piso y al que hoy quisiera que se lo tragara.  Hay que aguantar, el sueño no cede, las pastillas hacen su efecto y en dos horas podrá tomar el Renfe para ver a su chiquita sin aguantar al insoportable del Sebas.  

“El padre Justino atiende en confesión todos los días hasta las cinco”, reza el letrero de la entrada y es justo la oportunidad que ella estaba esperando.  Aunque no es muy cómodo, el confesionario ofrece la privacidad y tranquilidad que se requiere para pasar el apuro, con media hora será suficiente.

Cuando abre los ojos, siente que se ha quedado ciega, no ve nada, intenta calmarse y poco a poco descubre que no hay nada mal en sus ojos pero las luces del lugar están totalmente apagadas…el sueño incontrolable, las pastillas, el confesionario, el insoportable del Sebas vienen rápidamente a su mente y Alma descubre, horrorizada, que se ha quedado encerrada en una iglesia de trescientos años que cuenta en su inventario con más de una centena de ilustres personajes cuyos huesos yacen ahí, justo al lado de donde ella está. 

Alma sabe que debe controlarse, pero no es fácil. Prende la luz de su celular, cuya batería está a punto de agotarse y descubre que son las diez y media de la noche.  Aprovecha la luz para reconocer el lugar y el recorrido termina justo en el rostro de San Francisco que la mira de forma retadora. Alma sólo puede hacer una cosa: Gritar. 

La batería del celular se está acabando pero la paciencia y la tranquilidad se fueron hace rato, Alma corre hacia la puerta y sigue lanzando alaridos inentendibles a medio camino entre una sirena de ambulancia y el grito de Tarzán.  Al descubrir por fin una voz humana del otro lado del portón, sólo atina a decirle “Sálvame, soy Alma”.

La oscuridad abruma y se siente observada.  Intenta sin éxito prender su móvil, que ya no tiene batería, busca a tientas las pastillas para prevenir la ansiedad que ya la invade y descubre el tarro vacío.   Alma grita de nuevo.

A tientas y a tropezones, gatea entre las sillas de la nave central.  El silencio es absoluto. Decide ponerse de pie y caminar guiándose por los ojos de su memoria para intentar llegar al segundo piso y gritar desde allí al mundo que se llama Alma y que no encuentra una salida. Camina lentamente entre la galería de santos del segundo piso, el rincón más espeluzante del lugar, aquel que le asustaba aun con la luz prendida y justo al llegar al final siente una mano con cinco dedos claramente posados sobre su hombro. El grito en esta ocasión fue el más estridente que Madrid haya recordado en los últimos años, el infarto inminente pero no mortal y en la prensa mencionan también a un bombero muy nervioso que rodó por las escaleras y se fracturó dos costillas.

F I N

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