La historia de la humanidad resulta incomprensible si no entendemos el papel de las creencias religiosas. No obstante, creyentes y escépticos por igual tenemos un pobre conocimiento del origen de las ideas y creencias humanas. A los cristianos poco les ha interesado entender las raíces de sus propias creencias, y mucho menos la historia de las tradiciones sagradas de otras culturas. En esta serie de “El teatro de la historia, me he referido a numerosas imágenes religiosas de la tradición cristiana. En futuras entregas quiero comentar algunas imágenes devocionales o sagradas de otras culturas, un tema para el cual tengo obvias limitaciones, pero vale la pena intentarlo para tomar distancia, o al menos reconocer la centralidad de Occidente y del mundo cristiano en nuestra manera de entender el pasado de la humanidad.
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Para empezar, veo una dificultad con el campo que se suele llamar “historia de las religiones”, el cual parece identificar lo “religioso” con el tipo de prácticas y creencias de los cristianos o de similares tradiciones monoteístas que suponen la existencia de un ser superior creador del universo. Las relaciones con lo espiritual, lo sublime o lo sagrado en diversas tradiciones orientales, en las culturas africanas o entre nativos americanos son muy distintas, y nuestra propia idea de religión resulta estrecha para una genuina comprensión de estas diversas formas de entender la naturaleza, la vida y la muerte.
Hoy quisiera acercarme a la tradición budista, que tuvo origen en la India al menos cinco siglos antes de Cristo y que hoy cuenta con 500 millones de seguidores principalmente en China, Tailandia, Vietnam, Japón e India.
Las enseñanzas centrales del budismo tienen un gran mito de origen y son inseparables de la vida y las enseñanzas de Siddharta Gautama (Buda) quien vivió algunas décadas antes de Sócrates en la actual región india de Terai, en la frontera con Nepal. El término “Buda” proviene del sánscrito y quiere decir “el despierto” o “el iluminado”, quien es capaz de reconocer el Dharma, la verdad ultima de la realidad.
Similar a las vidas de santos que conocemos en el cristianismo, más que una biografía histórica se trata de una hagiografía, la reconstrucción idealizada de una vida ejemplar. Buda fue un ser superior, pero nunca dejó de ser un humano de carne y hueso quien, como consecuencia de un profundo proceso de transformación, alcanzó el “nirvana”, la eliminación de todo sufrimiento.
La leyenda cuenta la historia de un joven afortunado, tal vez un príncipe, que creció en los confines de su palacio aislado de la realidad del sufrimiento y dolor humano. Su encuentro con la enfermedad, la vejez y la muerte despertaron en el joven aristócrata la necesidad de abandonar el engaño en que hasta entonces había vivido y decide renunciar a sus privilegios para dedicar su vida a la meditación, la búsqueda de la verdad lejos de sus seres queridos y la seguridad de su hogar.
Entre las diversas representaciones del Buda, he elegido una clásica imagen que lo recuerda en el acto de meditación en posición de loto. Las esculturas del Buda meditando tienen el propósito de comunicar elementos centrales del budismo como la calma, sabiduría, concentración y una profunda conexión con el universo. El moño o abultamiento en la parte superior de la cabeza (Ushnisha) simboliza sabiduría superior o estado de iluminación. Un punto, a veces de color rojo, entre las cejas simboliza “un tercer ojo”, la capacidad de ver más allá de lo mundano; los ojos entreabiertos son signo del equilibrio entre la visión del mundo exterior y la meditación interior; las orejas con lóbulos alargados representan la compasión, la capacidad de escuchar los lamentos del mundo. Los gestos de sus manos (Mudras) son siempre significativos. En este caso, las dos manos están cerca del pecho, uniendo el pulgar y el índice de cada mano para formar círculos que representan la puesta en marcha de la Rueda del Dharma, el acto de impartir sus enseñanzas sobre la verdad. Generalmente, Buda aparece cubierto con túnicas sencillas y sus pies descalzos, muestra de austeridad, desapego de los bienes y disciplina.
El budismo no supone una deidad creadora todopoderosa, benevolente y omnisciente que pueda asociarse con una persona como ocurre en las grandes religiones monoteístas. Las enseñanzas del Buda nacieron y se desarrollaron en un contexto complejo de creencias, pero no estoy seguro de que sea adecuado referirse al budismo como una “religión”.
Los budas no son dioses ni nacen como tales, es un estado al que se llega después de una profunda transformación individual que les permite a los humanos alcanzar el Dharma: el conocimiento de las cosas tal como son. “Dharma” podríamos traducirlo como “verdad”, pero es un concepto muy distinto a la noción del conocimiento objetivo de “hechos”, descripciones del mundo en los cuales ciertos métodos de observación y análisis develan un mundo real y externo al sujeto que los comprende.
Para el budismo, los abandonos de la ignorancia y del error son cosas muy distintas, con radicales sentidos pragmáticos. Son procesos de liberación del dolor y del sufrimiento.
Como las grandes tradiciones filosóficas o religiosas, el budismo tiene una historia que precede a su maestro, como las enseñanzas de los Vedas y los Upanishads, además de los antiguos textos del hinduismo, que coinciden en reconocer la existencia humana como intrínsecamente dolorosa a causa de las necesidades materiales, las cuales impiden una satisfacción perdurable.
A diferencia de Jesús, cuya divinidad es esencial en la doctrina cristiana, el Buda no es más que un humano ejemplar que enseña cómo llegar al Dharma. No se trata de una Verdad como la de la filosofía y la ciencia occidental sobre el origen del universo, sus leyes físicas o la causalidad de los fenómenos naturales. Preguntas que podrían parecer inútiles frente al cometido de consciencia de una realidad interior que debe conducir a la liberación del anhelo de tener lo que no tenemos.
Cuando se habla de la ignorancia como causa del sufrimiento, habría que referirnos a cuatro “nobles verdades”. (1) la verdad del malestar, (2) la verdad de la causa del malestar, (3) la verdad del cese o la extinción de la causa del malestar, y (4) la verdad del camino que conduce al nirvana, la extinción del malestar.
La intranquilidad de la condición humana no solo está en el dolor físico o en las carencias materiales, sino en la angustia existencial, cuando reconocemos el carácter transitorio de la vida individual. La ignorancia tiene entonces una estrecha relación con la falsa presunción de la realidad de un “yo” y de la idea de lo “mío”. De ahí la importancia de la enseñanza budista del “no-yo” (anātman) un paso fundamental para deshacerse de las necesidades personales. Esto solo es posible a través de la meditación. Meditar en la mayoría de las tradiciones místicas orientales tiene el propósito de callar y aquietar la mente, evitar toda distracción para lograr un nivel distinto de consciencia en el cual despertamos del engaño y la falsa realidad de las privaciones mundanas.
Lejos de ser una filosofía individualista, la vía budista tiene implicaciones morales: la superación de la codicia, el odio y la ilusión gracias a el cultivo de sus opuestos, el desapego, el amor y la sabiduría. Esa es entonces la enseñanza de la vida de Siddhartha, el tránsito del sufrimiento al nirvana, la consciencia de la futilidad de nuestras transitorias urgencias.