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Sobre el miedo y sus demonios

‘The Hurt Locker’, traducida al español ‘Zona de miedo’, es al lado de ‘Avatar’ la película más nominada a los Premios Oscar.

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Hugo Chaparro Valderrama
11 de febrero de 2010 - 09:18 p. m.
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Evidencias que contradicen el testimonio del cine: un rechazo visceral en Estados Unidos por películas que aludan al fracaso norteamericano en Irak cuando los muertos se suman y los muchachos regresan para que la patria y sus familiares los despidan con honores y con la misma carga de dolor que dejara en el país el error de Vietnam. Aun así, el talento y la visión de directores, como Francis Ford Coppola —Apocalypse Now (1979)—; Alan Parker —Birdy (1984)—, o Mr. Oliver Stone, cuando todavía no era una piedra en el zapato del cine —Nacido el 4 de julio (1989)—, contribuyeron para que el cine y sus imágenes le evitaran al público caer en la trampa del olvido.

Ahora el paisaje es otro: el verde selvático de Vietnam se transformó, para la generación que presta servicio en Irak, en el aire amarillento de un mundo desértico y amenazante. Y una mujer, la directora Kathryn Bigelow, con The Hurt Locker (2008) —un término de jerga militar que describe las minas antipersonales—, describe el carácter masculino de la guerra y la rudeza que guía a los soldados de la compañía Bravo desactivando las minas.

Su registro emocional es tan intenso como las situaciones a las que se atreven los soldados: el equilibrio aparente de Sanborn (Anthony Mackie), la fragilidad de Eldrige (Brian Geraghty) y la insolencia ante el miedo de James (Jeremy Renner) componen otro campo minado de neurosis, potenciado por Bigelow a través de los movimientos de cámara y la edición galopante que trastorna la conciencia del espectador sumergiéndolo en la intimidad de la guerra.

La secuencia inicial anuncia el ritmo y el vigor de la película. Tras la frase que describe el vértigo de la batalla como una adicción letal y una droga, se escucha la voz de alguien que habla en árabe, seguida por la visión subjetiva y crujiente de un aparato que avanza sobre el terreno pedregoso de Bagdad, acercándose al lugar donde una bomba espera como la muerte. No hay tregua posible. La mirada se compromete con el movimiento y la acción; con la angustia de la gente que corre, los soldados que despejan la zona y la tensión que atormenta. Son los primeros minutos de las dos horas restantes a las que sostienen una sospecha incesante por todo lo que se mueva, por el estallido posible que duerme entre la arena, por una brutalidad asesina que hace de cualquier movimiento en falso un error imposible de aliviar.

El exterior de las calles se alterna con las visiones fugaces del interior de los edificios donde cualquier parroquiano puede ser un terrorista. Una duda creciente cuando la película no afirma nada distinto a lo que muestra —aunque políticamente enjuicia con ambigüedad a cualquier iraquí que corra, se mueva o descienda apresurado por una escalera mientras el héroe desactiva una bomba—. Cambios de registro en la narración filmados con cámara al hombro, obligando al ojo a una gimnasia inestable que vulnera el ánimo.

Pero no hay que olvidar que detrás de un soldado también hay un ser humano, una vida, una familia, latigazos de nostalgia por los que aguardan en casa, seres que pueden ser generosos y disfrutar de la amistad pasajera con un muchacho iraquí. Cuando el guión nos informa de la biografía que define a los miembros de la compañía y entendemos las razones por las que están en la guerra, desactivar una mina se convierte en un peligro que puede anularlo todo.

Las películas de guerra transcurren en un tiempo y un escenario precisos. The Hurt Locker, basada en la crónica periodística de Mark Boal, es un registro implacable de una tragedia reciente; cumple con el sueño de un viejo productor de Hollywood que deseaba tener una película que empezara con un clímax absoluto y avanzara en espiral sin admitir ningún límite. Un sueño, desafortunadamente, hecho realidad del lado de acá de la pantalla, donde la muerte no es un asunto de ficción, pero es útil para que el cine nos incomode y advierta su indeseable presencia.

Por Hugo Chaparro Valderrama

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