Un barco encallado fue el punto de partida de la exposición “Destino Final”. ¿Qué vió en esa imagen para que terminara convirtiéndose en una idea que quiso desarrollar durante años?
Destino Final es una idea que tenía en mente hace muchos años, porque alguna vez vi un barco totalmente abierto y tirado en la arena; estaba encallado en una playa muy lejana, y me sugirió una imagen absolutamente poética y preciosa, no solo visual, sino espiritual.
Al verla se me pasó por la mente que la vida de las personas es como la vida de un barco. Es decir, uno navega por diferentes océanos, tormentas, playas bellísimas, atardeceres majestuosos, tifones, tornados; todo tipo de elementos naturales que van marcando el rumbo de las naves. Y me di cuenta de que eso era un tema conceptual; quería que la gente a través de mi obra pudiera reflexionar sobre el viaje épico que es la vida, pero al mismo tiempo darse cuenta de que también es un reto.
¿Qué hay detrás del proceso de creación de sus obras?
Cuando yo creo una obra trato primero de tener construido un concepto y no al revés. No busco hacer una obra para inventarme un concepto. Eso es lo que me parece estar adoleciendo hoy en día el arte contemporáneo, en el cual cualquier cosa sirve para inventarse un concepto y edificarlo detrás. Yo creo que las grandes obras de la historia han sido originadas a través de un concepto que las vuelve inmortales de alguna manera.
Vengo de vivir 35 años fuera de Colombia y de transitar por muchos estilos históricos y artísticos. Mi última incursión en Estados Unidos fue con el “pop art”; lo encontraba divertido y fantástico, pero yo sentí en el fondo de mí que me faltaba todavía expresar algo mucho más profundo y, sobre todo en esta etapa de la vida, quería transmitir un concepto que dejara una reflexión profunda en los espectadores.
¿Le interesa preservar la memoria personal en sus obras? ¿Qué lugar ocupa la memoria en esta obra y cómo se conecta con su propia historia familiar?
Sí, yo me siento afortunado de preservar la memoria de mis familiares. Muchos parientes fueron navegantes y capitanes de barcos importantes. Cuando uno desde niño tiene una cercanía con ese tipo de lenguaje, se genera un vínculo. Yo admiro mucho a los marinos, porque ellos, tal vez como pocas personas, entienden la dimensión de la escala humana versus la inmensidad del universo. Cuando tú llegas a un muelle y ves un barco muy grande, en medio de la inmensidad, entiendes a lo que los marinos se enfrentan permanentemente, a la inmensidad del mar y eso te hace entender o te ubica con quien realmente eres.
¿Le interesa que el espectador comprenda su obra desde la intención con la que la creó, o prefiere que cada persona construya su propia interpretación a partir de lo que encuentra en ella?
Yo creo que cuando ves Destino Final y oyes el poema, no hay mucho que explicar. Y ese es el concepto que me parece interesante de una obra de arte, que no haya que entrar con un discernimiento, sino que la misma sensibilidad del espectador se vea tocada por la obra.
Me gustaría que se entienda no como una alegoría a la muerte ni al último momento, sino que sea una alegoría a la épica que es vivir.
En mi exposición hay un barco encallado y roto en dos partes, como dice uno de mis poemas: muestra sus entrañas sin pudor. Esta es una metáfora de la vida: cuando llega un momento en que ya no importa ni cómo te perciben, ni qué piensan de ti, ni lo que es políticamente correcto. Va a llegar un momento en tu vida en que ya serás mucho más sincero contigo mismo o contigo misma y vives tu vida como crees que debes vivirla. Sin embargo, eso depende mucho del bagaje que traigas contigo.
Al pensar en el viaje que se narra, en la idea de llegar a un destino, recordé “Ítaca”, el poema de Constantino Cavafis. ¿Encuentra algún punto de encuentro entre esa idea del viaje y lo que propone en Destino Final?
No lo he leído, pero lo que me cuentas coincide perfectamente y resuena mucho conmigo lo de tomar el camino más largo. Una vez me preguntaron cuál era mi trayectoria como pintor y como artista, y yo he sido autodidacta. Entonces, como siempre, alguien dice: “Este señor cree que ser autodidacta es un mérito”. Eso no es ningún mérito, coincido totalmente, pero es el camino más largo y tortuoso de prueba y error. Yo estudié dibujo publicitario, pero siempre hubo una llama en mi interior muy fuerte: la constancia y la pasión por lo que se hace.
¿Qué cree que es lo más difícil cuando una persona decide dedicarse al arte?
Mi hijo estudia dirección de cine en Estados Unidos y yo estudié guion cinematográfico en La Habana. Hay mucha gente que cree que estudiar arte es salirse de un problema y, realmente, cuando piensas así, te vas quedando en el camino. Solo sobreviven aquellos que realmente tienen una pasión muy marcada y consciente. Si de verdad no hay un motivo personal, de compromiso con la vida o con la sociedad como artista, no hay nada.
Vivimos una época marcada por la inmediatez de la era digital. En ese contexto, ¿puede el arte seguir siendo un refugio para comprender quiénes somos?
Yo creo que siempre lo ha sido. El arte es aquel espejo que, desde múltiples dimensiones, nos enseña quiénes somos, quiénes hemos sido y quiénes podemos llegar a ser; que demuestra los más recónditos deseos, los más recónditos sueños y las más recónditas perversiones.
Más allá de los recursos tecnológicos o no, la expresión artística no podrá morir nunca. Siempre va a haber un componente que es lo que yo llamo ese fuego divino, esa cosa, esa chispa divina. ¿De dónde proviene? No lo sé, pero existe. Es el toque mágico que hace que el ser humano haya evolucionado como lo ha hecho.
Para finalizar, ¿qué le diría a alguien que quiere dedicarse al arte?
Primero, ver mucho cine, leer mucho, investigar y viajar. Uno no se puede quedar mirándose el ombligo, esperando que una chispa divina le ilumine. Picasso lo decía y es una frase muy famosa: “Que la inspiración me agarre trabajando”.
Segundo, que sean una esponja, que absorban todo y, cualquier oportunidad que tengan de traspasar todas las fronteras posibles, que lo hagan.
Tercero, este es un oficio en el que uno se puede decepcionar fácilmente porque la crítica muchas veces puede ser mordaz. Hay gente que profesionalmente se dedica a destruir lo de los demás. Mi hijo ha hecho cortos y ha ganado algunos premios, pero a otros no les ha ido tan bien. Como todo, le digo: “no te frustres. Este camino está lleno de espinas. Lo usual es que te cierren las puertas, que te digan que está mal, que esto no sirve, pero eventualmente un día aparece una luz maravillosa y todo se ilumina y te va perfecto”.
Entonces, es un camino lleno de frustraciones y uno debe tener el cuero muy duro para aguantar la crítica.