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La fuerza hace el Unión

Después de un largo abandono, un patrimonio arquitectónico y cultural de Honda (a la vez Pueblo Patrimonio de Colombia) deja atrás “la tierra del olvido”: el Teatro Unión.

Leopoldo Pinzón

20 de julio de 2023 - 08:00 p. m.
El Teatro Unión, en pleno anochecer hondano. / Alberto García
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La noticia se regó como pólvora por los barrios pobres del norte, por los de clase media y clase alta del centro, por los lejanos conjuntos cerrados de las afueras: el 1.° y el 2 de julio se presentaría el Teatro Libre de Bogotá con su obra Crimen y castigo, de Dostoyevski, en el Teatro Unión. Lo insólito, lo peculiar de la noticia no era que en la ciudad histórica se presentara uno de los grupos de teatro más prestigiosos del país, con una obra de gran complejidad: detrás de esa noticia había otra, la que permeaba todas las capas de la población, sorprendiendo, asombrando, despertando remotas nostalgias: hacía alrededor de medio siglo que, con breves y pasajeras excepciones, nada se presentaba en el Teatro Unión: ni teatro, ni cine, ni óperas, ni siquiera una función de títeres. Del Teatro Unión solo quedaba un enorme y vetusto edificio abandonado, olvidado, muerto.

Primera muerte

Hace 106 años, en 1917, don Manuel Navarro, destacado personaje hondano, edificó y puso en marcha el Teatro Unión: un amplio escenario circular, en tapia pisada, rodeado de sillas de madera y de tres altos palcos, también de madera, con la asombrosa capacidad de 1.500 espectadores. En él se presentaron desde corridas de toros hasta zarzuelas, películas, obras de beneficencia y tertulias literarias. El 31 de octubre de 1930, hacia las nueve de la noche, en medio de una función dedicada a los niños, ocurrió lo impensable. Puede suponerse, de modo imaginario, que el Pato Donald tropezó de improviso y, al caer, enredó en el proyector la película de nitrato, altamente inflamable, generando un fuego que alcanzó dimensiones prodigiosas: las de 1.500 sillas de madera ardiendo junto con las estructuras, también de madera, que las sostenían.

Segunda muerte

De ese incendio mítico solo quedaron los muros exteriores, edificados en cemento. Años después, hacia los años 40, dentro de aquellos muros se diseñó el nuevo Teatro Unión: capacidad de 540 sillas, en declive hacia el escenario principal, preparado para cine, teatro y variedades. Su apariencia arquitectónica: art déco, importada desde Francia a Florida. La moda imperativa. En plena competencia con otra sala inaugurada en el paréntesis entre incendio y reconstrucción, el Teatro Honda, los precios de las boletas para cine eran inimaginables (al menos para hoy): 20 y 15 centavos entre semana, y 10 y 15 centavos los lunes populares.

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Hasta los años 80 del siglo XX, el Teatro Unión vivió los mismos avatares de su ciudad: grandes picos económicos los meses de diciembre, enero, febrero, marzo y abril, los pródigos tiempos de la subienda, cuando miles y miles de peces ascendían por el río Magdalena para desovar en las altas lagunas, permitiendo su captura al por mayor (incluso más que al por mayor), convirtiéndola en una especie de capital nacional del pescado; grandes cosechas de algodón y maíz en la región; estrella vial del país (todos los caminos pasaban por Honda). Y, en todos estos campos, el declive gradual. Un manejo suicida —conjunción de irresponsabilidad e ignorancia— degradó la subienda de meses a semanas; conflictos internos y erróneas medidas de política exterior arruinaron los grandes cultivos; nuevas vías apagaron su estrella. El Teatro Unión, como tantos establecimientos culturales, de negocios, de industria, cerró sus puertas. Empobrecida, disminuida incluso su población, Honda guardaba sin embargo un tesoro: su historia.

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El arquitecto Gregorio Sokoloff y su esposa, Cristina, frente al Teatro Unión. / Cortesía

Resurrección

Gregorio Sokoloff merece sin duda el título de ciudadano del mundo. Bogotano, nieto de un muchacho ruso descendiente de generales y embajadores del zarismo que huyó de las amenazas de la Revolución de Octubre, estudió Arquitectura en la Universidad de los Andes. Pero antes de graduarse viajó ya por los Estados Unidos, Irlanda e Inglaterra. Recibió su título de posgrado en París. Pronto vinculado a prestigiosas cadenas hoteleras y constructoras, por años diseñó hoteles de cinco estrellas en China, Catar, Baréin, Dubái, Marruecos y particularmente en Hong Kong: en conjunto, el summum de la arquitectura contemporánea más sofisticada. Mantuvo, sin embargo, al mismo tiempo, su oficina en Bogotá. Hace quizás diez años, una mañana se despertó sin saber dónde estaba. Supo después que en Hong Kong. Pero en ese turbio momento decidió que en adelante se despertaría hasta el final en Bogotá. O en Honda.

Porque en 1994, recorriendo los municipios del norte de la capital, con su esposa, Cristina, a quien había conocido como estudiante de intercambio en Los Andes, y su suegro, Ib Sewerin, ambos daneses, llegaron a Honda. Al pasar el puente Andrade sobre el Magdalena, un lugar infestado de buses intermunicipales y vendedores ruidosos y obstinados, agobiados por el calor, Gregorio y Cristina quisieron huir. Pero el terco suegro insistió: la guía turística informaba que allí había algo digno de conocer. De modo que lo hicieron. Pronto llegaron al centro histórico, donde la ciudad, en sus callejuelas retorcidas y empedradas, evoca los secretos de la Colonia, la Independencia y la República; donde respira la historia y sobreviven fieles ejemplos de la arquitectura andaluza de los siglos XVII y XVIII, y se sintieron irrevocablemente atrapados.

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Un tiempo después, Gregorio golpeó una a una las puertas de la calle principal del barrio de El Retiro, preguntando si esa casa estaba a la venta. Hasta que le respondieron que sí. Desde entonces llega con frecuencia a la antigua ciudad.

Un día del 2017, caminando con Cristina por las viejas calles, pasaron al frente del edificio abandonado donde funcionó el Teatro Unión. Arquitectos, habían pensado que era un lugar valioso y digno de ser conservado. Encontraron algo nuevo: un burdo letrero, casi un grafiti: “Se vende”. Asombrados e indignados ante la probabilidad inminente de una demolición y el reemplazo de la joya arquitectónica por cualquier torpe edificio, examinaron las posibilidades de salvarla. Encontraron una, nada simple: comprarla.

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Tras un año de negociaciones, el Teatro Unión era suyo. Entrar en él fue una experiencia escalofriante y retadora: una pléyade de incómodos habitantes había convertido la ruina en su dulce hogar: desde hormigas, arañas, cucarachas y lagartijas hasta zarigüeyas, murciélagos y alacranes. Y un cúmulo de basura, desperdicios y, sencillamente, mugre invadía la totalidad del espacio. Fueron necesarios dos meses para sanear aquella vasta pocilga. Y después, a lo largo de cinco años: refuerzo estructural (cuyo costo acabó con todo lo presupuestado para la restauración), nuevo techo o cubierta (1.000 metros cuadrados), instalaciones de agua y luz, limpieza de paredes, reemplazo de paneles sonoros, desmonte de 540 tristes sillas de madera, en buena parte carcomida, etc., etc. Hasta el 1.° y 2 de julio de este año, cuando la sala restaurada, aunque todavía de manera incompleta, recibió a 600 espectadores que asistieron a Crimen y castigo. Total respuesta solidaria de la comunidad hondana. Gracias a la fuerza de todos, el Teatro Unión había resucitado.

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Debe señalarse que este acontecimiento coincidió con otro despliegue cultural: en los mismos días se celebró exitosamente la Segunda Feria del Libro. El turismo cultural se abre como el más promisorio horizonte para la Cartagenita del Interior.

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Pendiente

Aún quedan por terminar de restaurar e instalar 340 sillas de una donación que prefiere el anonimato (sillas contemporáneas y contra incendios); adecuar en el segundo piso dos espacios para talleres y exposiciones; instalar el café-bar del primer piso; restaurar la fachada; instalar los proyectores y que comiencen las funciones cinematográficas. Un año, más o menos.

Preguntado por qué Cristina y él preferían, en los tiempos de su majestad el dinero, de la sociedad digital y el uso enfermizo del tiempo libre en las redes sociales, emplear sus recursos en la restauración de un teatro y en impulsar la cultura, respondió, estrenando una sabia sonrisa de mecenas:

—Porque la inversión en cultura es la única que garantiza pérdidas.

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Por Leopoldo Pinzón

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