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Sobre la memoria proustiana

El jueves se inaugura la muestra ‘Circunstancias’, del artista caleño Luis Roldán, que participa en la Bienal de Venecia 2009.

Liliana López

13 de octubre de 2009 - 05:11 p. m.
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La literatura es otro de esos motores que activan la imaginación y la producción artística de Luis Roldán. Esta vez, la muestra Circunstancias tuvo su génesis involuntaria mientras leía la novela de Proust En busca del tiempo perdido. Así como para Proust el sabor de la magdalena lo remitía a su pueblo, a Roldán un pájaro amarillo, nombrado de maneras tan disímiles como cristofué, bichojué,  tirano cazador de moscas, entre muchos otros, es el que dispara los recuerdos infantiles y los paisajes sonoros del amanecer de esos patios en Cali llenos de árboles de mangos y samanes.

Dentro de la galería, este pájaro que había estado en la mente de Roldán desde hacía mucho tiempo se transforma en una caja vacía, forrada en amarillo, que al abrirla despliega su canto.

Cuando leía el libro, una parte llamó en especial su atención y la anotó en un cuaderno. Se trataba   del célebre pasaje de “La prisionera”. En este tramo de la novela, el escritor y crítico de arte, Bergotte, a punto de morir, llega a una exposición de pintura y observa la Vista de Delft, de Vermeer y queda absorto con un detalle del cuadro, un panel de color amarillo, y acto seguido replica: “Así debiera haber escrito yo. Mis últimos libros son demasiado secos, tendría que haberles dado varias capas de color, que mi frase fuera preciosa por ella misma, como ese pequeño panel amarillo”. En sus últimos instantes, a Bergotte se le aparece la visión de una balanza celestial en donde de un lado está toda su vida y, en el otro, el fragmento de muro amarillo. Sus palabras finales fueron, el panel amarillo.

Roldán empezó a desarrollar obras en las que los rectángulos amarillos aparecían y después encontró el fragmento que había dejado resaltado en uno de sus cuadernos. Entendió cómo la memoria, muy a la manera proustiana, involuntaria y contraria a la simple rememoración, era la que permeaba y conectaba su serie de dibujos, y es al final la que está presente en toda la muestra, compuesta también de una  instalación y un video.

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En una de las paredes se encuentra un dibujo de la Vista de Delft sintetizado y abstraído, el cual se irá desmembrando a lo largo de los demás muros con una constante: un panel amarillo. Además, varios dibujos de un canario en la misma posición y a diferentes escalas están dispuestos en la parte baja, media y alta de las paredes para hacer alusión al vuelo. Los otros elementos serán una sorpresa para el público.

Los simbolismos, las metáforas, pueblan toda la obra, todo este recorrido, que en palabras de Roldán “es como una aventura que quería hacer participativa al espectador y que invita a reflexionar con preguntas sencillas y respuestas complicadas sobre la balanza de la vida”, así como la que se le aparece a Bergotte en el crepúsculo de su vida.

Por Liliana López

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