Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Adicción: hábito de quien se deja dominar por el uso de alguna o algunas drogas tóxicas, o por la afición desmedida a ciertos juegos.
Afición desmedida al sexo. Brandon Sullivan es adicto. No hay mujer, no hay hombre, no hay encuentro furtivo, no hay revista ni película porno que logren saciar su hambre. No hay nada ni nadie que calme su sed obsesiva. Un ímpetu implacable lo domina. Su existencia se define por ese deseo inconsolable, por esa dependencia de las relaciones sexuales que lo dejan como un parásito, un ser encerrado en sus propias compulsiones.
En Deseos culpables (Shame) las imágenes le toman el pulso a este neoyorquino gobernado por el sexo, la culpa y la vergüenza, sin poder establecer relaciones más que con prostitutas. Sissy, la hermana de Brandon, llega inesperadamente de visita y es testigo indirecto de su vida. Será ella quien agrave la situación, porque será la encargada de revivir el pasado y de confrontarlo con el presente.
La adicción al alcohol y a las drogas ha sido materia de libros, películas y hasta realities de televisión. Pero pocos se habían atrevido a meterse en los agitados terrenos de la adicción al sexo y la miseria existencial que supone cualquier dependencia.
El director británico Steve McQueen encontró en el actor Michael Fassbender a su musa. Encontró en él el medio para llevar sus extremos a la pantalla. Su primera película en conjunto, Hunger, llevó a Fassbender a perder 18 kilos para encarnar a un militante político del IRA que decide hacer una huelga de hambre. Los dos personajes se encuentran en la jaula de sus propios cuerpos, encarcelados. Fassbender, el gran olvidado en los Premios Óscar, pero el actor del momento, con quien todos quieren trabajar, sabe traducir esos límites del cuerpo humano y traerlos al cine con una interpretación arriesgada, valiente y convincente. Sus actuaciones (300, Hunger, Fish Tank, X-Men, Haywire, entre otras) lo han catapultado como un actor que tanto las producciones independientes como los grandes estudios de Hollywood demandan.
El telón de fondo de Deseos culpables es Nueva York, pero barnizado por una paleta de grises, de lluvia, de frío y de melancolía. No es casualidad que el director haya querido que fuera ahí y no en otra parte: esta es la metrópoli que no apaga sus luces, donde todo se consigue, donde todo se puede. La ciudad que nunca duerme, esa frase inmortalizada por Frank Sinatra en la canción New York, New York, que se convirtió en el himno de la ciudad, es interpretada entera, pausada, sin tono de celebración, con los ojos húmedos por Sissy, la hermana de Brandon, una chica que tiene marcado el suicidio recurrente en sus brazos. Sin duda, una escena para destacar porque con tan sólo esa interpretación, sin diálogos, sólo por las miradas, se percibe el origen de sus desgracias y el dolor oculto del pasado. “No somos malas personas”, le dice Sissy a su hermano. Es sólo que venimos de un mal lugar”.
“Quería contar una historia de un modo que resultara familiar, que no fuera como si estuvieran viendo a un marciano, pero es obvio que hablamos de algo extraordinario: un hombre que necesita masturbarse 40 veces al día, que puede estar 72 horas seguidas viendo porno. Es alguien que es guapo, tiene dinero y un buen trabajo, y, sin embargo, se construye su propia prisión a través de su relación con el sexo, una prisión sin barrotes”, sentenció Steve McQueen en una rueda de prensa en Madrid, en el marco de la presentación de su película.
La tercera colaboración entre esta dupla de director y actor está en plena producción. Fassbender asegura que McQueen crea un ambiente particular en el set. “Steve impone un tono en el que todo el mundo está al mismo tiempo emocionado y aterrorizado”, confiesa Fassbender.
Además, explica que en su proceso actoral siempre se remite al guión al punto de leerlo más de 200 veces para asimilar al personaje, para adentrarse en él y preguntarse qué puntos en común podrían tener los dos. También confiesa que las escenas donde se encuentra desnudo lo incomodan, que siempre serán poco cómodas y que las más estresantes son, sin duda, cuando tiene a una compañera a su lado.
La idea de hacer la película salió de una conversación entre Steve McQueen y Abi Morgan, la guionista de La dama de hierro, próximamente a estrenarse en Colombia. La relación contemporánea entre sexo e internet estaba en el centro de su discusión y llegaron naturalmente al adicto al sexo. Escribir el guión les supuso una seria investigación, desde conocer a terapeutas especializados en adicción al sexo, hasta departir con los que sufrían de esta enfermedad. “Estas personas tienen “escapadas sexuales”. Pasan todo el día en la internet. Ya sea masturbándose o visitando prostitutas, toman los riesgos sexuales más extraordinarios. ¿Y qué pasa después? Les sobreviene una gran ola de culpa. Y cada uno manifiesta lo mismo. Y lo que hacen es que lo vuelven a hacer para intentar borrar ese sentimiento”, afirma Mc Queen.
De manera visceral y real, McQueen se atrevió a cifrar en imágenes un mal vigente de nuestros tiempos que quizás es menos evidente ante los ojos de la sociedad que una adicción al alcohol o a las drogas.
Esta película se adentra en los oscuros vericuetos de las violencias internas, las de la mente y sus frustraciones, y da cuenta de la maquinaria del deseo y la eterna relación de causa y efecto entre el placer y la culpa.
El logro de McQueen fue haber concebido una película sobre adicción al sexo sin caer en la tentación de mostrar mucho o todo. También lo es haber escogido un personaje que no fuera un desadaptado, sino un tipo aparentemente normal que puede ser el vecino o el compañero de trabajo de cualquiera. Es un filme que provoca reacciones. Al fin de cuentas, ese es el concepto de cine que defiende este director. Un cine que se plantee como una necesidad, un punto de partida para establecer una conversación que resulte poderosa. Fuerza es lo que caracteriza a su cinematografía y a sus historias transgresoras y perturbadoras.
¿Quién es Steve McQueen?
(Londres, Gran Bretaña, 1969). Esculturas, videos y fotografías eran los formatos en los que trabajaba el artista británico Steve McQueen. Sin embargo, el lenguaje audiovisual empezó a calar en su expresión artística. Desde sus épocas de estudiante, en el Chelsea School of Art y en Goldsmith College de Londres, realizó algunos cortometrajes mudos y en blanco y negro. Pero fue hasta 2008 que debutó en la pantalla grande con Hunger, que fue todo un precedente. Logró llegar al Festival de Cine de Cannes y recibió el mayor premio: La Caméra d’Or, que se les da a los debutantes. Steve McQueen, a quien le han sugerido mil veces cambiarse el nombre por ser el homónimo del actor estadounidense de El Yang-tsé en llamas y La gran evasión. En el pasado Festival de Venecia McQueen recibió el premio de la crítica (FipresciI) por Shame (Deseos culpables).