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Aquella Bogotá de mi infancia vibraba con tertulias y debates políticos. Pero también es cierto que por su aspecto físico más parecía un burgo medieval que una ciudad a las puertas del siglo XX. Pestes como la gripe y la tuberculosis la golpeaban a veces con más dureza que las propias guerras civiles de los políticos. En medio del lento progreso de un aburguesamiento del mercado local, incursionaron algunos comerciantes nacionales y migrantes con la fuerza de su creatividad y de su ética leseferista.
Animada por ese avance mercantil de un esbozo de ethos burgués y reacia al sino criollo de sólo criar hijos, mi madre había decidido montar un café y una fábrica artesanal de cerveza en el primer piso de la casa en la Calle Real, diagonal a la iglesia de San Francisco. El barrio tenía unas pocas calles pavimentadas pero aun así cuando salía a rondar por las callejuelas agitadas y estrechas, tenía que hacerlo con unos botines de cuero grueso que me ayudaban a evitar las cloacas callejeras y el riesgo de salpicarme con las inmundicias que por allí rodaban. Digamos que tuve la fortuna de nacer en la orilla de los niños con calzado porque la gran mayoría de los niños de mi ciudad vivían en la otra orilla, en la aldea de los descalzados.
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Casi a diario me daban las horas del atardecer jugando en la calle con mis vecinos y antes de entrar a cenar, nos escapábamos a comprar nuestro antojo preferido, que consistía en unas galletas con mermelada y unas panelitas en molde de rombo que preparaban con encantadora exquisitez las monjas del convento de Santa Clara. Para satisfacer el capricho íbamos acompañados del negro Orión, el ayudante de papá, que lo hacía feliz de ser convidado a una buena porción de colaciones mientras nos alumbraba con una lámpara de queroseno la ruta por la intimidante oscuridad de la Calle Real nocturna.
Por rumores que venía escuchando de algunos tertulios en el café Rosa Blanca, era inminente el estallido de la guerra, otra vez. El café de mamá estaba ubicado cerca a la calle de los relojeros, algunos de ellos suizos y otros franceses, que celebraban la iniciativa de la señora Heloisa de abrir un café con venta de cerveza artesanal en esa esquina. En la misma avenida se apostaban varios voceadores de periódicos y revistas que con su vibrato de garganta ponían a volar con el viento los principales titulares de los acontecimientos nacionales y mundiales. Recuerdo que la noticia mundial de esos días era la instauración de un protectorado francés en el norte de Vietnam después de derrotar a los chinos y vietnamitas en la batalla de Tonkin.
Los personas que por allí deambulaban lo hacían regateando frutas entre coloridos mercados campesinos y leyendo desde las vitrinas de las librerías las últimas novedades literarias. Esa calle de migrantes comerciantes, de librerías y de artesanos creativos le daba un particular atractivo de espíritu burgués, de entusiasmo comercial y de curiosidad cultural, que contrastaban con el silencio de los claustros y el consevadurismo de una sombra que asechaba silenciosa. Algunos caminaban con su libro o revista bajo el brazo y afinaban el oído para escuchar las noticias de última hora mientras decidían si valía la pena o no comprar alguno de los impresos matutinos o vespertinos.
Al desembocar en la esquina del café, los transeuntes quedaban atrapados por el olor del pan recién horneado y por la provocación de refrescarse con una cerveza. Entonces iban a dar a la salita tan amenamente decorada con sus cortinas de velo impecable y unos aromas provocativos de semillas de cafetos amalgamadas con el olor del pan francés fresco. Llegar a ese ambiente sosegado, donde las campanillas de la puerta te daban la bienvenida, con sus floreros de hortensias y geranios, sus sillas de mimbre vienés y las mesitas francesas, era una experiencia sublime que interrumpía provisionalmente el bullicio mundano y daba la sensación de entrar en una trinchera de la razón, la conversación y del pensamiento libre. Era usual por ejemplo ver sentado todas las mañanas y a veces hasta horas de la noche, al poeta Baldomero, escribiendo, anotando, subrayando periódicos y libros con un frenesí que me hacía pensar que algo importante iba a decir o algo grave iba a pasar. Quizás la guerra, la siguiente.
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Ese trajinado ritmo en una ciudad bucólica de no más de cien mil habitantes, sucedía en el barrio Catedral, donde vivían gran parte de los señoritos que frecuentaban el café y se deleitaban bebiendo cerveza. También integraban la clientela algunos artesanos pudientes del barrio las Nieves y los académicos, jóvenes burgueses e hijos de hacendados rentistas que asistían al Colegio Mayor o trabajaban en el Capitolio. Todos eran asiduos amantes de algunas de las recetas que en esos tiempos sólo mamá preparaba al público, como los muy apetecidos croissants horneados a fuego de leña. Era una receta de su abuela francesa que mamá nunca revelaría por temor a que el café perdiera su embrujo.
En medio de las animosidades partidistas y de la frecuente inestabilidad política provocada por tan enquistadas discordias, el hábito de la tertulia cosmopolita surgió como un desfogue de las élites intelectuales y logró sostenerse desde los tiempos independistas de Antonio Nariño y Manuel del Socorro Rodríguez, aunque su intensidad e influencia fluctuaban según la coyuntura. Literatos, poetas, abogados, filólogos, gramáticos, músicos acudían a esa antigua práctica de sociabilidad espontánea que se suscitaba en espacios públicos como el café de mamá. Aunque muchos de los intelectuales y políticos creían considerarse vanguardistas por sus lecturas clásicas y universales en medio del aislamiento de nuestras parroquias, al viajar a Europa se daban cuenta de que eran despreciados o simplemente asociados con culturas marginales que no tenían mayor peso en el concierto del pensamiento filosófico y político mundial.
Ese despertar a la conciencia de nuestra marginalidad como nación, provoca desafíos y tertulias sobre la necesidad de construir una identidad propia que nos definiera a partir de nuestras particularidades, más allá de una lengua o de una religión común con España. Muchos de los anhelos por construir una estética y unas artes auténticas, nacidas e inspiradas de las raíces y costumbres de nuestro territorio, van a surgir del encuentro informal y del compromiso nacionalista animado por estas tertulias. Era un nacionalismo fundamentado en la apropiación subjetiva y consciente de todo aquello material e inmaterial que integraba nuestro territorio y que debía identificarnos como pueblo alrededor de un contrato social sin distingos de linaje, origen o lengua. Era la utopía de un nacionalismo incluyente que asumía como natural el encuentro de la desemejanza y que celebraba el mestizaje como un sincretismo de culturas que daba origen a otra cosa. Y de verdad que en América éramos otra cosa.
Por supuesto era habitual que las tertulias y los debates se calentaran en tiempos de guerra. En esta oportunidad se agitaban los ánimos para protestar y reclamar por las crecientes medidas autoritarias contra las elecciones soberanas de los Estados por parte del Presidente Núñez, de quien se sabía había sido pupilo liberal del general Mosquera pero ahora resultaba siendo un conservador converso en el poder. Fueron esas acaloradas discusiones políticas entre artesanos, comerciantes y literatos vanguardistas las que comenzaron a darle prestigio de ágora política al café criollo de la señora Chapoul. Negocio que siempre soñó y que diseñó hasta el último detalle, desde su exótico piso ajedrezado hasta las elegantes paredes cubiertas con cedro ceilanés.
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En la calle los vientos de libertad y de protesta vaticinaban una larga tormenta social. A medida que avanzaban las medidas centralistas contra los poderes autónomos de los estados soberanos se levantaban voces de rebelión en las tierras santandereanas. Se estaba configurando una alianza hacendaria de intereses muy conservadores y mecanismos represivos alrededor de la moral regeneracionista del converso Núñez. El desconocer el triunfo de los liberales en el Estado de Santander y derrocarlos con un golpe militar, representaba una mutación de facto de la república federal hacia una centralización del poder total en la capital de la república.
La beligerancia de la oratoria que inundaba el café durante esos días denotaba la gravedad de la confrontación y el nivel de incertidumbre. Como lo sentenciara el general Herrera una de aquellas tardes, esa sería la década de la encrucijada republicana, escoger entre la ilustración liberal o el conservadurismo colonialista. La euforia de artistas y políticos liberales contrastaba con el riguroso mutismo de los gramáticos lingüistas que venían a saborear el aperitivo en medio de prolongadas confesiones litúrgicas con distinguidos prelados de las iglesias, conventos y colegios religiosos que pululaban en la ciudad. Esto a pesar de que la capital era una comarca azotada por el analfabetismo. Solo uno de cada cuatro niños de los barrios de las Nieves y San Vistorino aprendería a leer y escribir. Allí estaban los escolásticos, sentados muy enjutos sin un asomo de canto en sus miradas.
Pero fue precisamente en medio de esa introspección que los godos tuvieron el rigor para plasmar una utopía católica fundamentada en el orden y en una fuerza armada fuerte, además de azuzados por una jerarquía eclesiástica experta en controlar con el verbo y amedrentar con el infierno. Los políticos conservadores y sus consejeros espirituales tuvieron la disciplina para construir una texto constitucional gramaticalmente impecable y tautológicamente insuperable, con una lógica del poder fundamentado en el orden y como pilares la lengua y una religión de principios fundacionales excluyentes. Lograron demostrarle a los dispersos estadistas liberales cómo sí era posible construir una organización política y un régimen centralista sobre la base de una pesada tradición religiosa y una estructura agraria latifundista.
Desde muy niño, por sus gestos condescendientes adivinaba que esos hombres vestidos de oscuro y finos paños importados, negaban el mestizaje y lo distintos que éramos cuando nos encontrábamos en la calle. Parecían preferir un jardín católico para hombres blancos donde los otros excluidos obedecieran y sirvieran con sumisión y miedo. Los veía escribiendo con sus finas caligrafías una Constitución de un régimen basado en la autoridad y no en la igualdad. Asumir que algún día habría orden sin reconocer la integración de todos los habitantes y territorios resultaría ser un pecado original bastante insensato. Pero un clero altamente politizado quería recuperar el poder que había perdido con la Constitución de 1863. Aspiraban a recuperar el control total sobre la educación y a seguir influyendo de manera decisiva en las normas, costumbres y vida privada de la población. La alianza del clero político con el Partido Conservador acabaría por imponer como referente de conducta social y política la simbología católica presidida por el Sagrado Corazón, fuente divina de autoridad y legitimidad para imponer un ordenamiento constitucional cargado de privilegios para unos pocos y de exclusiones para la mayoría.
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Esto a pesar de que incluso en la capital todavía vivían algo más de 10,000 indios que habitaban sus chacras tal cual como las habían encontrado los conquistadores 400 años atrás, con los techos cónicos sobre sus bohíos circulares. Con frecuencia me alegraban al verlos pasar por la calle del café con sus elaboradas indumentarias y pieles curtidas, arriando sus mulas con un pesado cargamento que podía incluir desde gallinas y maderas hasta bultos de maíz y costales de carbón. Mis primeras experiencias de vida en el café, como imberbe mandadero de recados y de encargos para los tertulianos, me permitían escabullirme por la caótica vitalidad de las polvorientas calles de los artesanos y las exclusivas cuadras residenciales del barrio Catedral. Cuando cruzaba de un lado a otro sentía la sensación del anfibio intentando adaptarme a la realidad de dos mundos diametralmente opuestos, uno envanecido en un mar de opulencia y el otro sumido en la más terrenal y abyecta pobreza.
Aunque durante esos años previos a la guerra la mayoría de los estados vivían una época pre-industrial, ya empezaban a surgir las primeras empresas familiares de manufacturas básicas y del exterior llegaban importaciones de productos e invenciones que denotaban una rápida evolución de tecnologías industrializadas. La realidad del desarrollo industrial planteaba necesariamente una nueva relación del hombre con la naturaleza que no fuese mediada por la superstición sino por la razón y el ingenio. Esta era la literatura científica que exponían y analizaban varias de las revistas y publicaciones periódicas que leían muchos de los clientes del café. Distinto a los textos bíblicos de los gramáticos que estaban más dedicados a la imaginería constitucional de un cuerpo político sustentado en la estratificación conservadora de las relaciones sociales y económicas. Comenzaba a clarificarse esa bifurcación entre mentes laicas que pretendían articular la narrativa de una sociedad alrededor de la nueva relación entre el individuo y la ciencia, y un discurso pre-moderno que pretendía la preservación del statu-quo a partir de las tradiciones religiosas del catolicismo y las haciendas.
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Lo que estaba en juego en ese ambiente de inminente guerra era la opción por la consolidación constitucional de unos privilegios coloniales anacrónicos frente a unas fuerzas sociales telúricas que emergían de la revolución industrial y del crecimiento de multitudes proletarias y campesinas. Ya desde mediados del siglo, en medio de la configuración de un sistema político librecambista que impulsaba la circulación de ideas liberales y de mercados abiertos, se fueron propagando las llamadas sociedades democráticas. Estos espacios eran promovidos por los gremios de artesanos como una forma de propiciar escenarios públicos de debate político y donde para conocimiento de los analfabetos se leían en voz alta los más recientes textos de los utopistas y liberales venidos de Francia e Inglaterra. Fue la época de nuestra Ilustración y de una efervescencia literaria e intelectual sin par.
El estado de Santander se había caracterizado por ser un territorio donde prosperaba el activismo del gremio de los artesanos y una creciente burguesía exportadora, por lo que no demoraría en convertirse en bastión del pensamiento liberal y del radicalismo popular. Fue una región donde se impulsó la educación pública y laica, y tomaron fuerza los matrimonios civiles y en algunos casos optaron incluso por prácticas protestantes disidentes del catolicismo. Mientras que para los pensadores más jóvenes la búsqueda filosófica se fundaba en la nueva relación del ser con la materia transformada en tecnología, para los más románticos prevalecía aún un apego nostálgico por el orden jerárquico de la sociedad pastoril. Mientras los liberales y amigos del progreso técnico pensaban en exposiciones universales de nuevas tecnologías y en laboratorios de ciencia que desentrañaban la evolución de las especies, los conservadores insistían en la unidad e identidad territorial a través de la religión y la lengua, no de ferrocarriles o expediciones científicas.
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Para uno de los principales pensadores de la época y que habría de determinar el curso de la república por los próximos años, el lingüista Caro, la unanimidad moral del catolicismo y el rigorismo gramatical se imponían sobre la razón como los dos factores que garantizarían la unidad de un estado centralista. El intento frustrado de emancipación del individuo y de búsqueda del conocimiento a través de la experiencia y los sentidos por fuera del dogma y de los códigos impuestos por la moral religiosa va a significar una catástrofe para las aspiraciones de modernidad en el país. El rigor academicista de los lingüistas conservadores acabará imponiendo la noción de la sociedad como un rebaño de la doctrina religiosa. Enterrado quedará el intento por construir un relato liberal coherente fundamentado en los derechos y libertades del individuo como ciudadano, con capacidad para adaptarse a los vertiginosos cambios intelectuales y científicos que transformaban las sociedades de occidente en economías industriales, dejando atrás siglos de feudalismo.
El café de mamá no solo fue una idea creativa y un oficio maravilloso que ella había aprendido de sus ancestros franceses sino que era el natural resultado de una empatía entre una mujer libertaria y un contexto de creciente aburguesamiento de la urbe, donde desde mediados de siglo venía creciendo el mercado como espacio físico del comercio y quedaban atrás las costumbres de una economía básica de la subsistencia y del trueque. Comerciantes y embriones de una industria artesanal van configurando una nueva clase social con excedentes suficientes para educarse y cultivar una semilla de identidad cultural.
Con el triunfo militar del converso Núñez y los conservadores en la batalla de la Humareda en inmediaciones del río Magdalena, descollarían las élites regionales lideradas por los afamados intelectuales exponentes de la gramática hispanoamericana y de profundas convicciones católicas y reaccionarias. Los liberales radicales los llamaban satíricamente “los soldados póstumos de Felipe II”, quienes a pesar de provocar fuertes resistencias y críticas por parte de intelectuales y libre pensadores, terminarían por imponerse como el poder político y la corriente cultural hegemónica de finales del siglo XIX y de varias décadas del siglo XX.