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Hombre de origen humilde, Morillo, nacido 45 años atrás en Fuentesecas, en Zamora, se había hecho sargento en el Cabo de San Vicente y en la batalla de Trafalgar contra Inglaterra; ascendió a teniente de infantería en la batalla de Bailén contra Francia; se hizo coronel derrotando en Vigo a las tropas napoleónicas; unido al ejército inglés del duque de Wellington, fue ascendido a mariscal de campo en 1813 y alcanzó el grado de teniente general en la batalla de Vitoria, que le segó 10.000 hombres el ejército imperial, obligó a Napoleón a devolver la corona a los Borbones, forzó al retiro definitivo de las tropas francesas y decidió la Independencia de España.
Morillo le había devuelto su reino a Fernando VII. Más tardó el rey en instalarse otra vez en su trono que en darle a Morillo la orden de recuperar para la corona española las colonias americanas, emancipadas cinco años atrás. Con sesenta buques de guerra entre los cuales estaba el San Pedro de Alcántara, un barco de setenta y cuatro cañones, y a la cabeza de 15.000 hombres, Morillo emprendió una campaña feroz: tras sitiar por cuatro meses a Cartagena de Indias, la ciudad abrió finalmente sus puertas al ver morir de hambre y enfermedad trescientos de sus hijos en un solo día, y las tropas de España avanzaron victoriosas y sin clemencia alguna, pasando por las armas a todos los habitantes del poblado de Bocachica.
En Santafé de Bogotá sacrificaron con saña una generación de intelectuales y de sabios que habían apoyado la insurrección, entre ellos a Francisco José de Caldas, amigo y colaborador de Humboldt en su viaje por Suramérica. Y fue Morillo quien, manchando su propia memoria, autorizó la ejecución con este brutal argumento: “España no necesita sabios”. Esos crímenes predispusieron a los americanos a apoyar hasta el final a las tropas revolucionarias, y uno de ellos causó singular indignación: el sacrificio del patriota Camilo Torres, fusilado y después decapitado, cuyos restos fueron exhibidos al espanto de los viandantes bajo el picoteo de los buitres.
Se cumplían cinco años de guerra, y España, cada vez más dudosa de su victoria y de la conservación de su imperio, acababa de firmar un armisticio. Después de un lustro de guerra sin cuartel contra los rebeldes americanos, de batallas y emboscadas, de desvelos y carnicerías, de naufragios y atrocidades, Morillo no venía en esta ocasión a enfrentarse en batalla con sus encarnizados enemigos, sino a ver en persona, por primera vez en su vida, al jefe de aquella rebelión, el general caraqueño Simón Bolívar.
Bolívar era ya una leyenda: había descubierto su destino a los veinte años, en París, viendo a Napoleón aplaudido por un millón de hombres después de coronarse emperador bajo las rosas de cristal de Notre Dame, y escuchando en un salón francés los relatos increíbles del barón Alexander von Humboldt, quien venía de regreso de la América Equinoccial con la noticia de que ese continente lleno de riquezas y dueño de la mayor diversidad natural imaginable estaba maduro para la Independencia.
En 1810, había viajado a Londres como Embajador especial, a comunicar al gobierno de Inglaterra la Declaración de Independencia de Venezuela, solicitando en vano el apoyo de la mayor potencia de Europa para los esfuerzos de la emancipación. Había perdido toda su fortuna, una de las más grandes de América, en las primeras luchas por la Independencia, contra ese mismo general que ahora lo esperaba con curiosidad y recelo. Había sido derrotado una y otra y otra vez, expulsado hacia la Nueva Granada, hacia Jamaica, hacia Haití, por unas fuerzas inmensamente superiores en hombres y pertrechos a las de sus guerrilleros de Cumaná, sus jinetes del llano y sus tropas de indios y de zambos descamisados y descalzos; y de todas esas derrotas se había alzado de nuevo, como el gigante mítico que recuperaba sus fuerzas al caer, al contacto con la tierra materna.
Había luchado al mismo tiempo con un brazo contra el poder español y con el otro contra el desorden y la incredulidad de sus propios hombres, llevando en sus labios un discurso elocuente y enérgico, para convencer a los americanos de que era posible derrotar al enemigo enorme y omnipresente. Había luchado a solas por la unión, por la fe, por la victoria, iluminado en las ideas de la Ilustración, encendido en el fuego del Romanticismo, enardecido por el furor de la Revolución Francesa y convencido por la historia de que América tenía que ser libre, de que en el suelo de América, sometido a servidumbre y esclavitud por tres siglos, era posible fundar repúblicas como las que a esa hora se abrían paso a cañonazos y a golpes de bayoneta sobre el suelo de Europa.
Había declarado una feroz guerra a muerte para responder a las carnicerías del enemigo, había liberado el Orinoco arrastrando brigadas de adversarios hacia los pantanos, donde eran devorados por la naturaleza, y en cuanto logró sujetar a su mando las praderas venezolanas había convocado de urgencia en Angostura a un Congreso de diputados que asumiera el poder, dictara la Constitución, y sujetara a una ley inapelable todas aquellas tropas hasta ahora arrastradas solamente por el torbellino de la guerra.
Ese gesto de grandeza, que revelaba en él a un estadista y a un hombre de principios y de ideales, le había valido la admiración de Europa, de modo que ahora militaban bajo su mando brigadas inglesas e irlandesas, lo mismo que jóvenes intelectuales de Francia y de Inglaterra que se sabían en presencia de una de las personalidades más grandes de su tiempo, tanto o más que el adorado y aborrecido Bonaparte.
Y a la cabeza de esas tropas había realizado el hecho más audaz y definitivo de sus campañas, el paso inesperado de los Andes, por gargantas inclementes, por páramos donde morían a decenas sus pobres soldados, por ciénagas que debían atravesar días enteros con el agua a la cintura, cuidando más las armas en lo alto que los cuerpos en la humedad y en el fango, para golpear por sorpresa a los españoles desde el flanco por el que nunca habrían esperado un ataque, y liberar, en una campaña tan breve y brillante como un relámpago, el territorio central de la Nueva Granada.
Tan asombrosos y nuevos habían sido aquellos hechos, cumplidos en sólo cinco años, que la leyenda de Bolívar se apoderaba a lo lejos de los sueños de una generación de europeos, y en Italia, en los círculos de los carbonarios, el mayor romántico de Europa, el poeta George Gordon Byron, sólo hablaba de su proyecto de viajar a Suramérica e ingresar como soldado, bajo el mando de Bolívar, en la lucha por la liberación de Colombia. Suficiente prueba de las chispas que el Libertador encendía en aquellos espíritus es que al año siguiente, cuando Shelley y Byron compraron en Italia sus barcos para navegar por el Mediterráneo, mientras Shelley llamaba al suyo “Ariel”, en recuerdo del espíritu musical de La tempestad, Byron puso en la proa del suyo el nombre que iluminaba sus pensamientos: Bolívar.
El de esta mañana de noviembre era el primer encuentro de los dos enconados adversarios, y Morillo esperaba con impaciencia ver llegar a Bolívar y su escolta. Por fin aparecieron en la distancia, y la primera sorpresa de Morillo fue que su enemigo no viniera custodiado por tropas numerosas, sino acompañado por apenas diez oficiales. “Pensé que mi cuerpo de guardia era pequeño —dijo después— para aventurarme tan lejos, pero mi viejo enemigo me sobrepasó en magnanimidad”.
Nadie podía recelar en ese momento una felonía como la de España tres siglos atrás, en Cajamarca, cuando Pizarro esperó a Atahualpa, invitado a cenar en el campamento de los invasores, con las espadas dispuestas y los cañones ocultos, esa tarde fatal en que murieron de trueno y de espanto los siete mil miembros del cortejo real.
Pero la mayor sorpresa de Morillo, quien retiró en seguida al escuadrón de los húsares para que no se pensara que desconfiaba, no fue la pequeña escolta, sino el propio escoltado. Tardó en entender que Bolívar no era ninguno de los oficiales uniformados que venían en el cortejo, sino aquel hombrecillo de chaqueta azul y sombrero de campaña que avanzaba entre ellos montado en una mula, sin ninguna manifestación de su rango. Pero Bolívar lo había estudiado todo, e incluso, cuando tomó la decisión de ir con sus pocos oficiales, ya había sido informado de la grandeza y el aparato del cortejo de su adversario. Debió recordar aquel día en Milán, en 1805, cuando lo que más lo impresionó de Napoleón fue la sencillez de su aspecto, la capa sin insignias y el sombrero sin adornos, entre la nube de esplendores de su Estado Mayor.
Morillo acabó por entender: aquel hombrecillo era Bolívar. Entonces bajaron de sus cabalgaduras y se abrazaron: la primera parte de ese difícil diálogo se había cumplido sin pronunciar una sola palabra.
(Fragmento de un libro en preparación sobre la vida de Bolívar).