22 Jul 2020 - 2:42 p. m.

Sobre Juan Marsé y los porteros: de la bendición a la condena

Desde atrás, casi desde afuera, desde muy lejos, la vida se ve con algunos de sus múltiples contextos, y el fútbol no es la excepción. Desde un arco, el panorama es más amplio.

Se perciben los desórdenes, los lineamientos, al compañero vago que se hace el tonto y se esconde detrás de un marcador para que no le den la pelota, al otro, que juega sin balón y se desgasta en relevos para salvarle la piel al que se equivocó, y en últimas, al equipo. Al de más allá, que solo busca lucirse, y al de más acá, que deja la sangre y los huesos en cada balón, pues cada balón para él es un poco la vida, o la vida. Desde atrás el campo es amplio, a veces, demasiado amplio. Y se escuchan los insultos de las barras de norte y de sur, y se le teme al escupitajo, a la pedrada, a la pila que sale de las manos de los energúmenos que no entienden que el fútbol es un juego, nada más que un juego. Se oyen incluso las recomendaciones del fotógrafo que, aburrido de no captar la imagen con la que siempre soñó, da cátedra sobre lo que debería hacer o no tal o cual equipo.

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