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Tomás González: “Para qué escribir, si el mundo se va a acabar”

En este artículo, el autor colombiano Tomás González reflexionó sobre las pulsiones que llevan a la escritura.

Tomás González / Especial para EL ESPECTADOR

01 de mayo de 2026 - 08:55 a. m.
Tomás González recibió el Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas en 2025, un galardón otorgado por el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio de Chile.
Foto: Archivo Particular
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La pregunta de por qué y para qué escribimos se puede responder de tantas maneras, todas válidas, que por esa misma razón resulta mucho más difícil de contestar que aquellas con aproximadamente una sola respuesta, por ejemplo “catorce con cincuenta” o “en el atrio de la iglesia de Chía” o “a la salida de Cali como para el aeropuerto”.

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Cada escritor tiene su respuesta.

Siempre he disfrutado con las frases de García Márquez y más todavía con aquellas que dicen que había dicho. “Yo no sé a qué horas pasó todo”, dicen que decía sobre la vejez. Y “escribo para que mis amigos me quieran más”, decía sobre nuestro tema, con sencillez y veracidad, como un niño.

Eso por un lado. Por el otro está el asunto de la fama. Para Orwell la búsqueda de la fama es uno de los grandes impulsores del proceso de escritura. Y parecería que los hechos le dieran la razón. Son muchos más los autores que se miran al pasar frente las vitrinas –algunos se sonríen– que los que se abstienen. El ego de los escritores es casi tan legendario como el de los neurocirujanos.

Creo, entonces, que en esto de la vanidad Orwell tenía y no tenía razón. Aunque Walt Whitman, para poner sólo ese ejemplo, era un maestro de la autopromoción y de la infatigable búsqueda del reconocimiento, es poco probable que, de regreso de una de sus caminatas hubiera pensado de pronto “¡ahora sí van a saber quién soy yo!”, agarrara entonces impulso, escribiera Hojas de hierba, y acto seguido dijera: “¿A ver, señores? ¿Cómo les quedó el ojo?”.

La verdad es que a nadie se le ocurren los temas grandes, las grandes ideas, gracias a la ambición de fama. ¿Whitman quería volverse mundialmente famoso y escribió Hojas de hierba? No.

Pienso, entonces, que la búsqueda del reconocimiento hace parte del proceso y ayuda, pero esa sola razón no alcanza a explicar por qué alguien en su sano juicio se sienta voluntariamente en una mesa con papel y lápiz a trazar garabatos y a padecer como un condenado durante años y largas horas diarias. No siempre es así, por supuesto, no todo es sufrimiento: están los trechos de los venteados avances triunfales y los instantes eufóricos de los logros, que vienen acompañados de frases como “¡esta jodida historia ya la logré!” o “¡así sí es, así sí es!”, y otras.

Eso en lo que tiene que ver con la fama. Lo otro importante, aunque se menciona mucho menos, es aquello de la plata. La plata es algo muy difícil de cuadrar, para los escritores y para la humanidad entera. En el caso de los escritores, se me ocurre que lo mejor es resolverlo, pero sin excesos, es decir, sin llegar nunca al punto en que cuadrar lo de la plata se vuelva un fin en sí mismo, el principal. La escritura, de hecho, quedaría relegada. Si damos rienda suelta a la preocupación por la plata vamos por mal camino, sin duda, pero, así no se la demos, no deja de ser una inquietud constante, en especial durante los primeros años, por lo de la subsistencia y por lo de la codicia. Durante esos años, cuando yo oía de novelas de apenas mediana calidad que vendían cincuenta millones de ejemplares, la inquietud disminuía. “Sólo novelas malas alcanzan semejantes ventas”, me decía, pero me estaba mintiendo, claro. Lo cierto es que las ventas nada tienen que ver con la calidad. Muchas novelas muy buenas, tanto comerciales como no comerciales, han vendido millones de ejemplares; otras novelas muy buenas han vendido dos mil o menos; otras se quedaron engavetadas a pesar de ser obras maestras, y abundan, por supuesto, las novelas que no son buenas y han vendido muy pocos ejemplares. Lo cual quiere decir que en esto de la plata y la escritura ocurre lo mismo que con la plata sola: no significa nada. ¿Quién era más rico, Alejandro Magno o Diógenes? Respuesta: los dos. Diógenes no perdió su alma en el proceso de apoderarse a su manera del mundo, y Alejandro Magno tampoco, aunque personalmente prefiero la manera de Diógenes. La plata es aquí irrelevante, en todo caso. Y quien decida sentarse a escribir con la ilusión, así sea inconsciente, de hacerse rico tendría más probabilidades poniendo un bar, emprendimiento en el que nadie, a no ser que sea demasiado de malas o le guste beber, ha fracasado nunca.

Hay quienes escriben para descubrir lo que se esconde detrás de la apariencia de las cosas, manteniendo siempre la mirada curiosa de los niños. Cortázar, Fernando González. De Conrad se dice que, habiendo sido marino, sentía la necesidad de registrar la lucha del hombre contra fuerzas que no puede controlar (el mar, la soledad, la locura). Escribía, pues, para demostrar que, aunque el hombre sea derrotado por el destino, su resistencia es lo que le otorga dignidad. Y Faulkner dijo en alguna entrevista “escribo para librarme de un sueño que me angustia”, y en otra dijo que lo hacía “por amor y por dinero”.

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Y así. Que escribo por esto, que escribo por aquello. Que la lucha con el lenguaje, que dar testimonio del destino, que para conectar al lector con la solidaridad que une a toda la humanidad, que para lograr una comprensión profunda de la condición humana, que para aliviar una inquietud y deshacerse de un tema, que para sobrevivir al caos, que para completar lo que la realidad deja a medias, que para ganarle tiempo a la muerte, que para sacudirse, que para dejar una huella y así inmortalizarse, que para despertar, que para explorar los rincones más oscuros y burocráticos del alma humana.

Todas ellas son razones válidas y nosotros como escritores tendríamos que apuntarle a todas sin excepción.

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Llegamos de esta forma a mi caso. Y me veo en el escritorio, apabullado por algún tema al que no logro encontrarle el lado, agobiado por algún ovillo de tiempo que no se deja desenvolver con naturalidad o un paisaje que no se deja plasmar. “Uno le atiza al tema y el tema le atiza a uno”, decía García Márquez, precisamente, con su acostumbrada exactitud. En todo caso, en los momentos en los que el tema me atiza me olvido de todo lo que han dicho los escritores y me ocupo sólo (y solo) de sobrevivir. Hacerle a un escritor en medio de la crisis preguntas cuya respuesta implique hablar de la condición humana sería como preguntarle a algún nadador acalambrado que si en general se siente más cómodo en el estilo crawl o en el mariposa. Entre las páginas cuarenta y ochenta, que es para mí el trecho peor, sin duda, en novelas de ciento cincuenta o doscientas, me han llegado “pálidas” o agotamientos súbitos como sufren los nadadores que menciono y también muchos ciclistas que suben sudando frío entre la neblina hacia los premios de montaña. Es morirse en vida. Se baja uno de la bicicleta y se sienta en el borde de la carretera a vomitar Gatorade del puro agotamiento y a mirar con tristeza las montañas. En esas condiciones a la persona le importa un bledo lo que la realidad deje a medias, o que los amigos lo quieran, y piensa más bien no en ganarle tiempo a la muerte sino en perderle, a ver si llega rápido.

No siempre es así, por supuesto. Hay tramos en los que las palabras avanzan como una ventisca. La diferencia entre un estado y el otro es parecida a la diferencia entre los pasajeros de un tren varado, aguantando calor cerca de La Dorada, y los del mismo tren a toda marcha por las sabanas del Cesar. (Aquí habría que esperar a que reconstruyéramos el sistema férreo, para que los más jóvenes entendieran de lo que estoy hablando).

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Mi vivencia de la escritura me ha llevado a concluir que nadie sabe en realidad por qué y para qué escribe. Lo único que el escritor sabe con absoluta certeza, diga lo que diga, es que lo está haciendo en este mismo momento y va a seguir haciéndolo en muchos otros momentos, terco como una mula, hasta que un día pase lo que tiene que pasar.

Por Tomás González / Especial para EL ESPECTADOR

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