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Ese día nadie en Ilhéus imaginaba que alguien pudiera alterar el ambiente erótico que rondaba por esta pequeña ciudad portuaria y turística del litoral sur de Bahía, en el nordeste del Brasil (región en la que los cangaçeiros se enfrentaron otrora con los terratenientes), que en la primera mitad del siglo XX fue el mayor puerto del estado, gracias a la exportación del cacao. Nadie, excepto Mendonça, quien respondiendo a su propia condición ya había venido percibiendo la atmósfera enrarecida por el afecto de Osmundo hacia Sinhazinha.
Ilhéus (tres años antes)
Tal percepción tenía que ver con el carácter de los personajes de esta historia de amor que (no por curiosa coincidencia) comenzó una tarde calurosa, cuando Osmundo, aparte de dentista, le demostraba a Sinhazinha que además era equitador y un verdadero maestro con la fusta, sobre todo cuando ya no estaba sobre un animal, sino sobre una dama. El problema vino cuando Mendonça ingresó a la pensión Foda Feliz y descubrió que en la habitación 348, los cuerpos desnudos y morenos de aquéllos combatían deseosos de desafiar a la ciudad, a la disidencia pueblerina, a las instituciones, incluidas las fuerzas… representadas, precisamente, por el adusto y triste hacendado, muy amigo de la iglesia (aunque no de las fiestas ni de nada que significara alegría) pero poco de la poesía. Como casi nada de los niños, máxime si ajenos, en un puerto cacaotero conocido por su baja tasa demográfica.
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Pero, como casi siempre sucede en estos casos, Mendonça llegó tarde. Incluso a la otra comida que la pareja había encargado en el hotel: gallina de cabidela, cocida a fuego lento en una salsa hecha con vinagre y con sangre de la misma ave: cosa que encendió la de Mendonça, no tanto por el detalle de fina coquetería, sino porque fuera de tan aleve reto, los hallaba disfrutando las Bachianas Brasileñas del rebelde Villa-Lobos, mientras en voz muy baja pero intensamente audible Osmundo daba rienda suelta a sus pretensiones de poeta, leyéndole a Sinhazinha unos versos de su querido Amado: “¿Qué has hecho, oh gran sultán, / de mi niña y su alegría? Devuélvela a los fogones, / a su patio de guayabos, / a su danza marinera, / a sus prendas de percal, / a sus verdes zapatillas, / a su inocente pensar, / a su risa verdadera, / a su infancia ya perdida, / a sus suspiros nocturnos, a su gran ansia de amar. / ¿Por qué la quieres cambiar? / Es el cantar de Sinhazinha/ a quien la enviaron por canela / y a cambio le dieron clavo.” Al llegar a este punto, Mendonça estaba, como dicen los chilenos, tan pote fruncío, tan emputado que ni se fijó en la personal variación que Osmundo introdujo al final del trozo poético. Bueno, sobra decir que aquél nada sabía de poesía ni de lo que ahora lo cegaba. Y había llegado tarde porque el encargo ya había sido hecho por aquellos fogosos amantes que se propusieron subvertir valores caducos y malolientes, para hacer saber que lo único por lo que se puede resentir una sociedad es por la falta de afecto, de solidaridad, de entrega a una causa… y, claro, por la represión y la falta de libertad de un payaso puesto por los yanquis para desgracia de todo un pueblo que no reconoce en ese bolso-nazi sino a un sociópata, a un esquizofrénico, a un genocida. Al que hay que sacar con un Impeachment, por vía de la guerra judicial, Lawfare, como los gringos hicieron con Dilma y con Luíz Inácio.
Entonces, sacó su Smith & Wesson, 38 largo, y a cada uno de los miembros de esta banda sediciosa que es el amor les pegó tres tiros: a Osmundo, cerca al corazón por arriesgarse a sentir, y a Sinhazinha, en lugar próximo a la vagina por atreverse a desear. Pero, en su furia momentánea, que le nubló la razón, Mendonça abandonó de inmediato Foda Feliz, sin cerciorarse del estado real de su esposa adúltera y del brioso amante de ésta. Apenados con los curiosos, los dueños del hotel se apresuraron a borrar evidencias. Una ambulancia trasladó de urgencia a los amantes al hospital local, donde se recuperaron, para nueve meses después ver el dichoso resultado de su labor: una robusta niña, con la que, de paso, le daban un bofetón al cornudo que, de ser suyo, hubiera querido un niño: ¡nunca, una niña!, diría vociferando en tono marcial. El que nunca tuvo Mendonça con el travesti Respingao (pensaba aquél, en tono marcial), a quienes Sinhazinha descubrió una noche entrando a un motel en el Mercedes de su marido, razón por la cual venía amenazándolo con denunciarlo y éste, obvio, con matarla.
Pensión Foda Feliz (tres años más tarde)
Ahora, Mendonça, por pura corazonada, regresaba a la pensión sabiendo que, si los amantes reinciden, el criminal vuelve a la escena del crimen. Al verlos, tras recordar que la violencia surge cuando las palabras se agotan, sacó de nuevo su revólver y a cada uno de los miembros de esa banda subversiva que es el auténtico amor le pegó tres tiros: esta vez, ya se sabe a quién, en el corazón por arriesgarse a sentir, y a Sinhazinha, en la cuquíviris, como dice su suegra, por atreverse a desear.
Epílogo
La relación de Jesuíno y Anito, no la de…, fue la verdadera causa por la que el primero acabó a tiros con Osmundo Pimentel, mozo elegante con ínfulas de poeta, y con Sinhazinha Guedes, morena tirando de lo lindo y a gorda, por lo cual fue condenado a 25 años de prisión, doce y medio por cada víctima: hecho que por primera vez ocurría con un militar en la historia de Bahía. Pena que, eso sí, le fue reducida de manera considerable por buen comportamiento, especialmente sexual, cuando recibía visita de su Anito Respingao. Como también pasa en Fosa Común, donde los presos pasan sus penas en confortables residencias oficiales y un buen día, un día cualquiera, un ex ministrone se va a dictar conferencias sobre agricultura o su jefe es enviado al latifundio por cárcel y todo el mundo ríe en silencio a carcajada batiente.
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Metáfora de la decadencia de Fosa Común y, cómo no, de Ilhéus, no solo patente en las adversas condiciones geomorfológicas del litoral ni en la perversa política de construcción de carreteras del gobierno federal, sino en la caída del puerto desde 1960 al segundo puesto en importancia cacaotera, detrás de Itabuna. La hija de Sinhazinha y Osmundo jamás fue presentada en sociedad: llegó a ser el secreto, a voces, mejor guardado (por Mendonça, claro) de Ilhéus, región abonada con cadáveres y sangre desde tiempos inmemoriales.
* (Bogotá, Colombia, 1957) Padre de Santiago & Valentina. Escritor, periodista, crítico literario, de cine y de jazz, catedrático, conferencista, corrector de estilo, traductor y, por encima de todo, lector. Colaborador de El Magazín de EE, 2012, y columnista, 23/mar/2018. Su libro Ocho minutos y otros cuentos, Colección 50 libros de Cuento Colombiano Contemporáneo, fue lanzado en la XXX FILBO (Pijao Eds., 2017). Mención de Honor por Martin Luther King: Todo cambio personal/interior hace progresar al mundo, en el XV Premio Int. de Ensayo Pensar a Contracorriente, La Habana, Cuba (2018). Invitado por UFES, Vitória, Brasil, al III Congreso Int. Literatura y Revolución – El estatuto (contra)colonial de la Humanidad (29-30/oct/2019). Siete ensayos sobre los imperialismos – Literatura y biopolítica, en coautoría con Luís E. Soares, fue publicado por UFES, Vitória (Edufes, 2020). Autor, traductor y coautor, con LES, en el portal Rebelión. E-mail: lucasmusar@yahoo.com