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La película “El último samurái”, el relato de un escuadrón de guerreros tradicionales que, armados con espadas y asesorados por un ex militar estadounidense se enfrentan a la masiva artillería de un ejército estilo occidental, se debería mostrar en las escuelas como ejemplo de cómo la historia se puede tergiversar. (Recomendamos más columnas de Gonzalo Robledo sobre Japón).
Su guion se basa en dos biografías reales: la de un samurái heroico que traicionó a su gobierno a mediados del siglo XIX y la de un especialista francés en armas de fuego que, después de combatir en México y ser condecorado, fue enviado por Napoleón III para modernizar las tropas niponas.
Como los acontecimientos y su orden en el tiempo no se acomodaban al gusto narrativo norteamericano (el filtro obligado de todo producto hecho en Hollywood), los guionistas manipularon la historia.
Al principal personaje japonés, Saigo Takamori, le cambiaron el nombre y lo volvieron un radical enemigo de la tecnología, pese a que el célebre samurái, recordado hoy con una estatua de bronce en el parque de Ueno en Tokio, no tenía fama de ludita, pues nunca rompió de forma deliberada ninguna máquina. Su arsenal incluía morteros, cañones y rifles de segunda mano que habían sido disparados en la Guerra de Secesión de Estados Unidos.
La nacionalidad francesa del protagonista extranjero, el capitán Jules Brunet, fue suprimida para poder presentar a Tom Cruise como un soldado americano que bebe para olvidar sus masacres de indios y que aprende artes marciales con la soltura de un asiático alimentado con una dieta rica en ácidos grasos omega-3.
Aunque en Occidente la recepción fue cálida, “El último samurái” fue vapuleada por ambientar con quisquillosa autenticidad la improbable historia de un pistolero blanco que viaja al archipiélago japonés a impedir la extinción de la cultura samurái. En Japón, donde la exageración y las tramas fantásticas son habituales en el teatro kabuki, la obra estuvo a punto de recaudar los US$140 millones que costó su producción.
La película también invitaba a reflexionar sobre cómo la licencia poética equipara a los guionistas de ficción con historiadores que falsean la memoria de un país con objetivos políticos, e incluso con aquellos académicos que investigan períodos distantes y mal documentados, y publican conclusiones imposibles de verificar.
Takamori, que se casó tres veces, intentó suicidarse arrojándose al mar abrazado a su mejor amigo, provocando una escena que algunos estudiosos de la cultura samurái consideran claramente homosexual.
Cuando veo su estatua en Ueno, pienso en los tiempos inclusivos que corren y me pregunto cuándo veremos una nueva versión cinematográfica de su biografía en la que Tom Cruise, tal vez citando su avanzada edad, pedirá excusas para no participar.
* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.