Cultura

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17 Jul 2020 - 4:22 p. m.

Si hablamos español, no olvidemos a don Rufino José Cuervo

El 17 de julio de 1911 murió el colombiano que es considerado uno de los máximos estudiosos del idioma castellano. Aproximación a su legado desde sus reliquias.
Rufino José Cuervo nació en Bogotá el 19 de septiembre de 1844 y murió en París el 17 de julio de 1911. Fue el autor del Diccionario de Construcción y Régimen de la Lengua Castellana.
Rufino José Cuervo nació en Bogotá el 19 de septiembre de 1844 y murió en París el 17 de julio de 1911. Fue el autor del Diccionario de Construcción y Régimen de la Lengua Castellana.

Se llamaba Rufino José Cuervo Urisarri y cada 17 de julio los hispanohablantes debiéramos recordarlo como defensor de nuestra lengua. Para entender la dimensión de su obra les recomiendo ir, apenas pase esta pandemia, a su casa museo en el barrio La Candelaria del centro de Bogotá: el aldabón golpea, el gran portón de madera se abre y un pacífico pasillo empedrado resulta la vía de escape a la algarabía de la calle y a la fachada disuasiva del Museo Militar, instalado al otro lado de la calle.

Patios y traspatios, escaleras anchas, balcones floridos, eternas fuentes de agua, sonoros pisos de madera, atmósfera monacal en la que vivió “un loco y un santo”, como lo define el escritor antioqueño Fernando Vallejo, autor de El Cuervo blanco (sello Alfaguara). Es la biografía del idioma y la de don Rufino, el bogotano que dedicó su vida a escribir el Diccionario de Construcción y Régimen de la Lengua Castellana y la gramática española. Vallejo le agradece el atrevimiento: “la máxima locura que ha producido la raza hispánica, por sobre la de don Quijote, es la tuya, tu diccionario, delirante, desmesurado, hermoso con la hermosura que tienen las grandes obras sin sentido ni razón”.

El alma juiciosa y mundana de don Rufino se percibe en cada rincón de los dos pisos de la casona. Ahí está el escritorio en el que el 29 de junio de 1872, en latín, imploró a Dios “la luz de la sabiduría” y encomendó a San Pedro y San Pablo “el comienzo de esta obra”. Por si la ayuda divina no bastaba, el muy católico y su hermano Ángel producían al fondo del primer piso, desde cuatro años antes, la “Cerveza de Cuervo”, de la que se conserva el escudo de la marca de fábrica pintado sobre un muro blanco. Bajo estos altos techos ahora funciona el Instituto Caro y Cuervo y su unidad docente el Seminario Andrés Bello.

Del encierro para reconstruir la historia y el uso de nuestro idioma, letra por letra, palabra por palabra, dan fe libretas garrapateadas, corregidas y sobrecorregidas, junto a ficheros infinitos de la bibliografía consultada. “Esta es la gran novela de las palabras”, exclamó García Márquez cuando lo comprobó aquí, como lo comprobó Vallejo, Octavio Paz, Carlos Fuentes; la realeza y los académicos españoles que le han conferido todos los premios posibles al legado Caro y Cuervo; estudiantes de todo el mundo, de Estados Unidos a Australia, de Argentina a Japón; como lo puede comprobar cualquier visitante el último domingo de cada mes. Caro por don Miguel Antonio Caro, su cómplice que fue poeta y presidente, con quien a los 23 años ya había escrito una gramática latina. A los 28, terminó acá el primer libro de dialectología de la lengua castellana, las Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano. Luego haría las anotaciones a la gramática de Andrés Bello.

Las reliquias

No a todo el mundo le abren las urnas de cristal donde se conservan los sellos con los que marcaba cada libro ni le permiten oler u hojear las páginas ajadas del Tomo I del Diccionario, en las que los plumazos de tinta china se resisten a evaporarse. A María Eva Quintana, la gestora cultural y ama de llaves cuando visité el lugar, nunca le entregaron la de la urna en la que se conserva la máscara mortuoria en bronce. El rostro del cadáver de don Rufino, moldeado un día después del fallecimiento por el escultor antioqueño radicado en París Marco Tobón Mejía, también autor del carboncillo que retrata a su amigo en el lecho de difunto a los 67 años de edad. Los últimos 29 años los vivió en la capital francesa siempre concentrado en el Diccionario, del que publicó dos tomos de la A a la D y dejó las bases con las que los lexicógrafos colombianos armaron seis tomos de la E a la Z.

Recibieron el Premio Príncipe de Asturias 1999 en memoria de su inspirador. Rufino José Cuervo subsiste en cada salón, a través de su colección de óleos, en la biblioteca de lingüística y filología, en las aulas donde sus admiradores estudian maestría o diplomado. Como fundador y mentor, la misma devoción genera en la Academia Colombiana de la Lengua entre especialistas como Edilberto Cruz Espejo, invitado a París porque la Unesco quería entender los alcances del “mayor monumento filológico y lexicográfico de la hispanidad”.

La obsesión del bibliófilo Rufino José ameritó la creación del Fondo Cuervo en la Biblioteca Nacional, donde se la pasaba de cabeza entre los libros. La componen 5.371 volúmenes de sus autores preferidos en español, latín, griego, alemán, francés, árabe —en la Biblioteca Nacional de Francia hay más—. En Bogotá esta colección única tiene un apartado en la sala de seguridad donde se conservan tres incunables —uno de 1492—, una edición del Amadís de Gaula de 1539, una Biblia del Oso y otra de Ferrara, las Novelas ejemplares de Cervantes, la Gramática de Nebrija. Meter la nariz, ojear, conmoverse; sólo tocan las manos expertas del historiador Camilo Páez, cuervólogo emocionado que me atendió. ¿Quiénes más han entrado aquí? Vallejo, otros pocos escritores, investigadores, Vallejo una y otra vez.

Otra máscara mortuoria

En la Biblioteca Nacional, en la oficina de la dirección, otra urna de cristal guarda un soldado de plomo con el sello de las iniciales cruzadas RJCU, el Catecismo del Padre Astete de 1851, el Rosario poético, más libreticas de notas, el libro de oraciones en latín de 1846 que leyó antes de morir y la máscara mortuoria de yeso, la que se elabora antes de la de bronce. Sobrecogedora. Encima de  la urna el libro de visitantes, el autógrafo afanado de célebres escritores colombianos, uno “conmovido, en el corazón del santuario, bajo la mirada de Cuervo…”: Vallejo.

En su memoria el Instituto Caro y Cuervo creó la maestría en Literatura y Cultura, para formar más cuervólogos en La Candelaria y en las afueras de Bogotá, sede rural de retiro espiritual al estilo de don Rufino, un museo literario con cien mil títulos y aires de sauce y yerbabuena, abierto al público de lunes a viernes. Cuando fui, entre anaqueles conocí a Custodia Ríos de Ardila, que completaba 30 años haciéndole honor a su nombre, velando por otra valiosísima parte de la herencia documental de Cuervo: más ficheros bibliográficos, cajas desacificadas en las que conserva desde la partida de bautismo hasta el acta de defunción —con sello del Consulado General en París—; las capitulaciones de sus padres Rufino —vice del presidente Tomás Cipriano de Mosquera— y Francisca Urisarri; la contabilidad de la cervecería y el libro de cuentas de la familia; postales, cartas y más cartas del filólogo a sus colegas, a sus amigos, a su familia; cajas de madera llenas de libretotas, libretas y libretitas de escritorio, bolsillo y mesita de noche, todas desbordadas por los márgenes con acotaciones de un idioma de mil años y papelitos insertos con más reparos que sus copistas no debían pasar por alto, y el testamento de su puño y letra en el que le heredó al país una obra imposible de terminar para él pero que ya comprometió a dos generaciones.

Don Rufino trascendió a cada diccionario, a cada palabra en español. Está y no está, porque para la mayoría de colombianos es como si no hubiera existido. En 2011, por el centenario de su muerte, el Ministerio de Cultura dedicó un año a “reivindicarlo y traer al siglo XXI su filosofía frente a la lengua, hacer tránsito de la lingüística a la sociolingüística”. Vallejo, por su parte, lo declaró “el filólogo sin par” de la lengua española, por encima de don Miguel de Cervantes, y lo nombró santo: “Canonizo al más noble y el más bueno de los colombianos. A Rufino José Cuervo, que no odió, que no conoció el rencor ni la envidia, que no ocupó puestos públicos ni tuvo hijos, que amó como un iluso a este idioma y a esta patria lejana”.

Y advirtió: “¡Qué bueno que te moriste, Rufino José! No habrías resistido el adefesio en que te convirtieron el idioma. Pretendiste apresar en siete tomos todo el caudal de tu idioma. Imposible. El idioma es como un río que no agarra nadie. El río fluye y se va. El idioma es fugaz, deleznable, cambiante, pasajero, traicionero... Los idiomas cambian, se empeoran... Nos putiaron el idioma... San Rufino José Cuervo Urisarri que desde el cielo nos estás viendo, ¡apiádate de nosotros!”.

* @NelsonFredyPadi y npadilla@elespectador.com. Versión de una crónica publicada en El Espectador en 2011.

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Nelson Fredy  Padilla

Por Nelson Fredy Padilla

Periodista desde 1989, magíster en escrituras creativas, autor de cinco libros, catedrático de periodismo y literatura desde 1995, y profesor de la maestría de escrituras creativas de la Universidad Nacional, del Instituto de Prensa de la SIP y de la Escuela Global de Dejusticia.@NelsonFredyPadinpadilla@elespectador.com
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