Sócrates fue acusado y condenado a beber la cicuta por la asamblea general, la ikklesia, que era la parte esencial de la democracia griega. Según la leyenda, difundida luego por Platón, un hombre llamado Querofonte fue al oráculo de Delfos para interrogar a los dioses si era cierto que Sócrates era el más sabio de los hombres. Su pregunta fue “¿Hay alguien más sabio que Sócrates?” La “pitia” respondió: “No hay nadie más sabio”. Antes de interrogar a Apolo por medio de su pitonisa, Querofonte leyó una inscripción que debían leer todos los que iban a consultar, y que decía: “Te advierto, quienquiera que fueres tú, que deseas sondear los arcanos de la naturaleza, que si no hallas dentro de ti mismo aquello que buscas, tampoco podrás hallarlo fuera. Si tú ignoras las excelencias de tu propia casa, ¿cómo pretendes encontrar otras excelencias? En ti se halla oculto el Tesoro de los Tesoros. Hombre, conócete a ti mismo y conocerás el universo y a los dioses”.
Cuando Sócrates se enteró de lo que el oráculo había dicho, quedó absorto. Pasado un tiempo, se dedicó a conversar con varios de sus vecinos, con algunos políticos y legisladores, con jueces, poetas, mercaderes, sacerdotes y maestros para saber su grado de sabiduría. Poco a poco fue concluyendo que aquellos personajes ignoraban las cosas esenciales, y que él era sabio simplemente porque admitía su ignorancia. Según el testimonio de uno de sus discípulos, Jenofonte, escrito en su obra “Memorables”, a sus amigos “los impulsaba a hacer lo mejor posible las cosas de resultado cierto. En cuanto a aquellas cuyo resultado era incierto, los remitía a la adivinación. Todas las ciencias humanas son accesibles a la inteligencia, pero lo que tienen de más importante los dioses se lo reservan y los hombres solo ven en ello tinieblas”. Anito, Meleto y Licón consideraron que Sócrates se estaba burlando de los dioses.
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Lo acusaron por ello y por corromper a los menores. Meleto presentó la denuncia, bajo juramento: “Sócrates comete el delito de no reconocer a los dioses en que cree la ciudad, e introduce nuevas divinidades. También delinque corrompiendo a los jóvenes. Pena solicitada: la muerte”. Platón, en su “Apología de Sócrates”, describió la defensa de Sócrates, quien dijo: “Conocéis sin duda a Querofonte, amigo mío desde la juventud, compañero de muchos de los presentes, hombre democrático. Con vosotros compartió el destierro y con vosotros regresó. Bien conocéis con qué entusiasmo y tozudez emprendía sus empresas. Pues bien, en una ocasión, mirad a lo que se atrevió: fue a Delfos a hacer una especial consulta al oráculo, y os vuelvo a pedir calma, ¡oh, atenienses!, y que no me alborotéis. Le preguntó al oráculo si había alguien en el mundo más sabio que yo. Y la pitonisa respondió que no había otro superior”.
Luego de un silencio, la asamblea estalló en gritos de admiración mezclados con indignación, seguidos por insultos. Cuando volvió a callar, Sócrates continuó. “Cuando fui conocedor de esta opinión del oráculo sobre mí, empecé a reflexionar: ¿Qué quiere decir realmente el dios? ¿Qué significa este enigma? Porque yo sé muy bien que sabio no soy. ¿A qué viene, pues, el proclamar que lo soy? Y que él no miente, no sólo es cierto, sino que incluso ni las leyes del cielo se lo permitirían. Durante mucho tiempo me preocupé por saber cuáles eran sus intenciones y qué quería decir en verdad. Más tarde y con mucho desagrado me dediqué a descifrarlo de la siguiente manera (…). Debía llamar a todas las puertas de los que se llamaban sabios con tal de descifrar las incógnitas del oráculo”. Su primera visita fue a un renombrado político, pero después de hablar con él, Sócrates concluyó que muchos consideraban que era un sabio y, sobre todo, él lo creía así, pero no lo era.
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“Y partí, diciéndome para mis cabales: ninguno de los dos sabe nada, pero yo soy el más sabio, porque yo, por lo menos, lo reconozco. Así que pienso que en este pequeño punto, justamente, sí que soy mucho más sabio que él: y que lo que no sé, tampoco presumo de saberlo”. Su segunda charla fue con los poetas. “Me percaté de que los poetas, a causa de este don de las musas, se creen los más sabios de los hombres y no sólo en estas cosas, sino en todas las demás, pero que, en realidad, no lo eran”. Y concluyó que los poetas decían muchas cosas y muy bellas, pero no sabían de qué hablaban. Finalmente, fue con los artesanos, y admitió que ellos sabían lo que él no, “y en ese aspecto eran más sabios que yo”. Sin embargo, dijo, “tenían el mismo defecto que los poetas, cada uno creía ser muy sabio por practicar bien su arte, y esto eclipsaba su sabiduría técnica”. Luego de sus visitas y sus conversaciones, Sócrates quedó confundido.
Se preguntaba si debía juzgarse tal como se veía, “ni sabio de su sabiduría ni ignorante de su ignorancia”. Cuando fue declarado culpable, Sócrates tenía derecho a elegir su pena. Una de ellas habría podido ser el exilio. Sin embargo, fiel a sus ironías, dijo que lo que realmente debían darle era una pensión vitalicia por los beneficios que le había aportado a Grecia, y en general, a la sociedad, pero que en vista de que eso no iba a ser así, estaba dispuesto a pagar una multa. Según Peter Watson, “El jurado se sintió insultado y le mandó suicidarse (por una mayoría mucho más amplia que la que le había hallado culpable)”. Antes de beber la cicuta, entra otras cosas, dijo: “Por no querer aguardar un poco más de tiempo, os llevaréis, atenienses, la mala fama de haber hecho morir a Sócrates, un hombre sabio, pues para avergonzaros os dirán que yo era un sabio, aunque no lo soy. Si hubierais esperado un poquito más, habría llegado el mismo desenlace, aunque de un modo natural”.
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