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Desde un satélite, Saramago observa cómo va cayendo en el olvido

Este texto reflexiona sobre la importancia de que los planes lectores incluyan obras consideradas como “grandes clásicos de la literatura”, a propósito de la reciente decisión en Portugal de retirar algunas de las obras de José Saramago de los planes de las escuelas.

Juliana Vargas Leal

20 de abril de 2026 - 02:34 p. m.
Al entregarle el Premio Nobel de Literatura en 1998 a José Saramago, la Academia Sueca afirmó que su literatura lograba "volver comprensible una realidad huidiza, con parábolas sostenidas por la imaginación, la compasión y la ironía".​
Foto: Agencia EFE
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“Beowulf”, “La Caída de la Casa Usher”, “Rip Van Winkle”, “Marianela”, “Bodas de Sangre”, “La Divina Comedia”, “Fausto”, la versión para jóvenes de “Don Quijote de la Mancha”… Que recuerde, mi promoción del colegio no leyó con gusto ninguna de estas obras. Quizás, la única obra que leyeron completa fue “Crimen y Castigo”. Un estudiante que se toma la justicia por su propia mano y cae en una espiral de culpa y arrepentimiento fue lo único que, a lo largo de los años, llamó la atención de todas mis compañeras del colegio al mismo tiempo. El resto del plan lector estuvo salpicado de resúmenes extraídos de El Rincón del Vago y notas de cuaderno que pasaban de un pupitre a otro. Si hoy en día alguna de ellas no tiene el hábito de la lectura, me atrevería a decir que fue a causa de hacernos leer sobre un hombre del siglo XVII que hizo un pacto con Mefistófeles, en lugar de sobre estudiantes de magia que asistían a Hogwarts.

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Sin embargo, también es cierto que Goethe es una de las figuras cumbre de la historia alemana y precursor del Romanticismo. Dante Alighieri es considerado el padre del idioma italiano, sentó las bases del humanismo e influyó profundamente en el arte, la política y la teología occidental. Miguel de Cervantes escribió la más maravillosa obra jamás escrita en español. El plan lector de un colegio expone al estudiante a quienes han construido el pensamiento crítico y la historia universal.

Recientemente, el Ministerio de Educación de Portugal se enfrentó a este dilema al proponer que “Memorial del Convento” y “El Año de la Muerte de Ricardo Reis” ya no fueran obligatorios en el último año de secundaria. No prohibieron a José Saramago, no han quemado en la hoguera a su único Nobel de literatura, pero sí lo movieron al fondo del estante. Hay quienes en Portugal nunca leerán a Saramago porque no se les exigió en secundaria.

Si se reflexiona detenidamente sobre lo que significa un plan lector, uno podría llegar a la conclusión de que es una lista de despedidas. Es un inventario de lo que un Estado considera que un joven de diecisiete años debería haber leído antes de entrar al mundo adulto. Es la última vez que una sociedad, a través de sus maestros y sus ministerios, se toma la molestia de decirle a un muchacho: “esto, al menos esto, no deberías perdértelo”. No obstante, a veces la forma más eficaz de matar una incipiente pasión es imponiéndola. Quizás, si no se hubiera impuesto a “Fausto” en mi colegio, alguna de mis compañeras habría tenido luego la curiosidad suficiente para abrir el libro y ver por qué se dice que Goethe es uno de los más grandes genios universales. Sin embargo, no imponer nada entra en la falacia contraria y en un absurdo. Dejar al azar las lecturas formativas es creer en la ingenuidad de que un estudiante encontrará a

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Saramago entre los videos cortos de TikTok. Evidentemente, no lo encontrará. Desafortunadamente, cuando la literatura no se enseña, generalmente se extingue.

Entonces, ¿es o no necesario tener obras o autores “sagrados” dentro de un plan lector? La respuesta fácil —y falsa— es que no, que todos los autores valen, que ningún nombre merece ser intocable, que la canonización es un gesto antiguo, conservador, incluso autoritario. Esa respuesta suena democrática y progresista, pero un plan lector sin jerarquías no es un plan lector, es un menú y los menús se escogen por gusto. A los diecisiete años de un estudiante, lo que el plan lector debería estar buscando es su estructura mental, no acolitar unos gustos que poco o nada están formados.

Así las cosas, la respuesta es sí. Aún con el riesgo de generar rechazo hacia la lectura, el plan lector debe tener obras y autores cumbre, porque no los ha escogido un burócrata, sino el mismo tiempo. Saramago es uno de los pocos autores que se mantuvieron en pie incluso después de la muerte y habían dejado atrás a tantos otros. Saramago, entonces, es un símbolo para Portugal, la lengua portuguesa y la historia del pensamiento occidental. Retirarlo de la obligatoriedad no es un acto técnico —como dijo el ministro—, por más que se disfrace de reforma pedagógica. Es una decisión cultural, y como toda decisión cultural, tiene consecuencias que no se miden en el año lectivo siguiente, sino en la generación siguiente.

La consecuencia inmediata es que menos jóvenes leerán a José Saramago, pero hay otra más honda. Detrás de la decisión tomada por el Ministerio de Educación se esconde la idea de que la literatura es intercambiable y que todo texto vale. Que la literatura, a la larga, es una mera cuestión de gustos personales.

José Saramago sobrevivirá. Aún tendrá lectores, tiene un premio Nobel, una fundación con su nombre y hasta un satélite en órbita que lleva su apellido. Este dilema se trata, más bien, de una idea que cada vez es más tímida, que cada vez se empequeñece más. Se trata de que se está perdiendo la idea de que un libro vale porque otros lo leyeron, lo discutieron, lo defendieron, y al hacerlo, construyeron en parte el lenguaje con el que hoy hablamos y pensamos. Renunciar a esa afirmación —diluirla en una lista de opciones— es renunciar también a la idea de que la educación es, entre otras cosas, una transmisión y una forma de sobrevivir al paso del tiempo.

Un plan lector sin canon forma consumidores, no lectores con una estructura mental formada. No obstante, la obligatoriedad mal hecha tampoco forma lectores, sino resentidos. La solución a este dilema no está en la decisión de un ministerio. Está en la formación de profesores que lean en voz alta, que llenen el aula de pasión, que transmitan con el alma y no sólo con palabras que se caigan a medio vuelo. Mientras eso no exista, da igual qué libro esté en la lista. La lista será, siempre, una promesa incumplida.

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En definitiva, los libros que no se imponen se pierden; los que se imponen mal, se odian. Entre esas dos derrotas se juega la literatura en el aula y, por extensión, una generación que asume el riesgo de, en medio de una futura soledad, no saber qué pensar o de quién acompañarse al enfrentarse a una página.

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