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Dora, Catalina y Beatriz: tres nombres, tres mujeres y tres historias que, bajo la pluma de Marvel Moreno, se transformaron en el reflejo vivo de la experiencia femenina en la Barranquilla de los años setenta.
Publicada en 1987, la novela se ha consolidado como una radiografía de la identidad caribeña, capaz de trascender generaciones. Tanto es así que, más de tres décadas después, Nibaldo Castro, dramaturgo y actor de la misma ciudad que vio nacer a la autora, quedó cautivado por su universo narrativo durante la Feria del Libro de Barranquilla de 2024 y se propuso un reto claro: llevar esta historia al teatro.
Así nació “Sobrevivientes. Dora, Catalina y Beatriz”, una versión escénica de la novela que, a partir de una reinterpretación dramatúrgica, se propone seguir siendo un espacio para contar la historia de vida y resistencia de las mujeres del Caribe. Esta obra se presentará en el marco del Festival Internacional de Artes Vivas (FIAV 2026) este 2 y 3 de abril. “Sobrevivientes” hace parte de la programación del Caribe como región invitada de honor para esta edición del festival.
Nibaldo Castro, director de la obra, le contó a El Espectador que el punto de partida fueron estos tres personajes principales. “A partir de ahí, quise llevar a escena a tres actrices con una misma técnica actoral, pero con presencias escénicas distintas, capaces de presentar sus elementos de manera diferente y, al mismo tiempo, construir una representación conjunta”, dijo.
Para Castro, la novela cuenta con una serie de microhistorias además de las de Dora, Catalina y Beatriz, por lo que en la obra decidió enfocarse en estas tres mujeres con un objetivo: convertir este ambiente cultural de la Barranquilla de los setenta en algo universal. Esto también fue resaltado por Paola Puello Ariza, quien interpreta al personaje de Catalina.
“Aunque la obra parte de una sociedad de estrato alto y con mucho dinero, estas situaciones se dan en todos los niveles sociales. No tienen que ver con la cantidad de dinero, sino con las decisiones que una mujer toma en su vida, especialmente cuando lo económico influye”, dijo Puello.
Castro también recupera al personaje de Lina, aunque, a diferencia de la novela, ya no se plantea como la narradora directa durante la puesta en escena. En esta versión, la intención del director es distinta: convertir a los espectadores en Lina, invitándolos a apropiarse de los personajes y de la historia para llevarlos, a su vez, a nuevos públicos.
Por otra parte, en la propuesta escénica, Castro decidió alejarse de la representación del carnaval y de la máscara que usualmente acompañan las expresiones culturales de Barranquilla. Para esto, utilizó un enfoque dramático enmarcado en el hiperrealismo, donde los espectadores pudieran ver esta historia desde una mirada íntima y cotidiana, más alejada de la máscara, pero más cercana a la vida misma.
En la escenografía, el director también se propuso resignificar a Barranquilla desde un enfoque más introspectivo. Las luces ubicadas en el piso del escenario representan las calles de la ciudad, pero, en lugar de proyectarse hacia abajo, Castro decidió posicionarlas hacia arriba, para contribuir al contraste emocional que atraviesan las protagonistas.
El color del piso responde, de la misma forma, a una concepción distinta del Caribe. El director señala que esta región suele asociarse con tonalidades ámbar y claras; sin embargo, optó por el rojo para que, junto a otros elementos como botellas y maicena, se demostrara que incluso en medio de la fiesta caribeña puede surgir un profundo sentimiento de soledad.
Otro de los elementos fundamentales de la construcción de esta obra fue la dramaturgia fragmentada, un estilo en el que la historia se cuenta a partir de saltos en el tiempo, mientras el actor debe permitirse habitar distintos momentos, espacios e inquietudes, para así producir los quiebres emocionales necesarios dentro de la historia.
“Se busca llevar al público a experimentar diferentes estados de espacio, tiempo y emoción. Es un proceso complejo, pero también muy bello de realizar”. Esta fragmentación se complementa con otras dramaturgias, como la textual basada en la novela o la sonora y la visual, brindándole así una experiencia sensorial completa a los espectadores.
Tanto para Castro como para Puello, uno de los principales retos de esta obra fue establecer una distancia entre el sufrimiento presente en cada una de estas historias y su interpretación, algo que lograron a partir del uso de la tercera persona durante los monólogos. “El transmitirle al otro todo lo que sucede, sin quedarse atrapado en ese dolor, ha sido un proceso complejo, aunque muy enriquecedor”, dijo Puello.
Desde su primera presentación, la obra ha completado 20 funciones en distintos lugares del país. En una de ellas, Puello contó que un grupo de psicólogas se acercó para expresarles su preocupación, porque pensaban que, en lugar de ayudar, la obra podría revictimizar a las mujeres. Sin embargo, al terminar la obra, su perspectiva cambió por completo.
“Nos comentaron que salían con una sensación de liberación, tal como lo plantea el mismo texto, y que el trabajo les había parecido maravilloso. Fue muy significativo, porque era la mirada de profesionales que trabajan directamente con mujeres, ayudándoles a salir de situaciones difíciles”, contó Puello.
Por último, Castro y Puello manifestaron el orgullo que sienten al representar al Caribe en esta edición del festival. “El Caribe respira teatro dentro del país”, manifestó Castro y concluyó diciendo lo siguiente: “Creo que es una oportunidad sincera para el país: mostrar una cartografía poética desde las regiones, con distintas percepciones, para que el público pueda disfrutar, desarrollar o apropiarse de esta propuesta”.
De este modo, a través de “Sobrevivientes. Dora, Catalina y Beatriz”, el colectivo Cofradía Teatral continúa con el legado de Marvel Moreno y se reapropia de su historia para consolidarse, por sí mismos, como un espacio de reivindicación, resistencia y transformación de la identidad de la mujer caribeña.
