Ser una nihilista: Sofía Kovalevskaya

La matemática rusa fue la primera mujer en conseguir un puesto como profesora universitaria en Europa. Feminista, pasó su vida entre los círculos intelectuales. “Una nihilista”, su única novela publicada, está ahora traducida al español.

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Ángela Martín Laiton
22 de junio de 2018 - 02:23 a. m.
Sofía Kovalévskaya era también descendiente de Matías Corvino, rey de Hungría. / Dominio público
Sofía Kovalévskaya era también descendiente de Matías Corvino, rey de Hungría. / Dominio público
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Le dijeron que su abuelo había sido la desgracia de la familia, el culpable de que todos los Korvin perdieran su título nobiliario: el muy desconsiderado había optado por casarse con una gitana. Habían quedado huérfanos de la vida aristocrática, del reconocimiento y los grandes salones por su causa, su inútil causa. Esa familia deseaba seguir siendo parte de la clase alta rusa, departir con el zar y aplaudir su autocracia.

En todos los sentidos, la familia Korvin-Krukovskaya, radicada en Palobino, llevaba una vida tradicional de acuerdo con sus pretensiones de clase. Una casa grande llena de servidumbre e institutrices, tres bellos hijos, un padre dedicado a la milicia al servicio del zar y una madre entregada al hogar y la vida social. Eran dueños de diversas propiedades y preparaban la dote para el matrimonio de sus hijas. El contexto político en cambio era bastante atípico: una Rusia convulsionada después de la derrota en la Guerra de Crimea, que tenía al zar en una encrucijada, protestas de campesinos e intelectuales, ideas socialistas y anarquistas que circulaban en todo el país. La gente reclamaba un cambio.

Uno de los grandes movimientos rusos de entonces fue el de los nihilistas. El término, que los jóvenes antizaristas se adjudicaron con orgullo, surgió gracias a la novela Padres e hijos, de Turgéniev. El nihilismo ruso se oponía a todas las estructuras políticas de la Rusia tradicional: cuestionando el orden autoritario del zar y proponiendo el derrocamiento del zarismo como verdadero cambio político para el país. Afirmando la igualdad de sexos y la participación política de las mujeres en el ámbito de lo público. Haciendo frente a una religión ortodoxa proclamándose materialistas y ateos. Contra la familia tradicional, practicando el amor libre y las comunas. Y, sobre todo, atendiendo a la propuesta de una sociedad rusa nueva que desterrara para siempre la ignorancia y los privilegios.

Todo este contexto quedó retratado con lucidez por Sofía Kovalevskaya, la hija del medio de los Korvin, en la única novela que escribió, Una nihilista. Allí, la escritora crea su álter ego a través de Vera, una chica solitaria y curiosa que lucha, incluso contra su propia familia, por cambiar la sociedad de su época. Ella, tal como su abuelo, nació con la marca de la desgracia para su aristocrática familia: una mujer interesada por el conocimiento y la transformación política en Rusia.

Kovalevskaya sentía profundo amor por la mezcla extraña entre rebeldía y dogmatismo que corría por sus venas: “He recibido en herencia la pasión por la ciencia de mi antepasado, el rey húngaro Matías Corvino; el amor a las matemáticas, la música y la poesía de mi abuelo por parte de madre, el astrónomo Shubert; mi libertad personal, de Polonia; de mi bisabuela gitana, mi amor por el vagabundeo y la no predisposición a obedecer a las tradiciones; y el resto es mi herencia rusa”.

Es imposible ser matemático sin tener alma de poeta

“Así, pues, señor Maston, ¿opináis que una mujer no sería nunca capaz de hacer progresar las ciencias matemáticas o experimentales?

—Sintiéndolo mucho, me veo obligado a reconocerlo, señora Scorbitt —contestó J.-T. Maston—. A pesar de que hayan existido y existan, particularmente en Rusia, algunas mujeres matemáticas muy notables. Pero, debido a su estructura cerebral, es imposible que ninguna mujer llegue a ser un Arquímedes o un Newton, por ejemplo”.

El fragmento pertenece a la novela Sans dessus dessous, o Sin arriba ni abajo, de Julio Verne. En los manuscritos del autor están las correcciones y sugerencias que hizo el matemático Albert Badoureau a la obra de su amigo. Una de estas añade: “Ha habido grandes matemáticas, en particular en Rusia”.

Badoureau estaba maravillado con el trabajo de Sofía Kovalevskaya, quien luchaba por ganar un lugar en la academia. Ella había conseguido cupo y obtenido su doctorado de la Universidad de Gottingen. No conseguía trabajo. Era una mujer desafiando el conocimiento de los hombres. Ella era la señorita Scorbitt en un mundo lleno de tipos como Maston.

Sofía nació en Moscú y creció en el ámbito rural de Palobino, la enorme hacienda de sus padres en la frontera rusa con Lituania. La familia de la matemática aseguró una educación dentro de los privilegios de su clase, llena de tutores ingleses y franceses que garantizaron una gran formación intelectual. Una de sus grandes influencias fue su hermana mayor, Anya, con quien concurrían a círculos intelectuales y de la que aprendería, desde el ejemplo, la lucha por la emancipación de las mujeres. Sin embargo, dada la distancia entre Palobino y la capital, ambas no estaban en contacto directo con San Petersburgo y los intelectuales que allí se reunían. Los periódicos y las revistas fueron los faros para guiarse en medio de estas corrientes de pensamiento. Una de esas luces fue El Mensajero Ruso, revista fundada por el mismo Dostoievski en la que participaban hombres como Pushkin y Gógol.

Anya era una escritora con mucho pulso, curiosa y de ideales firmes. Un día decidió enviar uno de sus cuentos a Dostoievski para publicarlo en la revista. El relato apareció con el nombre de Un sueño, firmado por Yu Orbelov, el seudónimo de hombre que eligió la escritora. A partir de allí las hermanas Korvin nunca detendrían la relación epistolar con Dostoievski.

La literatura era sólo uno de los componentes de la vida de las hermanas Korvin. Sofía había tomado contacto con las matemáticas a temprana edad. En este aspecto, la relación con su tío Peter, quien con paciencia despertaba la curiosidad de la niña en la ciencia, formó en Sofía una chica apasionada por los conceptos matemáticos. Pasaban veladas enteras discutiendo, compartían libros y problemas. A los 14 la chica tomó papel y lápiz para resolver por sí sola un libro de trigonometría que le diera luces sobre la sección de óptica que estaba leyendo en un libro de física. Su padre estaba preocupado, una mujer interesada por el conocimiento era muy mal vista en los de su clase. Intentó por todos los medios prohibir la continuación de los estudios de Sofía. Aquella prohibición terminó el día en que el profesor Tyrtov visitó la casa de los Korvin y descubrió el talento de la niña. Fue insistente hasta convencer a los padres de enviarla a San Petersburgo a completar su educación. Esa fue su primera victoria, venció los prejuicios de su propia familia.

Después llegaron los círculos nihilistas en la gran ciudad, la lucha por tratar de ingresar a la universidad: ese espacio de privilegio de los hombres. Decidida a continuar sus estudios en Europa, pues la universidad más cercana que admitía mujeres estaba en Suiza y no era bien visto que una mujer soltera viajara sola, Sofía pactó matrimonio con Vladimir Kovalevsky. Una práctica común entre los nihilistas, quienes organizaban matrimonios dentro de los círculos políticos para permitir a las mujeres acceder a la educación. Era septiembre de 1868 y Sofía se casó con un hombre por amor a las matemáticas. La pareja se radicó en Heidelburg y en poco tiempo todos conocían a Sofía como “la joven rusa con una reputación académica notable”.

Dos años después Sofía se mudó a Berlín para estudiar junto a Karl Weierstrass. El reconocido matemático no la tomó en serio hasta evaluarla con problemas muy complejos. Al poco tiempo se hizo cargo personalmente de sus estudios, puesto que la Universidad de Berlín no admitía mujeres. Sofía estudió con él durante cuatro años. “Estos años tuvieron la más profunda influencia en mi carrera matemática —dijo sobre esa época—. Determinaron irrevocable y definitivamente la dirección que seguiría mi labor científica: todo mi trabajo ha sido hecho precisamente en el espíritu de Weierstrass”.

Fue en 1874 cuando Sofía Kovalevskaya obtuvo su doctorado de la Universidad de Gottingen. A pesar del título, su experiencia académica y la influencia de Weierstrass, no pudo conseguir trabajo. Regresó con Vladimir a Palobino; para ese entonces ya estaba enamorada de su marido. En este lapsus fuera de la academia y relegando su labor como matemática, se dedicó a la literatura. Nació su hija. Pero nada de esto era suficiente, la frustración le carcomía.

Regresó a Berlín hacia 1880, presentando sus artículos sobre integrales abelianas en una conferencia científica. En medio de su búsqueda, Vladimir Kovalevsky se suicidó. Estaba herida, sin familia, sin casa, con una carrera prometedora truncada por el machismo. Sólo tres años después de incesante puja, Sofía lo consiguió: se convirtió en docente de la Universidad de Estocolmo. La primera profesora universitaria en Europa. Las mujeres de Estocolmo la admiraban e invitaban a sus casas: era una rareza, ese bicho curioso que quería replantear el mundo las invitaba a hacer de su propia vida poesía.

Por Ángela Martín Laiton

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