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Imagínese usted tener catorce años y nunca haber salido de su casa, ni haber tenido contacto con alguien externo a su familia. Imagínese que todo lo que sabe del mundo lo aprendió a través de una colección casera de más de 5.000 películas. E imagínese que el encierro no ocurre en un contexto rural, bucólico, abierto, lejano del mundanal ruido, sino en un apartamento en el Lower East Side de Manhattan.
Los seis hermanos Angulo aprenden de su madre lo que se aprende en un colegio, y recrean las películas que ven usando vestuarios que ellos mismos hacen. Así pasan sus días. Durante años esa es la única válvula de escape y una manera de soslayar la soledad. Un día, uno de ellos decide escapar con una máscara de Michael Myers, para que su papá no lo reconozca. Poco a poco todos empiezan a salir y la dinámica de poder en la casa cambia.
La directora primeriza Crystal Moselle contó ayer que se los encontró en la calle –poco tiempo después de que se aventuraran a salir– así, de traje y en manada, como se ve en el afiche de la película. Le parecieron en extremo curiosos, se acercó a ellos y fue descubriendo su historia. Moselle se convirtió en la única persona en entrar a la casa de los Angulo e irrumpir su intimidad.
A través del documental, Moselle retrata a esta familia inverosímil, captando la emoción de los descubrimientos de los jóvenes, del asombro ante las cosas y ante la vida, sin eludir las cuestiones sombrías de abuso y reclusión. El padre, Óscar Angulo, se declara un anarquista y justifica así el encierro y su propio desempleo. Pero la autoridad del Estado de la que pretende huir y esconder a sus hijos la reproduce como un dictador en su hogar.
La lectura rápida y despistada de la sinopsis de la película no reveló de inmediato que se trataba de un documental. Pero cuando empezó la proyección, el formato fue revelando poco a poco que se trataba de una historia real. Y así algo en la percepción del filme cambia. Aunque la ficción nunca es ficción del todo y está enmarcada en un contexto al que la historia siempre alude, de manera ya sea directa o metafórica, que la historia de unos niños cuyo único contacto con el mundo sean las películas ni siquiera internet– no sea una metáfora de cómo el cine es una ventana a otras realidades parece imposible. Hay historias reales que parecen increíbles, y esta es una de ellas.
Cuando salen, los Angulo no pueden sino comparar el mundo real con las películas que han visto: “Esto es como tercera dimensión”; “Me siento como en el bosque de El señor de los anillos”, dicen. “Están descubriendo cómo las películas son y no son reales” al mismo tiempo, dice su madre.
El documental revela algo escalofriante: una vida, una visión de mundo formada a través de la tecnología, hoy es un mundo posible, aunque poco deseable.
Ayer los Angulo estuvieron en el estreno del documental. Es la primera vez que salen de Estados Unidos, sólo poco tiempo después de haber salido de su casa. Ahora trabajan haciendo sus propias películas y haciendo música con la ayuda de plataformas como VICE. Y ahora, irónicamente, después de una vida de anonimato, se han vuelto famosos.
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