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Siempre llegando, siempre partiendo (Cuentos de sábado en la tarde)

“Empecé a llegar a Colombia el día en que creía sin creer en una promesa que no envolvió otras palabras más que las de una noche demasiado consciente de su propia fuerza decisiva”.

Aurélia Gervasoni, especial para El Espectador

18 de julio de 2026 - 01:18 a. m.
pareja, amor
Foto: Pexels
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Mi llegada a Colombia comenzó con la muerte de una promesa y dejó de llegar con el amor de otra.

Una noche de abril, en una ciudad europea de vientos y lluvia, un murmullo me fue confiado al oído: esperar, algunos años, a que vinieran a buscarme. Más precisamente, a que el hombre que solo hablaba en profecías viniera a buscarme. Así era su nombre, hijo de intelectuales confiados y llenos de autoridad. Una promesa pronunciada en las circunstancias particulares de la muerte de un padre, antes de una partida repentina y definitiva hacia un país que yo solo conocía por lo que me hacía sentir intuitivamente –Colombia–. En el fondo de mí, creía sin creer –quería creer–, o al menos eso me ayudó a imaginar otro camino posible lejos de mis extravíos habituales entre la huida y la justificación de la huida. Colombia encarnó entonces, primero, esa tierra prometida de errancia donde escapar, escaparme.

Un año más tarde, la promesa se deshizo mediante un mensaje inesperado pero previsible, que sorprendió mis lágrimas y una resistencia que yo no comprendía. Mientras preparaba un gran exilio, un nuevo exilio geográficamente más lejano –esa era la única diferencia con sus predecesores–, comprendía que esa migración de pájaro sin alas se haría en una soledad más profunda, menos elegida y más curtida en aquello que no sucede.

La soledad había sido hasta entonces una espera pronunciada solo a medias, que ese individuo que se había ido viniera a buscarme o que yo fuera a encontrarlo, después de otros desvíos de los cuales él no necesitaba ser testigo. De aquella noche de abril, se formó un vínculo –no el esperado entre «uno» y «yo», sino entre una tierra que se abría en sus venas heridas y sublimes a la vez, y un ojo al acecho listo para sondearla de arriba abajo para perder por fin allí su propio fantasma–. Empecé a llegar a Colombia el día en que creía sin creer en una promesa que no envolvió otras palabras más que las de una noche demasiado consciente de su propia fuerza decisiva en una vida que iba a desarrollarse sin mí.

Una noche de diciembre, la última del mes, en una ciudad suiza de vientos y lluvia, una frase cayó sobre mis tímpanos: ahora o nunca. Con o sin. Con mis palabras, mis libros y la poesía, sin dinero pero con un gemelo de espíritu, o una estabilidad sin. Los detalles del viaje ya estaban esbozados, pero aún no eran concretos; la documentación estaba hecha, las conversaciones habían sido abortadas. Una última puerta que se cierra sobre una promesa extinguida, y una ventana sobre una promesa por amar. Las promesas son exigentes, no soportan las ideas flotantes o a medio pensar; y mi promesa es aún más ardiente porque requería una elección completa y entregada desde su primera formulación. No había tiempo, no había tiempo porque ya se había perdido bastante tiempo al no encontrar inmediatamente la promesa, en un mundo tan vasto.

Amar la promesa fue, ante todo, un proceso de reconocimiento. Las resistencias, además, nunca habían sido elevadas desde el principio –lo cual sin duda facilitó el resto del periplo–. La llegada se confirmaba, y ya había tenido lugar espiritualmente en varios aspectos. El lago de la ciudad suiza se transformaba en el río Magdalena bajo los ojos azules del ciego que siempre se sentaba en un banco enfrente, y el rayo de sol que volvía sobre mis muslos abiertos frente a la ventana solo tocaba una piel que ya no está allí donde aún se ve obligada a permanecer un poco más. Recomponerse, regenerar una membrana para poder perderla mejor en las semanas venideras.

Algunos meses más tarde, en vísperas de la llegada física, y mientras entraba en el comienzo de aquello que forma una vida vivida, quizá incluso bien vivida, parecía que solo podía pensar en la muerte. Una angustia persistente, sobre todo durante las noches de pesadillas: un estrangulamiento, una especie de empuje de fiebre que me expulsaba fuera de un latido normal del corazón. Por primera vez, ya no sentía esa convicción persistente de que iba a morir joven y por mi propio fuego –y entonces la muerte me aterrorizaba. La muerte de los otros, y en particular, la muerte de ese tercero que empezábamos a crear siendo dos, de esa identidad de lianas que se entrelazan y que, en caso de separación, seguirán siendo imposibles de desatar como pertenecientes a uno o al otro–. Por primera vez, las consecuencias me parecían irreversibles porque tenía esa capacidad de matar esa tercera entidad del nosotros, de asfixiarla con mis propias palmas. A mi alrededor, veía a la gente redirigir esa angustia mediante diferentes tácticas. Quería comprender qué los impulsaba, para poder partir de nuevo con un alma más blanca y sin duda menos sensible, más comprensiva y más disponible para su propio descubrimiento de otro tipo de funcionamiento.

Entonces reflexioné sobre lo que explica que la gente quiera llenarse, constantemente, en ostentosos excesos a veces. El cigarrillo para desestresarse, la privación o la abundancia de comida, las drogas algunas veces o los sueños artificiales de toda clase. Como si hubiera que encontrar un remedio para el pseudo-vacío que queda. ¿Por qué considerar la pérdida como la extracción de una parte de uno mismo? Una desaparición deja un exceso. Un lugar de más para aquellos que querrían acurrucarse allí. Ya que mi llegada había comenzado con la muerte, quería terminarla frustrando su destino sobre mis manos finalmente dedicadas al trabajo de aquello que había sido tan esperado. Deshacerme de las pesadillas, poder finalmente acoger otra noche: todo eso está lejos de ser un automatismo para quienes ya han vivido otras promesas anteriores, que aún los persiguen y los vigilan desde lejos.

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A pesar de mis semi-paranoias, esa búsqueda de llenarse para enmascarar el desbordamiento me parecía a la vez distante y familiar, no habiendo tenido nunca adicción al cigarrillo ni a otras sustancias comunes o extraordinarias. Al inclinarme sobre esa idea, me apareció más claramente que mi estabilidad adquirida había encontrado su fuente en una renuncia a un estado de divagación de sí que fue, por momentos, sin duda excesivo. Una libertad que no se contenía, que solo vivía de impulso en impulso y que, bajo la apariencia de tomar sus propias decisiones, esperaba en realidad que alguien se impusiera a ella. Que alguien se opusiera a ella.

Durante varios años, hubo la urgencia de la huida. El estatus de fugitiva me parecía corresponder al de mis párpados permanentemente abiertos a la emergencia de más, de aquello que habría que realizar y una y otra y otra vez más hacer o vivir o ver o todo. El todo. Una búsqueda nómada de algo que se fijaría a mis brazos por sí mismo, una autonomía soñada de las ideas flotantes que se materializarían al contacto de mi piel. Creía firmemente que una entidad se impondría a mí, hombre o mujer o Dios, para finalmente anclarme en otra realidad que la soledad. Otra dimensión de mí misma que aún no había conocido emergencia y que, mientras esperaba revelarse, debía ser cultivada por una errancia más o menos satisfecha. Al final, ir del yo al yo pasando otra vez por el yo, no dejando que otros sí mismos se acercaran más que parcialmente, diluyéndose en el resto de las palabras que poner sobre aquello que las órbitas de mis ojos querían registrar.

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El hombre que solo hablaba en profecías parecía esperarme en cada esquina para despojarme de aquello que había logrado alcanzar, de suspiro en respiraciones entrecortadas –de pena o de placer–. Un encuentro no deseado, pero casi implorado, como si fuera un alivio de todos los no dichos, como si hubiera que esperar un cierre de puerta para que una partida pudiera estallar como un trueno. En el fondo, esa manera tan humana de no acomodarse a su pasado es previsible –y hay que dejar que la rabia implosione de una vez a otra para continuar su rebelión constante contra un presente que parece querer empujar sin cesar nuestros ojos hacia la suma de los ayeres–.

Una noche de julio, en un avión rojo y blanco, no lograba apaciguar un sueño entrecortado por vértigos. A pesar de la vista imposiblemente negra afuera, mi estómago parecía haberse quedado aferrado al suelo que no podía ver. ¿Quién había prometido que la travesía sería fácil? Me sermoneaba a mí misma, hay que resistir, continuar. Entre la muerte y el nacimiento de una promesa, ¿qué es lo que hace que uno continúe? ¿Cuál es el impulso decisivo que nos convence de quedarnos? Mientras las ruedas rozaban con agresividad una pista mojada, un pájaro apareció cerca de la ventanilla para posarse sobre el ala del avión aún en movimiento. Había decidido visiblemente detenerse de golpe, así, sobre una máquina infinitamente más grande que él, que escapa a su propia comprensión. ¿Y si todo no fuera más que una sucesión de comienzos, a menudo abruptos? La impulsividad del animal a pesar de su fragilidad existencial me devolvió bruscamente a mi propio cuerpo, recompuesto y entero esta vez, listo para caminar por primera vez dentro de una sucesión de impresiones aún desconocidas.

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La respuesta se manifestó en un primer despertar al flanco de las montañas del norte de Bogotá, en una luz pálida de una mañana en sus primeras horas que normalmente nunca ve mi despertar mucho más tardío: hay que precipitarse. Entre la muerte y el nacimiento –o el nacimiento y luego varias muertes, o varias vidas– precipitarse. Precipitarse contra un torso, contra una palma, contra una vista, contra un sabor o un tacto. Precipitarse contra una decisión que nunca sería tomada de otro modo. Precipitarse en el otro que uno mismo, conservándose a uno mismo con la misma precipitación. La otra pregunta también se precipita, acompañándola: ¿pero cómo precipitarse sin sentir una urgencia continua? Pienso: recordándose sin cesar a uno mismo para poder creer y continuar el nacimiento de la promesa, y seguir llegando a ella –sin importar la tierra prometida–.

La promesa con el otro es una búsqueda. El amor es un llamado. El llamado familiar, el primer nombre pronunciado, casi gritado en la calle o en la casa. Y si nadie responde, el llamado repetido, esta vez en un tono menos confiado, ligeramente más ansioso. Llamo para buscar tu presencia, para pasar otro día conociéndote mejor, en toda tu previsibilidad e impulso. Llamo para asegurarme de que sigues allí, detrás de la puerta, o sigues allí, pero en el jardín, o ya no estás allí, pero no muy lejos. El día en que realmente te hayas ido será cuando deje de llamarte. Pero sé que ese día no llegará, porque mi mente, hasta que toda luz se extinga, todas las voces se apaguen, continuará su búsqueda de ti. Y llamará, hasta encontrarte y vivir juntos incluso cuando toda luz se extinga, todas las voces se apaguen.

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Nos imagino viejos, blancos y con las gargantas apretadas de haber conversado tanto durante todos esos años. Quizá todavía solo nos diremos que nos duelen los huesos o que el cuerpo nos expulsa poco a poco fuera de él, con más o menos dolores. Tendremos que aprender a leer en los labios para cuando la voz nos falte. Quizá pasaremos aún más tiempo, entonces, cuestionando todas nuestras respuestas.

En el fondo, una odisea. No de las novelescas y grandiosas, sino de las de lo cotidiano que es transformado –o que uno transforma–. En el fondo, una huella que pide que no nos volvamos hacia el polvo que ha dejado.

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Sin llegar nunca al final de conocerte

¿Ha nevado ya otra vez en Viena?

¿Qué perros llorones viste en Jordania?

¿Todavía tiene Estambul todos sus gatos callejeros?

Nunca llegaré al final de tus ojos

Luego háblame de la mirada ámbar

El otro continente

¿Ante qué alba temblaste?

¿Qué mañana abandonaste?

Saliendo de la cama, decías:

Estuvimos a nada de serlo todo

-Estoy allí donde estamos, siempre llegados, siempre en partida.

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Por Aurélia Gervasoni, especial para El Espectador

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