Y entonces vio pasar corriendo a los miles de miles de manifestantes que huían de los disparos de los agentes de policía del gobierno provisional ruso, semi escondidos en los techos de los edificios de la perspectiva Nevsky, en Petrogrado, y vio que sus relojes de cadena se salían de sus bolsillos, y las cigarrilleras, y vio bastones regados por el piso, y a muchos hombres heridos, y a otros muertos.
“Mis piernas me llevaron fuera del alcance de las ametralladoras. Pero no sentía ni una pizca de temor (…). Eran días para la historia. Esa historia que yo tanto deseaba, a la que tanto quería ponerle las manos encima”, escribió Sergéi Eisenstein muchos años después. Incluso, pasados varios años de haber realizado dos de las películas más estudiadas y comentadas de la historia del cine, “El acorazado Potemkin” y “Octubre, los diez días que conmovieron el mundo”.
Eisenstein nació en Riga, el 22 de enero de 1898. Su padre, Mijaíl Ósipovich Eisenstein, era un connotado arquitecto modernista, que hacía parte del ejército blanco que enfrentó al Rojo en los días que siguieron a la Revolución de Octubre de 1917. Para Eisenstein, la revolución era una lucha de los jóvenes contra los viejos, más que un enfrentamiento de clases.
Por lo menos, para él, según lo escribió el historiador Orlando Figes en su libro “El baile de Natacha”, sus filmes rebosaban “del espíritu de un proletariado joven que se alza contra la disciplina patriarcal del orden capitalista”. En “La huelga”, su primera obra, terminada en 1924, y en “Octubre”, aparecían personajes que se parecían a su padre. Alexsandr Kerensky, quien presidió la junta de gobierno luego de que en marzo del 17 el zar, Nicolás II, abdicara, era la imagen hecha actuación del señor Eisenstein.
“Papá tenía cuarenta pares de zapatos de charol. No le gustaban de ninguna otra clase. Y tenía una gran colección de los que eran ‘para toda ocasión’. Incluso llevaba un inventario, donde registraba cualquier rasgo distintivo: ‘nuevo’, ‘viejo’, ‘un rayón’. Cada tanto hacía una introspección y pasaba revista”.
De acuerdo con Figes, la verdadera motivación que tuvo Eisenstein para haberse alistado en el Ejército Rojo, precisamente el enemigo a muerte de su padre, no era la injusticia social, sino que tenía que ver “directa y completamente con lo que debe ser el prototipo de todas las tiranías sociales: el despotismo del padre dentro de una familia”. En sus memorias, tituladas “¿Por qué me hice director?”, Sergéi Eisenstein escribió que el germen de su decisión se dio cuando vio cómo trabajaban y se movían unos obreros en un puente cercano a Petrogrado.
“Un hormiguero de reclutas novatos avanzaba dividiéndose en senderos con precisión y disciplina, y trabajaba en armonía para construir un puente que crecía sin cesar y que cruzaba el río. En medio de ese hormiguero estaba yo. Con unas hombreras cuadradas de cuero que llevaba en los hombros sostenía una tabla de costado. Como los elementos de un mecanismo de relojería, las siluetas se movían rápidamente, acercando los pontones, y atando las vigas y las barandillas engalanadas de cables; era un modelo sencillo y armónico de ‘perpetuum mobile’, que se extendía desde la orilla hasta el borde del puente, cada vez más lejano (…). Todo aquello se fundía en la experiencia maravillosa, orquestal, polifónica, de hacer algo”. Unas líneas más adelante, Eisenstein aclaró que la sincronización del trabajo en aquel puente y el propósito de los obreros y demás, fue fascinante.
A mediados de 1918, Eisenstein decidió comenzar a actuar para un algo, y ese algo era transformar para siempre la historia. Se presentó como voluntario en el Ejército Rojo, y trabajó como una especie de publicista de la revolución. Hizo carteles, organizó obras de teatro, leyó y escribió. Multiplicó sus ideas y sus visiones.
En 1920, se marchó a Moscú y trabajó como director teatral de la Proletkult, un movimiento que había surgido con la Revolución, y que pretendía transformar el arte ruso por medio de las ideas y labores del pueblo. Aquella vanguardia, que se originaba desde abajo, y que buscaba cambiar la visión e incluso la memoria de los rusos con pinturas, esculturas, afiches, música, teatro y literatura, llegó a tener cien mil participantes o adeptos, entre artistas y profesores, directivos y alumnos. Con el tiempo, se convirtió en un peligro para los miembros del Partido Comunista.
Lenin, entre varios, consideraron que la Proletkut era un nido de burgueses, o se había vuelto un nido de burgueses, y que allí se incubaban ideas opuestas a las del poder del proletariado. Para él, la educación era básica, y debía impartirse con absoluto control. Eisenstein, por supuesto, cada vez se mostraba más distante de aquella teoría, aunque pasarían más de diez años para que empezara a sufrir las consecuencias de sus posiciones.
Mientras hizo parte del movimiento de vanguardias, entre charlas y propuestas, oyó hablar de unos talleres que estaban a cargo de Lev Kuleshov, y se matriculó en ellos. Por Kuleshov, Eisenstein comprendió la importancia de intercalar imágenes a modo de adjetivos calificativos para dar a entender una sensación, y la veracidad que le daba a una escena trabajar con actores naturales, que en ocasiones eran sacados de la calle.
Kuleshov utilizó aquellas dos herramientas en 1923, con su película “Las extraordinarias aventuras del señor Occidente en la tierra de los bolcheviques”. Dos años más tarde, Eisenstein tomó algunas de las enseñanzas de su maestro para realizar “El acorazado Potemkin”, y después, en “Octubre”, y también aprendió de Vsevold Mayerhold la manera de presentar en escena obras que fueran más allá de la realidad.
En palabras de Figes, “Veía el teatro como una forma de arte muy estilizada, casi abstracta, no como una imitación de la realidad, y ponía énfasis en la utilización de la pantomima y la gestualidad para comunicar ideas a las audiencia”. Los trabajos de Mayerhold, aseguró Eisenstein, lo hicieron “abandonar la ingeniería y ‘entregarme’ al arte”. Por ellos, llegó a la conclusión de que sus puestas en escena debían barrer con los convencionalismos.