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¿Cuál fue su primer acercamiento al arte?
En mi familia siempre hubo una cercanía con el arte. Mi abuela pintaba, y yo desde pequeña me sentaba con ella a hacerlo. Tengo un primo, Alberto Baraya, que es un excelente artista. Mi papá, Jaime Arocha, es antropólogo, pero en su trabajo de campo se apoyaba mucho en la fotografía. Y, por mi lado, empecé a tomar clases de arte con una colega de mi papá, Nina S. de Friedemann, quien en ese momento estaba ya en la universidad. Mejor dicho, fueron muchas cosas que confluyeron para que sintiera esa atracción hacia lo artístico. Además, soy neurodivergente, y eso hizo que cosas como las matemáticas no se me dieran muy bien, en cambio sentí siempre que en el arte podía ser buena.
¿Cómo pasó del arte como “hobby” a considerarlo una carrera profesional?
Estudié primero diseño gráfico en la Jorge Tadeo Lozano antes de irme por una carrera creativa. Lo hice porque, en ese momento, tenía la idea de que sostenerme únicamente como artista era muy difícil, y quería algo que me diera más seguridad. Ahora no lo creo así, no porque crea que sea fácil, sino porque he visto que sí hay opciones. Pero como escogí ese camino, llegué a Nueva York a trabajar como diseñadora gráfica. Fueron 14 años en los que me abrí por muchas ramas de este campo, incluyendo, por ejemplo, ilustración y animación. Sin embargo, llegó un punto en el que quise entrar en conversaciones más profundas, algo que no me permitía el diseño porque estaba muy enfocado en lo comercial.
¿Cuáles fueron esas conversaciones que la impulsaron a crear su propio arte?
Aquí me enfrenté a muchas personas que solo relacionaban a Colombia con la violencia, el narcotráfico, los paramilitares, la cocaína... Entonces quería buscar la manera de mostrar una visión distinta del país a través de mi trabajo, y eso fue posible gracias al arte.
¿Cómo logró llevar “Selva adentro” a ser una de las obras permanentes del metro de Nueva York?
Esta no es la primera obra de arte público que tengo en Nueva York. La primera está en el Snug Harbor Cultural Center & Botanical Garden, y fue resultado de un premio al mejor diseño de Nueva York, de hace dos o tres años. La segunda está en la Biblioteca Pública de Brooklyn, y “Selva adentro” es la tercera pieza permanente que tengo en la ciudad, en una estación del metro. Estos tres proyectos están conectados entre sí por el programa Percent for Art, que destina el 1 % del capital destinado a renovaciones de infraestructura en la ciudad que debe invertirse en arte. ¿Cómo llegué ahí? Por convocatoria. La obra fue seleccionada en 2019, pero quedó en pausa por la pandemia. Luego, en 2022, retomaron el proyecto y me ofrecieron la comisión. Desde ese momento empecé a trabajar en ella, y la instalación se realizó en julio de este año.
¿Qué significa que su obra ahora sea parte del espacio público?
Para mí ha sido muy emocionante. Cuando empecé a ver arte en las estaciones, pensaba que algún día me gustaría ser parte de esa gran colección. Y tener arte público en general me gusta mucho, porque interactúa con la gente de una manera muy distinta. Además, creo que cuando estos espacios cuentan con obras de arte uno deja de concentrarse en las ratas que están caminando o en lo sucio que pueda estar todo, y te da una nueva perspectiva de tu entorno. Para mí, eso es lo que genera el arte en el espacio público, aunque entiendo que cada persona va a tener una experiencia diferente.
Tiene además una exposición llamada “Entre la coca y el oro”. ¿Qué nos puede contar de eso?
Esta exposición está en el Newhouse Center for Contemporary Art en Staten Island y es el resultado de aproximadamente 10 años de trabajo. Está muy enfocada en la coca como planta, porque para mí ha tenido una narrativa extremadamente problemática, especialmente en los países del norte, donde se ha conectado casi exclusivamente con la cocaína. Esta exhibición es el resultado de distintas exploraciones visuales, a través de la escultura y otros formatos, para cambiar esas narrativas alrededor de la coca. Asimismo, como complemento, sacamos un libro titulado “Descocainizar la coca”, que fue publicado por la Editorial de la Universidad del Cauca y por Corónica Editores. En él tratamos de mostrar esas narrativas que contrarrestan las que predominan en el norte global, donde la coca se asocia únicamente con la violencia del narcotráfico.
¿Qué significa poner estos temas sobre la mesa a través del arte?
Es una pregunta muy interesante, y también difícil de responder, porque una de las cosas que ocurre con el arte es que, al final, la obra está ahí para ser interpretada. Por ejemplo, la obra principal de “Entre la coca y el oro” se llama “Sueño con jardines de coca”. Es una instalación de 27 metros por 6 metros, compuesta por 50 arbolitos de coca hechos en fique y con páginas de libros escritos a finales del siglo XIX, en los que se hablaba del “descubrimiento” de la cocaína como una especie de panacea, como uno de los grandes avances de la época. Para mí, esos libros invisibilizan el conocimiento indígena alrededor de la planta y, en cambio, la presentan como un objeto que puede ser explotado. Usarlos es entonces una acción simbólica de empezar a contar otra historia alrededor de la planta. Sin embargo, a pesar de que puedo tener una intención o unos temas que quiero abordar, la pieza no da una sola respuesta cerrada.
