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El primer número de El País salió a la calle el 4 de mayo de 1976. Aún no se habían cumplido seis meses de la muerte de Franco, los partidos políticos todavía eran ilegales en España y, en rigor, aún no había empezado el cambio de la dictadura a la democracia, eso que más tarde se dio en llamar Transición. «Fue el primer partido no político sino cultural que se legalizó en España», dijo más tarde Fernando Savater, que escribió en el periódico desde el principio. Es verdad. Pero no es menos verdad que, a su modo, El País fue también desde el principio un partido político, o al menos tuvo una robusta dimensión política: la prueba es que sin El País no puede entenderse el cambio de la dictadura a la democracia en España; tampoco la democracia a secas.
La idea del periódico se incubó entre un grupo de editores e intelectuales que, en las postrimerías del franquismo, buscaba un instrumento de reforma del régimen, de talante liberal y vocación europeísta, que contribuyera a suturar las heridas provocadas por la Guerra Civil y la dictadura y a hallar una salida sin traumas del franquismo. Uno de los editores era José Ortega Spottorno, creador de Alianza Editorial, director de Revista de Occidente e hijo de Ortega y Gasset, un hombre empeñado en impulsar el legado intelectual de su padre; otro, Jesús de Polanco, muy pronto convertido en hombre fuerte empresarial del proyecto.
Por su parte, los intelectuales más relevantes patrocinaban a dos notorios políticos del franquismo poseídos por la ambición de liderar el posfranquismo: José María de Areilza y Manuel Fraga Iribarne (a este, sobre todo: de hecho, durante el lustro en que germinó el periódico, muchos lo conocían en Madrid como «El periódico de Fraga»). Así se gestó El País: como un diario moderado, reformista y liberal en cuyo accionariado cabía un poco de todo —incluidos varios nacionalistas catalanes y un comunista: Ramón Tamames—, pero donde dominaban fraguistas de estricta observancia, liberales orteguianos y monárquicos juanistas, adeptos al padre de Juan Carlos I.
La mayor parte de estos accionistas originarios empezó a sentirse ideológicamente decepcionada (si no traicionada) en cuanto empezó a publicarse el periódico, cuyo primer número llevaba en portada un editorial categórico donde se pedía la dimisión del último presidente del Gobierno del franquismo y primero del posfranquismo —una momia de la dictadura llamada Carlos Arias Navarro—, la legalización de los partidos políticos y el establecimiento de una democracia plena, y en cuyas páginas de opinión podía leerse un artículo del comunista Rafael Alberti, escrito todavía desde su exilio obligado en Roma. Esta disonancia inmediata entre el proyecto primigenio de El País y su realidad cotidiana no hizo sino acentuarse con el tiempo: el periódico se volvió más demócrata, más radical, menos moderado y más izquierdista, sobre todo a partir de finales de los años setenta, cuando lo frecuentaron cada vez más colaboradores de izquierdas y menos de derechas, hasta que estos últimos (periodistas como Emilio Romero o historiadores como Ricardo de la Cierva) casi desaparecieron de sus páginas; la clave de esta discrepancia radicaba en otra discrepancia: la que separa a unos promotores y un accionariado maduro o envejecido y eminentemente conservador, de un lado, y del otro una redacción jovencísima —la media de edad era de veintinueve años—, de izquierda o incluso de extrema izquierda, alborotada por los vientos libertarios de mayo del 68 francés y liderada por un periodista brillante, flexible y experimentado, que apenas sobrepasaba los treinta años, Juan Luis Cebrián, a quien habían elegido para el cargo de director tras ser descartados (o descartarse) diversos candidatos, entre ellos Miguel Delibes.
Dicho con más claridad: lo que ocurrió en los primeros tiempos de El País fue un hecho que resultó determinante en su historia, y es que los periodistas se impusieron a los propietarios del periódico y lo llevaron por donde ellos querían; esto no hubiera sucedido, sin embargo, si Polanco y Cebrián no hubieran firmado desde muy pronto un pacto de hierro («Tú te ocupas de los accionistas; yo de la redacción») y si el éxito del periódico no hubiera demostrado que el camino emprendido por los periodistas era el correcto y, por lo tanto, hubiera asegurado su independencia, que es el bien más preciado de un periódico, aquel que solo los lectores le pueden proporcionar con su respaldo cotidiano. Por supuesto, la victoria de los periodistas sobre los propietarios no fue total ni se produjo sin tensiones, ni de un día para otro; la historia fue mucho más compleja: solo diré que durante los años inmediatamente posteriores a la aparición del periódico se libró una áspera batalla entre propietarios, dirección y redacción que terminó en 1983, cuando todas las partes firmaron un acuerdo de paz que se tradujo en el Estatuto de la Redacción (aún a día de hoy único en su especie entre los grandes medios españoles) y establecía un cierto equilibrio entre los derechos de los dueños del periódico y los de los profesionales del periódico.
El caso es que El País cosechó un éxito fulminante: como escribió en 1991 Gregorio Morán, en muy poco tiempo se había convertido «en el órgano de prensa más influyente, mejor hecho y más vendido de España», y pocos años después de su nacimiento no faltaba quien lo calificase de «poder fáctico»; en 1977 el Comité Internacional de Comunicación de Masas de la Unesco lo consideró el fenómeno periodístico más relevante aparecido en Europa el año anterior. ¿Qué explicación tiene esto? No una sola, por supuesto. Manuel Vicent, que escribe en el periódico desde su fundación, ha ponderado a menudo la importancia del momento del parto de El País, justo después de la muerte del dictador. «El periódico había nacido libre de pecado original, ya que el estigma de Franco no había dañado su mancheta», escribió. «El País no habría sido el mismo si hubiera soportado la humillación de cubrir el fiambre del dictador con epítetos elogiosos en el acto de las exequias, cuando toda la prensa tuvo que sumarse a la melosa voz del cardenal de Toledo para exaltar a Franco hasta mucho más allá de la tumba».
Así es: El País fue el primer periódico del posfranquismo y no cabía acusarlo de haber colaborado con él;1 no hubiera podido decirse lo mismo, en cambio, de sus principales promotores, que surgían de las entrañas mismas del franquismo, ya fueran sus promotores políticos (Fraga, Areilza), empresariales (Ortega, Polanco) o incluso periodísticos: sin ir más lejos, Cebrián era hijo de Vicente Cebrián —hasta 1960 director de Arriba, órgano de prensa de Falange—, había empezado a trabajar en un diario del Movimiento, el partido único franquista —Pueblo— y, después de participar en la fundación de una revista democristiana y aperturista sin haber cumplido los veinte años —Cuadernos para el diálogo—, había dirigido los Servicios Informativos de Televisión Española, verosímilmente encandilado por las promesas fraudulentas de democratización del último gobierno de Franco. Nada de esto es insólito: la dictadura española no duró siete años, como la postrera argentina, ni siquiera diecisiete, como la última chilena, y por eso compararla sin muchos distingos con ambas, como se hace a menudo, desorienta más que orienta; la dictadura de Franco duró cuarenta años, y por eso —y porque no hubo una ruptura completa entre dictadura y democracia, suponiendo que tal cosa sea posible— no es extraño que muchos de los principales constructores de la democracia procedieran del franquismo: baste recordar que Adolfo Suárez, el arquitecto del cambio de la dictadura a la democracia, realizó toda su carrera política en el Movimiento, organización de la que era ministro secretario general en julio de 1976, cuando Juan Carlos I lo nombró presidente del Gobierno y arrancó la Transición.
Esta singularidad española la explicaba un editorial de El País publicado pocos meses después de su botadura, el 18 de septiembre de 1977: «Encontrar un enorme porcentaje de colaboradores con el franquismo entre los que hoy protagonizan el cambio democrático es algo perfectamente normal, teniendo en cuenta que el setenta por ciento de la sociedad española ha nacido y vivido bajo el régimen implacable de una dictadura que no permitía más que la integración o la marginación». No es extraño, no. O solo es tan extraño como la propia historia de España.
Pero la oportunidad histórica no basta para dar cuenta de la fortuna inicial de El País. Cuando ya llevaba años lejos del periódico con el que se había hecho célebre, y enemistado con él, Francisco Umbral explicaba el triunfo instantáneo de El País con el argumento de que, para obtenerlo, su director «no tuvo sino que recoger una bandera que estaba tirada en mitad de la calle, y por encima de la cual habían pasado, sin verla, las multitudes del funeral franquista: era la bandera de las libertades, la democracia, el progresismo y el futuro». Y concluía: «Cebrián tuvo dos talentos: recoger esa bandera antes que nadie y hacer con ella un periódico pulcro, europeo, objetivo, imparcial, democrático». El diagnóstico es convincente. Richard Rorty escribió que el éxito de un libro es a menudo el resultado de la conjunción azarosa entre las obsesiones privadas de un escritor y las necesidades públicas de una sociedad. Quizá algo semejante pueda decirse del éxito de un periódico.
No hay duda de que, a mediados de los años setenta, un grupo de personas se obsesionó en España con fabricar un periódico «de alta calidad, comparable a cualquiera de los grandes rotativos del mundo, que ayudara a la construcción democrática y la renovación cultural del país», como escribió Cebrián en sus memorias, un periódico «como Le Monde o como The New York Times, a la vez crítico e institucional, que pudiera ayudar en las tareas del cambio político que se necesitaba», el periódico democrático, imparcial, objetivo, europeo y pulcro que evocaba Umbral; tampoco hay duda de que ese periódico vino a satisfacer una necesidad pública, una urgencia que nadie sabía que existía o que nadie supo con seguridad que existía hasta que El País demostró que existía. En otras palabras: el empuje ilustrado, democrático y progresista que El País encarnaba vino a llenar en España un hueco que nadie salvo algunas revistas había intentado llenar, lo que explica que tales publicaciones —Triunfo, Cuadernos para el diálogo, Cambio 16— fueran muy pronto neutralizadas o absorbidas por la pujanza omnívora de El País; con todos los matices que se quiera, es más o menos el mismo hueco que a partir de las primeras elecciones generales, celebradas en junio de 1977, empezaría a ocupar para sorpresa de muchos el PSOE reconstruido y juvenil de Felipe González.
De ahí que El País y el PSOE hayan descrito a lo largo de estos cincuenta años de democracia trayectorias paralelas y a menudo confluyentes; de ahí que el PSOE sea el partido más próximo a El País y El País el periódico más próximo al PSOE: ambos han personificado, cada uno a su manera, una modernidad laica, liberal y europeísta y un progresismo con el que se ha identificado gran parte de la ciudadanía española; de ahí que, cada vez que el PSOE llega al poder, El País sea tachado de «periódico gubernamental», y de ahí también que los gobiernos del PSOE (pero no solo los gobiernos del PSOE) hayan hecho todo lo posible por controlar El País: al fin y al cabo, el poder siempre trata de controlar a la prensa, sobre todo a la prensa más cercana. En definitiva: igual que la democracia española no se puede entender sin el PSOE (que ha sido el partido mayoritario en estos cincuenta años de democracia, el que más poder ha acumulado y el que más tiempo ha permanecido en el Gobierno), la democracia española no se puede entender sin El País (que ha sido el periódico con más poder e influencia en estos cincuenta años de democracia). Por eso El País es el periódico de la democracia.
* Se publica por cortesía de Penguin Random House Grupo Editorial. Javier Cercas (Ibahernando, 1962) es profesor de literatura española en la Universidad de Gerona. Ha publicado ocho novelas: El móvil, El inquilino, El vientre de la ballena, Soldados de Salamina, La velocidad de la luz, Anatomía de un instante, Las leyes de la frontera y El impostor; un ensayo, La obra literaria de Gonzalo Suárez, y tres volúmenes de carácter mis-celáneo: Una buena temporada, Relatos reales y La verdad de Agamenón. Sus libros han sido traducidos a más de treinta idiomas y han recibido numerosos premios nacionales e internacionales, dos de ellos al conjunto de su obra: el Premio Internazionale del Salone del Libro di Torino, en Italia, y el Prix Ulysse, en Francia.