"Sin medir distancias"

"Sin medir distancias",  la mítica canción del Cacique de la Junta*, Diomedes Díaz, merece ser reinterpretada, especialmente, para quienes pasamos la juventud encerrados leyendo, porque el mundo no nos interesaba. Mi conocimiento de la vida nocturna, festiva o deportiva, me llegó tardío.

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Karim Quiroga 
22 de junio de 2019 - 12:26 a. m.
Los cafés parisinos, según Vincent van Gogh: lugares para huir y encontrarse con la soledad.   / Cortesía
Los cafés parisinos, según Vincent van Gogh: lugares para huir y encontrarse con la soledad. / Cortesía
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Nunca iba a fiestas. Y tampoco me invitaban. Y tampoco me interesaba la vida más allá de mi casa o el colegio;  era, en definitiva, un bicho raro, pero entonces, no lo comprendía, aunque sí me lo recordaban en forma no muy didáctica mis compañeros de clase; solo ahora, cuando mis amigas de mi edad evocan momentos de esa época, mi mente se queda en blanco porque no conservo esos mismos recuerdos; nunca supe qué pasaba en los alrededores de mi casa más allá de las 9 de la noche, no conocí los bares de moda, y los fines de semana planificaba el listado de libros que iba a leer, y esto que quede firmado porque no voy a repetirlo. No obstante, algunas noches, por algunas épocas, me escapaba, con algún propósito amoroso entre manos. Y recuerdo que esta canción, Sin medir distancias, pertenece a esos escenarios nocturnos en los que seguramente entregué mi corazón; de modo que este vallenato formó parte de mis acercamientos a una vida más allá de los libros. 

Con el tiempo, he vuelto a ser una joven de 40 años, y entonces cuando escucho Sin medir distancias, evoco  otras memorias; y observo que el objeto del amor siempre es el mismo, es un personaje que no varía, que conserva la misma perspectiva desde la distancia desde donde siempre le observaba; miraba el amor de lejos, como si no fuese para mí, como si fuese prestado por una noche y al otro día debía devolverlo a su lugar, intacto, o a medio besar. El amor entonces, además de esquivo era prohibido, no porque fuese de otra mujer, sino porque probablemente, no tendría acceso más allá de dos días. El amor que me acompañaba en esas épocas era finito. Era etéreo, era como el humo de las pocas discotecas que conocí, donde veías una imagen, y luego la perdías. 

El amor era esa comprensión de no pertenencia basada en la imposibilidad de entregarme verdaderamente. De no confiar; era la imagen de alguien que huye de algún lugar, con el bolso bajo el brazo y muy pegado a su cuerpo;  y se pierde entre las sombras. Solo cuando cambié los escenarios de vida, y me instalé por ejemplo en España o en Estados Unidos, intenté modificar mis sensaciones a partir de otra música y otras imágenes, pero, por alguna razón, no conectaba con mis sentimientos más profundos, y disfruté desde fiestas electrónicas en Alicante o Madrid hasta algunas fiestas en unas terrazas de edificios del French Quarter de New Orleans, donde te servían una bandeja entera de shots bañados en fuego, entre otras cosas. 

Pero regresé a mis raíces, sin ser muy consciente de ello, volví al tipo de lugar donde podría haber estado hace 20 años, por ejemplo, con el tipo de personas que en esa época si estaban celebrando la vida. Con la misma cerveza Águila que se bebía en aquel tiempo, en las mismas mesas de madera de aquella época, convertidas ahora en mesas y sillas de plástico rimax; la botella un poco cambiada, más larga y quizá con mayor contenido; y de repente, devino el punto dramático. Allí, sentada, con el tipo de personas que pude conocer hace dos décadas, sonó esta canción de Diomedes Díaz, que los ahora de 40 cantamos de memoria. Extrañamente, ya no huyo entre las sombras, ya no pego el bolso a mi cuerpo, sino que uso manos libres para poder moverme a mis anchas; mis planes de fin de semana no son un listado de libros para leer, sino un listado de temas para escribir.

Soy el tipo de persona que encontró muy joven su vocación para luego echarla a perder. A los 20 años ya tenía un premio de periodismo Simón Bolívar, y por allí conservo un diploma que incluye mi primer nombre, entonces, me parece que lo recibió otra mujer. Y el objeto del amor sigue siendo un mismo pretexto para mantenerme cautiva. Pero a veces, me pesa esa carga. A veces, quisiera haber sido como mis compañeras que tenían novios y una vida normal. No extraño la juventud, me agrada haber sobrevivido esos años que no quisiera repetir. Pero me quedaron espacios vacíos. Es como si llevaras un diario solamente a través de vida interior. Con el tiempo me permití experiencias que por mantenerme marginada me había limitado. Y conocí otras facetas del amor, distintas a huir y a ocultarse. O a jugar a las escondidas.

Era, de alguna forma, como si hubiese salido inmune del romanticismo o el enamoramiento. Hasta hace algunos meses, cuando encontré  al mismo tipo de hombre que buscaba en esos años, transformado y ubicado en esta época. Todavía no puedo describir lo que se siente. Quizás ha servido para volver a realizar ejercicios de escritura e incluso enfocarme en otras facetas colmo el teatro. Qué pasa en la vida de una mujer que se encuentra de un día para otro transformada en un personaje que solo se plantea la vida a través de los ojos de otro ser humano. Es un regalo, o una venganza. Que se enamoren aquellos que beben cerveza y se sientan en sillas rimax, que se enamoren los que escuchan a Diomedes Díaz, que se enamoren los que no pertenecen al universo “intelectual”.

Pero Sin medir distancias tenía un as bajo la manga, tarde o temprano la vida te enfrenta a todo aquello de lo que siempre preferiste huir. Es como enfrentarse cara a cara con la muerte; ya lo vas a experimentar alguna vez; y duele o incluso;  alivia… pero enfrentarse, cara a cara, con el amor, y no estoy hablando cuerpo a cuerpo. Sino de mirarse a los ojos y darse cuenta o comprender algo de lo que siempre dudaste y allí, de repente, sin cuestionarlo, obtienes una certeza. 

Por Karim Quiroga 

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