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Tomás Eloy Martínez

El mundo  cultural se conmocionó con la muerte de uno de los escritores  más queridos de Argentina. Alma Guillermoprieto, amiga y colega mexicana, despide a uno de los creadores de la Fundación Nuevo Periodismo.

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Alma Guillermoprieto* / Especial para El Espectador
06 de febrero de 2010 - 10:00 p. m.
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No puedo decir que hayamos sido amigos íntimos. Más bien, fui la beneficiaria, una y otra vez, de su inagotable generosidad. Lo busqué hace muchos años en Buenos Aires, con ganas de conocer al autor de un libro que me había deslumbrado, La novela de Perón, y de inmediato tuve que agradecerle una invitación a cenar.

Llegué dispuesta a alabarlo y todavía no descifro cómo fue que logró invertir el orden de las cosas, de manera que la que escuchó mil halagos sobre sus textos fui yo. En su presencia gentil todo fluía; el vino, la conversación centelleante, el bienestar. Salí feliz, un poco borracha y convencida de haber dicho cosas inteligentísimas. Pero claro, en todo momento el de las frases ocurrentes, la cultura inabarcable y los aperçus fulminantes había sido él. Tiempo después recibí una llamada de un tal García Márquez invitándome a dar un taller en una fundación que estaba por nacer, dedicada al periodismo. Por supuesto, mi nombre le había llegado a través de Tomás Eloy, su co-conspirador del alma en esta y otras tantas aventuras.

Estoy segura de que nunca le di las gracias, o más bien, de que nunca supe agradecerle adecuadamente tamaño favor, pero Tomás Eloy era de los que no se acuerdan de los favores hechos ni cometen jamás la vulgaridad de cobrarlos. A lo largo de los años me siguieron llegando de tanto en tanto invitaciones a participar en este o aquel seminario prestigioso o a escribir para tal o cual medio de lujo. Pronto aprendí a adivinar el origen de la recomendación: era siempre Tomás Eloy.

Tratando ahora de llenar el vacío que deja su muerte con una vuelta a sus libros, comparto con miles de lectores el redescubrimiento agradecido de una Argentina que es la que es: eternamente en conflicto consigo misma, intensa y lúcida y poblada de espantos, obsesiva, brutal y pragmática, e idealista hasta la locura. La Argentina de Tomás Eloy Martínez es un país huérfano, que el escritor habitó como si fuera su propia piel —o mejor aún—, que en su obra maestra logró encarnar en un binomio inolvidable: el general Juan Perón y el brujo José López Rega, que fuera su mayordomo o secretario, y luego el fundador del primer terrorífico escuadrón argentino de la muerte, la “Triple A”.

La novela de Perón arranca con un Juan Perón enfermo de muertos y de muerte, y ya en poder del ‘secretario’ que le endilgó su tercera esposa, la ex bailarinceta de cabaret y futura presidenta de Argentina, Isabelita. El autor nos presenta a López Rega: “...en la primera ocasión de intimidad pedía seriamente que lo llamaran Daniel, ya que por ese nombre astral lo conocería el Señor cuando tronara el escarmiento del apocalipsis. Parecía un carnicero de barrio: era retacón y confianzudo. Se posaba como una mosca sobre todas las conversaciones, sin preocuparse en lo más mínimo por la tolerancia de la gente. En otros tiempos se había esforzado por caer simpático, pero ya no. Ahora se vanagloriaba de su antipatía”.

Haciendo milagros de ventriloquismo el novelista crea en la relación entre un viejo senil, omnipotente y zorro, y su criado todopoderoso, la alegoría definitiva de un país sumido en la abyección, la Argentina de los años 70:

“...un concierto de gárgaras, en el baño de arriba, profana la lectura. El General reconoce los estruendos con que López Rega anuncia sus aseos al filo de la medianoche. A cada gárgara le sucede un desgarro de mocos, y casi de inmediato, el redoble de pedos con que el secretario se alivia el estómago.

Su estómago, mi General, lo ha corregido López. Yo nada tengo que ver con eso. Son los vientos que se le cuelan a usted en la boca y usan después mi cuerpo para soltarse. ¿Cómo es posible?, le ha preguntado Perón. He tenido siempre una digestión perfecta. Pero el secretario insiste: las gárgaras sí son mías. Los otros ruidos me los transmite usted”.

Cito por último, para no escatimarles a los lectores el placer, las palabras finales del capítulo en el que el brujo López Rega intenta la trasmigración del alma de la fulgurante Evita —cuyo cadáver embalsamado permaneció en el altillo de la casa de Perón durante su largo exilio en España— al cuerpo de Isabelita, tan irremediablemente estúpida ella. Al final de una larga sesión nocturna de rezos y conjuros el brujo despierta con ansiedad a la adormecida Isabel:

“...Ella tendrá que responder tan sólo Que assim seja!, y se sabrá por fin si los dos espíritus son uno.

—¿Eva? —la llama López—. Ave, vaé a e, aev a, la morte è vita, Evita. ¿Ah?

Isabel se vuelve hacia él.

—¿Cómo dice, Daniel? Venga, hombre un momentito. Ayúdeme. No puedo encontrar por ninguna parte las chinelas rosas”.

En La novela de Perón somos los afortunados testigos del placer vengativo con que Tomás Eloy Martínez le echó sal a la herida de su odio/amor por Argentina, y del asombro agradecido del autor ante los personajes que le dieron material de trabajo para siempre.

Me asombra ahora no sólo cuán mal le supe agradecer a Tomás Eloy su eterna gentileza, sino cuán poco supe, o supimos, de él. Tuvo esposas e hijos bienamados y amorosos, vivió años enteros en el exilio, tuvo como afición apasionada fundar periódicos y orientar periodistas. “Nacido en Tucumán”, dicen por toda referencia personal sus notas biográficas, y con eso apenas logro construir un paisaje áspero y luminoso, de cielos tan azules que lastiman, y una presencia indígena en aquel piedemonte andino que, ahora que estudio la foto de sus libros, también asoma en su rostro. Es decir, no era porteño. Su malicia, la flecha envenenada de su prosa, sus tiempos lentos, su donaire, eran otra cosa. No bailaba tango. (Pero cuando alguien lo importunaba con la insistencia de que lo hiciera, apuntaba que su amigo Carlos Fuentes era el que lo bailaba espléndidamente).

Tenía, sin embargo, el pequeño ego que trata inútilmente de esconder todo escritor. Recuerdo con especial afecto un evento en Bogotá en el que nos tocó hablar a varios maestros de la Fundación Nuevo Periodismo, incluyéndolo a él. Fuimos desfilando sin pena ni gloria frente al micrófono, conforme la oscuridad del auditorio se llenaba de toses y murmullos, hasta que le tocó turno. Impecablemente trajeado y con postura de galán de cine, bordó ante un público hipnotizado una alabanza del periodismo tan lúcida, exaltada y bien armada que hasta me dieron ganas de ser periodista yo también. Cuando se sentó, todavía entre el estallido de aplausos, luchaba por guardarse una sonrisita de satisfacción. “¿Ves? —me murmuró al oído—. Hay que construir bien, nomás”. Ojalá todo fuera tan simple, querido Tomás. Ojalá no te hubieras ido.

Ezequiel, albacea de su padre

Ezequiel Martínez, nombrado por su padre albacea literario de su obra,  ha anunciado que presidirá una fundación cultural en memoria de Tomás Eloy Martínez.

Aquí, algunos apartes del discurso que le dedicó Ezequiel a su padre cuando recibió el año pasado el Premio Ñ a la Trayectoria Cultural .

“Cuando él regresó a la Argentina en 1984, después de un exilio que aprovechó para crear diarios y escribir crónicas inolvidables, yo acababa de terminar mis estudios de periodismo. Por esa época una revista me había encargado mi primera entrevista importante. Al terminar el borrador de esa nota, logré que le pegara un vistazo para que me diera su opinión. Imagínense mi desfachatez: él era un arquitecto del periodismo, y yo, apenas un aprendiz de carpintería... No fui su mejor alumno. Pasaron los años y él consolidó su trayectoria de escritor con títulos que ya son clásicos de la literatura argentina. No sé si él me leía, pero yo no le perdía la pista a cada libro que escribía, a cada artículo que publicaba... Con el tiempo descubrí por qué para él periodismo y literatura han sido siempre los afluentes de un mismo río, como si no hubiese otro modo de narrar y entender lo que somos, sino a través de esas verdades que sólo pueden enderezarse con la voz de la imaginación... Le debemos, todos, la lectura de páginas que hablan de nosotros, de nuestra historia, de ficciones verdaderas, del argentino más olvidado o del más idolatrado, de la ambición y el autoritarismo, de un país cargado de miserias y de esperanzas. Pocos, como él, han sabido interpretar con tanta precisión las claves y mudanzas de nuestra identidad”

*Periodista mexicana que ha trabajado con ‘The Guardian’, el ‘Washington Post’, ‘Newsweek’. Desde 1989 escribe sobre América Latina para ‘The New Yorker’ y ‘The New York Review of Books’. A petición de Tomás Eloy Martínez y Gabriel García Márquez, dictó el primer taller de la FNPI y desde entonces dicta el primer taller del año de la Fundación. Considera que este es su mayor honor.

Por Alma Guillermoprieto* / Especial para El Espectador

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