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Apéndices de plástico verde, blanco y azul claro, brotan de su cuerpo como, si de repente, lo hubiera atacado una plaga sintética chupa-sangre, chupa-fluidos, chupa-existencia. “Como le comenté, no es sino que usted nos dé el OK y lo desconectamos”, me susurró el Dr. Hurtado, inclinándose hacia mí, previniendo que mi papá pudiera escucharnos. “Déjeme pensarlo”, le contesté, aunque no había nada qué pensar, de buena gana dejaba al viejo cabrón en ese estado hasta que Dios o la suerte se lo llevara de una buena vez. No le iba a dar ese gusto, no ahora, que el diablo me lo volvió a poner en el camino.
La primera vez fue cuando yo andaba por los 13 años, y mi papá era el ogro maltratador y todopoderoso de las pesadillas de cualquier familia. Impenetrable, inmortal, aquel que podría volarte los dientes de un puñetazo si te atrevías a contestarle, o a no contestarle, o a hacer o a no hacer algo o nada, o a respirar o a parpadear a su alrededor, especialmente cuando estaba borracho. Nos encontrábamos en el coto de caza de la familia de mi abuelo paterno, otro cabrón psicópata insufrible. Mi papá acababa de abofetear a mi hermano mayor por haber errado el disparo y espantar, de paso, a toda una bandada de codornices. No estaba lejos de que me tocara a mí el turno de ser apaleado, humillado, denigrado, si fallaba o si no hacía exactamente lo que fuera que tuviera en ese momento en su puta y enmarañada cabeza. Llevaba al hombro una carabina ligera, especialmente diseñada para mí, como premio porque yo era el mejor tirador de mi familia, pero, en estos casos, ¿quién diablos es capaz de tener puntería con semejante presión encima? Mientras mi padre insultaba a mi hermano, que permanecía en el piso, sangrando por boca y nariz, yo alcancé a bajar la carabina y cargarla, con mucho sigilo, pensando, seriamente, en descerrajarle un tiro al viejo, no en el pecho, en plena cabeza. Bólidos mentales me atravesaron la mente, coartadas de toda índole: pero si solo es un niño, pero si fue solo un accidente, pero cómo fue a pasar… Qué lamentable… Por supuesto, esperaba que mi hermano guardara el secreto, solo estábamos los tres, metidos en el bosque, acompañados apenas por nuestros sabuesos. Había llegado el turno de Goliat de besar el suelo, abatido por el menos esperado e inocente David. Si hasta logré imaginarme nuestra íntima felicidad, mientras el sepelio, el entierro, la gloria, la libertad, mi madre sería tan dichosa, no más golpes, ni insultos, y hasta habría podido casarse otra vez, ¡era bella todavía y muy joven también…! “¿Y tú qué me ves, estúpido?”, me soltó la bestia, y hasta allí llegaron mis justificadas pretensiones parricidas, solo con verlo avanzar hacia mí con los ojos inyectados de rabia, de azufre… De mierda.
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Ahora solo quería aprovechar para visitar a mi madre y hermanos aprovechando la gira promocional de mi más reciente película. Y heme aquí, de nuevo mirando, frente a frente a mi Némesis, flácido y demacrado, y con ojos de pez en el frigorífico, plagados de cataratas, pero todavía amenazantes, como si fueran un siniestro cristal forjado en las mismísimas entrañas del infierno. Claro, habla el niño aquel de 13 años, asustado, demolido psicológicamente, que nunca logró superar al monstruo de su closet. Viejo despreciable, dicen que en pelea larga hay desquite y, esta vez, aunque no tengo mi maravillosa carabina, con mi nombre tallado en la culata, bastaría solo una almohada para, al fin, aniquilarte. Qué pícaro payaso es el destino. ¿No crees, papá? Fui el único que se atrevió a venir al hospital para tomar decisiones con respecto a tu podrida salud. 15 maravillosos años sin verle el hocico al depredador y aquí estoy de nuevo, en sus fauces.
No te creas, nos hiciste un bien dejándonos abandonados por tu secretaria, qué original, cualquiera estaría mucho mejor sin ti. Y ahora, cuando al fin tocaste fondo, el más pequeño de tus sacos de golpes puede decidir si te despides de este mundo o no. Mi madre y hermanos me dieron vía libre para hacer lo que se me dé la gana. No quieren saber nada, en absoluto, de ti. Para ellos, para mí, ya estás bien muerto. Solo es cuestión de finiquitar al zombie. Daría lo que fuera por hacerlo como en mis películas, arrancándote la cabeza de un solo hachazo. Y hasta filmarlo, para repetirlo una y otra vez en la soledad de mi apartamento de Los Ángeles, mientras le acaricio el lomo a uno de mis cinco gatos malayos. O a lo mejor y te dejo podrir unos meses más, flotando en tus propios fluidos, en tu propia desgracia. Justicia no más.
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Pero no mereces más tiempo en mi apretada agenda. Me falta aún un par de países y cinco ciudades por visitar, y un par de guiones por terminar. Yo, mejor que nadie, sé que el punto final de una historia es eso, el punto final y ya está, al archivo, al olvido. Por eso, llamo al Doctor Hurtado y le doy luz verde para tu desconexión. Te lo he dicho de viva voz, para que quede constancia de que no hay maldad en mis actos ni placeres perversos (bueno, un poquito, y hasta me ha gustado la forma en que se te arrugaron los párpados de batracio albino, y la grieta de tristeza en tus otrora acerados ojos fulminantes. Tampoco he de negar que, de igual forma, disfruté con los santos óleos que te puso el sacerdote, tú que abjurabas de la religión católica. (¡Ja!)
Y todo fue más simple de lo que pensaba, los pitidos cesaron, los siseos se apagaron, un silencio casi que completo nos envolvió. Tú agonizabas, un par de enfermeras flanqueaban al Doctor Hurtado, y yo solo pensaba en un cigarrillo y un trago. Me dejé caer en una silla y la perspectiva me ofreció un regalo como premio a mi buen corazón: las enfermeras no se habían percatado de una botellita de Ketamina que, como huérfana, me esperaba en una mesa auxiliar, cerca de la cama en la cual mi viejo lanzaba sus últimos estertores.
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La Ketamina es un poderoso pre anestésico, que tiene que ser extraído de estos recipientes luego de entibiarlos, al baño María, el cual la transforma en cristales que, una vez convertidos en polvo, pueden ser aspirados y produce efectos maravillosos, muy cercanos a sus primas de la familia de los opiáceos, pero que te mantiene, mucho más tiempo, en esa resbalosa frontera del sueño y la vigilia, de lo alucinante y lo real. De hecho, se receta para curar la ansiedad y la depresión, mismas que toda la vida me han acompañado, como sombras gemelas o aves agoreras posadas en mis hombros. Papá, siempre supe que, algún día, habrías de servirme para algo. Gracias.