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11 Feb 2021 - 10:27 p. m.

Sobre el desamor

Acaso la pregunta sea quién suspende el pasado para dejarlo en presente. Quiero decir: cuál de los dos amantes siente que la imagen del otro es un antes congelado, y cruel porque ya no existe.

Jaír Villano/ @VillanoJair

Un recuerdo es solo un antes, pero el evocador tiene la capacidad de hacer de ese antes otro antes. Modificarlo en función de su comodidad, de su interés, de su gusto. A lo sumo, pensando en su propio bien. O también en el placer que genera regodearse en ese dolor. Evocar es crear. Evocar es sufrir.
Un recuerdo es solo un antes, pero el evocador tiene la capacidad de hacer de ese antes otro antes. Modificarlo en función de su comodidad, de su interés, de su gusto. A lo sumo, pensando en su propio bien. O también en el placer que genera regodearse en ese dolor. Evocar es crear. Evocar es sufrir.
Foto: Archivo particular

Hay uno de los amantes que decide no dejar morir la imagen del otro. Hay otro que decide dejarla morir. Barthes explica: “Durante el tiempo de ese duelo extraño, me será necesario pues sufrir dos desdichas contrarias: sufrir porque el otro esté presente (sin cesar, a pesar suyo, de herirme) y entristecerme porque esté muerto (tanto, al menos, como lo amaba)”,

El desamor deviene distinto en tiempos de la proliferación de la imagen: los silencios necesarios quedan opacados por el ruido y la exposición del otro en las redes. Pero puesto que ese otro ya no es una interacción constante, emergen las suposiciones. Todo el contenido subido es una sospecha -pasada por verdad- que el otro se hace. Acaso por eso sea mejor evitar cualquier tipo de contacto en la digitalización. No saber más de esa persona como mecanismo de defensa personal.

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Pero ese silencio es traicionero. O mejor: ese silencio es polisémico. Ese silencio hace que la imaginación divague, que la evocación de esa persona esté atrapada por un deseo de lo que se quiere evocar, y no de lo que fue. Un recuerdo es solo un antes, pero el evocador tiene la capacidad de hacer de ese antes otro antes. Modificarlo en función de su comodidad, de su interés, de su gusto. A lo sumo, pensando en su propio bien. O también en el placer que genera regodearse en ese dolor. Evocar es crear. Evocar es sufrir.

El desamor es más poderoso en tiempos donde las relaciones sexuales pasaron a ser objetos de consumo. Donde el trance necesario para la consumación de los cuerpos es interrumpido para efectos prácticos. No hay disfrute en el trance, hay disfrute inmediato del placer buscado. Y por eso compartimos la intimidad, pero no la exterioridad. Los cuerpos se juntan en privado, las manos van separadas en público. Lo cual no quiere decir que haya un secreto. Un secreto compartido es un pacto: y no lo hay. Hay un placer satisfecho que trasciende lo privado, pero se estrecha y se hace lejano en lo público.

De otra forma, lo explica Chul Han en La agonía del Eros, sin contemplar que quizá no hay un después debido al temor del individuo por repetir su báratro. A saber: el desamor. El sujeto se arredra por su propio reflejo, por el reflejo de otros, por pragmático, y porque sabe que hay otros sujetos dispuestos a compartir la inmediatez del placer.

A sabiendas de todo esto, a sabiendas de la anticipación del fracaso, a sabiendas de la no duración, los individuos caen en el hechizo. El amor parece vencer. En consecuencia, el sufrimiento es peor, porque hay consciencia: hay suficientes experiencias atrofiadas como para creer que la nuestra será distinta. Lo que comienza se acaba. Y sin embargo, la magia inútil -a la que le escribía Borges- desaparece cualquier anticipación. Su posterior epifanía es implacable.

Pero ¿cuál de los dos amantes siente que ese estado lo desnivela, que el recuerdo tiene la capacidad de generar más dolor, que presente y pasado están unidos por fuerza de asimétricos sufrimientos: por presencia (el pasado) y ausencia (el presente)?

Uno de los dos amantes es más proclive al dolor. Uno de los dos elige el silencio como protección y destrucción de sí mismo. El tiempo pasa, pero el pasado está ahí, es estático: un cabello, un gesto, una espalda tiene la fuerza para destruir una victoria: la superación.

El desamor prevalece sobre uno de los dos amantes: lo desmantela, lo desquicia, lo refuta. El mundo sigue replicando modelos de Werther y la imposible Carlota, de Marcel devastado por Albertine, de Roquetin decepcionado por Anny, del amante de la narradora sin nombre en La última niebla (de María Luisa Bombal).

Es dable que, como decía Pessoa, no amamos a alguien: “amamos, tan solamente, a la idea que tenemos de alguien. Es a un concepto nuestro -en suma, a nosotros mismos- a lo que amamos”.

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La vanidad define al hombre del Eclesiastés. El egoísmo y el narcisismo definen buena parte del hombre de la era digital del que habla Han en El enjambre. Así y todo, con egoísmo y todo, el desamor de uno de los amantes está por encima de sí mismo. Refuta su narcisismo, así su convicción sea aferrarse más fuerte a él.

De pronto uno de los amantes hallaba una fe en ese amor. Despojarse por defecto de una convicción no es fácil. Creer en el amor como redención, como pensaban algunos románticos, es depositar una fe. La fe es la Caverna, el dolor el Sol que no se puede ver por permanecer tanto tiempo en las tinieblas, antes iluminadas. La luz pasa de iluminación a una nada en forma de oscuridad revestida de imágenes.

Acaso alguno de los amantes se identifique.

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