22 Aug 2020 - 8:19 p. m.

Sobre “Viaje al fin de la noche” de Céline

Siempre que el escritor Louis-Ferdinand Céline es tema de conversación, su afiliación política y antisemitismo descarado salen a relucir por encima de su producción literaria. Y cómo no, pues el hecho de que una persona de reprochable integridad moral haya dado vida a una de las obras maestras de la literatura francesa del siglo xx no puede pasar desapercibido.

Juan-Manuel Caycedo

La lectura de Céline puede resultar incómoda, molesta. Tanto por su lenguaje como por sus temas. A juicio de muchos, censurable. Pero el caso de Viaje al fin de la noche es propicio para preguntarse por la relación entre la obra de arte y el artista, pues la relación entre Céline y su novela es paradójica. Acaso algo sobrenatural en el arte impida al artista tener dominio total de su creación; una fuerza tan poderosa que pueda llevar a un escritor a engendrar una obra que contradiga su propia opinión.

Viaje al fin de la noche fue publicada originalmente en 1932. Es considerada una novela de rasgos autobiográficos y la obra más importante de Céline. Es una novela de viajes contada a la manera de una confesión por su protagonista, Ferdinand Bardamu. Los viajes de Bardamu a la guerra en Flandes, en barco hasta las colonias francesas en África, hasta la costa este de Estados Unidos y luego por tierra al interior de Francia coinciden con momentos históricos de la primera mitad de la vida de Céline. También ambos estudiaron medicina y dedicaron la mayor parte de sus vidas a ejercerla en favor de quienes no tenían con qué pagar una atención médica.

Lo autobiográfico de Viaje al fin de la noche empieza a desdibujarse cuando nos damos cuenta de que a lo largo de sus 623 páginas es difícil rastrear tendencias políticas de ultraderecha o filonazis. Podría decirse que son inexistentes, que Céline dejó por fuera de Viaje sus activismos. Hasta ahí sería sencillo resolver la cuestión diciendo que Céline tenía plena conciencia de un proyecto literario distinto del propagandístico que emprendió con sus panfletos antisemitas, entre los que se encuentran Bagatelle pour un massacre (Bagatelas para una masacre), texto que la editorial Gallimard tenía intención de reeditar y publicar en 2018, plan fallido a causa de las presiones de la ciudadanía y del mismo gobierno francés.

Pero la gran paradoja de Viaje al fin de la noche no radica en que los nacionalismos o los racismos no aparezcan en la novela, sino que aparecen para ser criticados potentemente.

La historia empieza cuando Bardamu, en una situación casi absurda, termina enrolado en las filas del ejército francés. A través de sus anécdotas en el campo de batalla, el lector se entera del profundo desprecio que siente por la guerra, la insensatez de dispararle a un desconocido por defender los colores de una bandera, de no tener derecho a opinar sobre la muerte propia. Bardamu es carne de cañón junto con los demás soldados, jóvenes del campo cuyas oportunidades se reducen al servicio militar, muchachos que, en caso de regresar a París con vida, recibirían por mucho un pedazo de metal en pago por el servicio ofrecido a la patria; ofrecido, como si hubieran tenido la opción de elegir.

Bardamu se sabe cobarde, y para librarse de la guerra recurre a una estrategia que lo condena a ser despreciado por la sociedad, que lo arrastra hasta el filo de la muerte. Traidor de esa raza francesa de la que reniega, como un Rimbaud emprende viaje al África. Bajo el clima inclemente del trópico descubre el orden colonial, la sevicia de sus funcionarios y la explotación de los hombres y las tierras africanas. En extensas parrafadas se refiere a la colonia de la misma forma en que describe la guerra: para él son la misma cosa, una manifestación más de las almas enfermas de los hombres.

Estos hechos ocurren en la primera parte de la novela y se podría decir que el resto son variaciones sobre un mismo tema. Viaje al fin de la noche es la confesión de un misántropo que da vueltas por un mundo que gira de regreso hasta su punto de partida, como la noche empata con el día, y el día con la vida de los hombres en los barrios marginales de la París de los años treinta, que a la madrugada se embuten en los trenes en dirección a sus trabajos, para al final de la jornada no esperar otra cosa más que el fin de la noche.

El estilo de Céline es uno de sus sellos y gran parte del sustento de su calidad literaria. Su intento por reproducir el habla de la calle, de las clases bajas de una sociedad devastada económicamente por la guerra, que añora el tiempo perdido, es innovador y marcó el inicio de una nueva forma de narrar. Su lenguaje escatológico, grosero y violento, hace juego con la presencia del crimen nocturno de la París periférica, el desparpajo de las descripciones sexuales, las prostitutas amadas, y todos los demás temas que podrían escandalizar al lector más tradicional. Según John Banville, sin Céline no hubiera habido Henry Miller, ni Jack Kerouac, ni Charles Bukowski, ni poetas beat.

Independientemente de la discusión sobre el Céline persona y el escritor (además, Céline no era Céline, sino el seudónimo que Louis-Ferdinand Destouches tomó del primer nombre de su abuela), dejar de leerlo sería equivalente a no leer, por ejemplo, las crónicas de indias por los hechos atroces que la mayoría de sus autores pudieron haber cometido. Sería privarse de dialogar con mirada sensible e inteligente sobre el comportamiento de los hombres. De todas maneras, la literatura no es más que es una puerta que conduce a las bellezas y los horrores del mundo y nadie está en la obligación de abrirla, aunque todos sepamos dónde encontrar la llave.

Comparte: