Cultura

20 May 2018 - 7:46 p. m.

Sin tacones por la alfombra roja

Como nunca antes el Festival de Cannes se manifestó con gestos simbólicos en pro de la mujer en su 71° edición, aunque no se le concediera la Palma de Oro a ninguna de las dos directoras favoritas.

Janina Pérez Arias / Especial para El Espectador

Kristen Stewart en la alfombra roja de Cannes quitándose sus tacones. / AFP
Kristen Stewart en la alfombra roja de Cannes quitándose sus tacones. / AFP

El último día de la 71° edición del Festival de Cannes en esa pequeña ciudad de la Riviera francesa, la frescura de la mañana poco a poco se fue disipando dando paso a un un calor pre-veraniego. Las calles se fueron llenando de gente, y en el tradicional mercadillo los puesteros colocaban sus antigüedades, cuadros, figurillas, y chucherías por el estilo.

Al mediodía Sting medio-petardeó la “sorpresa” que tenía preparada el festival cuando se puso a tocar en las escalera del Grand Théâthe Lumière, allí donde está la famosa alfombra roja. Lluvia de clicks, chillidos, aplausos, mas era solo un ensayo.

A esas alturas, ya el jurado comandado por la inigualable Cate Blanchett había dado su veredicto. Puesto en sobres sellados, había que guardar silencio absoluto hasta que en la gala se diese a conocer el palmarés. Las quinielas fue un comensal más en el almuerzo y la sobremesa, y hasta hubo algún que otro periodista que se dio paseíllos por el Hotel Martínez y el Carlton, donde se alojan por lo general los invitados, para ver si la presencia de alguna cara conocida le daba pistas de la lista de posibles premiados. Esta es una muestra de la impaciencia como generadora de acciones anodinas.

Por la noche, mientras cantaban a los ganadores las esperanzas de que una mujer se llevase la Palma de Oro, se hicieron aire. Y esto a pesar de que había dos fuertes candidatas, la libanesa Nadine Labaki, con Capharnaüm, y la italiana Alice Rohewacher, con Lazzaro Felice.

Ambas historias abordan crudas realidades, aunque son diferentes en estética y lenguaje cinematográfico; la primera más terrenal que la segunda que apela a algo parecido al realismo mágico, para unos, metáfora bíblica para otros.

Pero ¿por qué tenía que ganar una mujer la Palma de Oro en el Festival de Cannes? Omitiendo el dato de que tan solo una ha logrado tal hazaña (Jane Campion en 1993 con El Piano), y además compartida, porque algún año tiene que suceder, y este reunía las condiciones: excelentes filmes de realizadoras y el espíritu de estos tiempos.

O tal vez para cerrar con boche de oro una edición cargada de importantes gestos simbólicos, con la alfombra roja como escenario: desde Kristen Stewart destaconándose, pasando por un nutrido grupo de directoras negras apelando por la diversidad, como también el grupo de 82 mujeres que representaba la cifra de directoras que a lo largo de 71 años habían conseguido ser consideradas para optar por la Palma de Oro.

A este punto de la lectura, pensará usted que hay cosas mejores que hacer en la vida. Sin embargo, hay que tomar en cuenta que siendo la industria cinematográfica más visible y llamativa que, por ejemplo, el gremio de ingenieros o de veterinarios (sin ánimos de restarles importancia), la intención es que esos gestos en la alfombra roja o en el marco del festival tengan una gran repercusión en toda sociedad, y por ende que ayuden a generar cambios.

De hecho, en Cannes hubo paneles de discusión y se firmaron acuerdos importantes para lograr más igualdad en la industria cinematográfica y en el festival en sí, pero ¿qué le dio la vuelta al mundo? Pues la foto de Stewart quitándose sus carísimos y elegantísimos high heels. ¡Voilà!

En este idílico lugar de la Riviera francesa, donde durante años Harvey Weinstein hizo de las suyas, el movimiento #MeToo fue pues el necesario invitado de honor. En la gala de clausura la actriz italiana Asia Argento, una de las innumerables víctimas de Weinstein, le dio contundencia a ese “no nos vamos a dejar nunca más”, dirigiéndose a los depredadores en closet presentes, ausentes y a quien se sintiera aludido.

Este año el Festival de Cannes hizo un salto mortal, poner bajo el foco de atención a los movimientos #MeToo y Time’s Up, junto a lo que representa en sí esta cita cinematográfica, que es premiar al cine (y a su industria). La “jugada” le salió bien, y hasta se puede decir que ha sido loable; pudo suceder lo contrario, pero a ninguno les dio la sombra.

Definitivamente la Palma de Oro para una directora hubiera sido el grito definitivo, pero el peligro consistía en que el jurado lo considerase un gesto más, y no un reconocimiento con méritos propios. Y no se puede negar que ésta fue la edición más comprometida con los problemas que afectan a la mujer.

Más allá de la muy justificada lucha de las mujeres, están los importantes temas que tocan todas las películas que lograron entrar en el cuadro de honor final. Desde la inmigración, hasta los abusos infantiles, de la explotación del hombre, hasta la esclavitud en el mundo moderno. Y en ese sentido la japonesa Shoplifters, de Hirokazu Kore-Eda, ganadora de la Palma de Oro, y Blackkklansman, de Spike Lee, que obtuvo el Gran Premio del Jurado, reflejan realidades y problemáticas universales.

No por nada Sting – ese mismo que arruinó la sorpresa- y Shaggy cantaron Message in a Bottle en lo alto de la alfombra roja rodeados de los ganadores de la 71° edición del Festival de Cannes.

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