Fuego, fuego, fuego, la candela viva / Que allá viene la candela / Que allá viene por el higuerón / Que yo vi que me llevara / Que yo vi que me lloraban
A la pequeña Sonia poco le gustaba estudiar y su madre, doña Livia Vides Mancera, lo tenía muy claro. Por eso, más de una vez le llamó la atención esperando que estuviera más pendiente de las clases que le daban los profesores en los diferentes lugares en que la familia Bazanta Vides había estado, que no habían sido pocos. Sin embargo, no podía evitar disfrutar al ver que su pequeña hija, a quien desde la cuna le decían “Totó”, era feliz participando en las comparsas y los bazares que se organizaban en el colegio, y en los que inevitablemente era protagonista, por lo que resultaba haciéndole el vestuario y dándole consejos de cómo bailar para terminar actuando como la coreógrafa, no acreditada, de todo el grupo de niños que se iba armando. (Recomenamos: perfil del fallecido acordeonero Egidio Cuadrado, escrito pot Petrit Baquero).
Total, no era gratuito que la inquieta “Totó” tuviera esas inclinaciones, pues provenía de un hogar en el que las artes, sobre todo de cierto sector de la costa Caribe colombiana cercano a la parte baja del río grande de la Magdalena, se habían disfrutado, gozado, promovido, cultivado e investigado. Además, siempre había estado abierta a las expresiones de otros lugares de Colombia, pues los Bazanta Vides se instalaron, en diferentes momentos de su periplo por el mundo, en Barrancabermeja, Villavicencio y Bogotá, donde se convirtieron en promotores e impulsores del denominado folclor costeño, pero mucho más que eso, pues se trataba de verdaderos innovadores que, sin negar el respeto y reconocimiento por las tradiciones, siempre tuvieron una vena creativa que les llevó a proponer nuevas cosas, muchas tremendamente interesantes.
Es que Sonia había visto y, por supuesto, escuchado, desde muy pequeña, a legendarias cantadoras y poderosos tamboreros y percusionistas que en lugares como Talaigua Nuevo y Mompox tocaban chandés, cumbias y chalupas que hacían feliz a la concurrencia que llegaba de las muchas poblaciones cercanas. Y era lo mismo que había hecho su madre Livia y, seguramente, algo parecido a lo que había hecho su abuela, como también le había ocurrido a Daniel, el padre de Sonia, quien, hijo de un reconocido clarinetista, se convirtió a la vez en un cultor de la música que les legó a sus descendientes con entusiasmo y compromiso, así las realidades cotidianas significaran también grandes dificultades. Se trataba entonces de una familia que protegía su poderosa cultura que, sin negar los fuertes conflictos sociales y políticos que han aquejado al país en distintos momentos, se fue consolidando a través del mestizaje, las resistencias culturales, el sincretismo y las distintas manifestaciones que, venidas de muchos lugares, se interrelacionaban para crear algo nuevo que se convertiría con el tiempo en tradición y vanguardia al mismo tiempo, y así sucesivamente.
Por todo esto, Sonia, quien muy pronto dejó en evidencia una voz poderosa, fuerte y muy melódica, supo que tenía como misión algo que también hacía por puro gozo: defender una cultura para dejar un legado que se conociera primero en el país y luego en el resto del mundo, con música, baile, vestimentas y expresiones de un sector de Colombia, un país que, en ese camino de comprender que su ascendencia es compleja, diversa y heterogénea, finamente asumió con orgullo —así algunos pretendan todavía negarlo, porque eso también es muy político— que es negro, indio, blanco, campesino, urbano, raizal y popular. Fue en ese periplo que, en un programa de la muy reciente televisión colombiana, y con el influjo de Livia, la muy joven Sonia Bazanta (un nombre, por cierto, hermoso y tremendamente sonoro) sería conocida por el público en general como “Totó la Momposina”. Y vaya que la conocieron.
El llamado de la cumbia
Yo me llamo cumbia, yo soy la reina por donde voy / No hay una cadera que se esté quieta donde yo estoy / Mi piel es morena como los cueros de mi tambor / Y mis hombros son un par de maracas que besa el sol
La cumbia nació a comienzos del siglo XIX, e incluso antes. Surgió entre las poblaciones mestizas de fuerte ascendencia afro e indígena en las zonas aledañas al bajo Magdalena y con el tiempo, con su polirritmia, sus poderosos tambores, sus gaitas, sus flautas de millo, sus cantadores y cantadoras, y sus bailes se fue regando por todas partes, primero por la costa Caribe colombiana con sus muchos estilos, distintas temáticas y diferentes formas de interpretarse, y luego por todo el país convirtiéndose en el ritmo que identificaba a una nación que pasaba de verse a sí misma (muchas veces pretenciosamente) como andina y blanca, y empezaba a mirarse como Caribe, ecléctica, mestiza, afro y más diversa en un proceso que continúa avanzando con no pocas tensiones, que no cesan.
Con el tiempo, la cumbia fue transformándose, en ocasiones se sofisticó y a la vez empezó a ser apropiada por la industria discográfica y de radiodifusión, llegando a adquirir estilos ligados a las grandes orquestas del mundo, pero también se simplificó para que oídos y cuerpos menos acostumbrados a estas sonoridades la pudieran disfrutar y, por supuesto, bailar, mezclándose también con ritmos y estilos similares, pero diferentes, como los del porro, los paseos e incluso las rumbas criollas, además con formatos más sencillos y formas de interpretar más básicas dándose el periplo de la cumbia —y el porro— a lo que, no sin desdén, se denominó chucu chucu. En ese largo camino ha habido cumbia con acordeón, cumbia jazz, cumbia big-band, cumbia rock, cumbia andina, electrocumbia, cumbia salsa, chucu chucu, cumbia vallenato, cumbia hip-hop, cumbia reggaetón y muchas cosas más.
Pero también, ya desde hace décadas, la cumbia se regó por todo el continente, convirtiéndose en el ritmo y estilo musical que identifica a toda la América mestiza, esa que va desde las poblaciones de origen latinoamericano en Estados Unidos hasta el sur del continente. Por eso, hay cumbia, ya con mucha tradición, en Perú, Argentina, Ecuador, Bolivia, Chile, El Salvador, Guatemala, México, Uruguay, Paraguay y, por supuesto, en Panamá (que tiene una cumbia muy propia y original, no en vano en algún momento también era Colombia) y Venezuela (que, caribeña también, supo interpretar de gran manera la tradición colombiana en una relación de ida y vuelta que no se acaba, y más bien se incrementa).
En muchos casos, la cumbia se asumió en América Latina como un sonido de resistencia para las poblaciones de origen popular, las cuales han visto en su estilo una forma de expresión que trasciende las generaciones y choca con las concepciones que otros sectores, sustentados subjetivamente en pretensiones de “distinción” y “buen gusto”, promueven sociedades jerárquicas no sin pocas dosis de racismo, xenofobia y violencia. Y es que, de hecho, la simplificación de la cumbia en otros países de Latinoamérica ha permitido que pueda ser interpretada con facilidad por muchos y que la otrora complejidad rítmica diera paso al mucho más sencillo golpe de la guacharaca (o “raspa”) que se fue popularizando por todas partes. Por eso, eso que llaman cumbia en otros países a los colombianos no nos suena a cumbia o, más bien, nos parece una degeneración de la misma que, a pesar de esto, es una fuerza poderosa que más que cualquier otro ritmo hermana a gran parte del continente, y eso no es cualquier cosa.
En ese camino, ha habido grandiosos intérpretes de muchos lugares y varias épocas. Su impronta se ve reflejada en músicas que se convirtieron en clásicos para todo un país y, más allá, un subcontinente y su inmensa diáspora. Entre todas estas grandes figuras, muchas reconocidas masivamente, otras veneradas entre los conocedores y cultores, y no pocas desconocidas a pesar de su gran importancia, surgió desde muy joven, en los años cincuenta, una joven cantadora que, recogiendo la inmensa tradición que había visto en muchos lugares, pero también en las más connotadas intérpretes del mundo, salió a la palestra Sonia Bazanta Vides, la gran Totó la Momposina, quien hizo de la cumbia su impronta mayor, recordándole a muchos que esta música es nuestra, pues nos ubica geográfica y espiritualmente en un lugar, y, sobre todo, nos enseña que, a pesar de las tensiones y los conflictos que no paran, somos una poderosa comunidad imaginada.
De Talaigua para el mundo
El pescador / habla con la luna / habla con la playa / no tiene fortuna, solo su atarraya
Sonia Bazanta Vides, quien sería conocida como Totó la Momposina, nació el 1 de agosto de 1940 en Talaigua Nuevo, un antiguo corregimiento de Mompox que con los años se convertiría en municipio. Si bien, como cuenta Patricia Iriarte en su libro Totó, nuestra diva descalza**, hay testimonios que indican que la artista nació realmente en Barrancabermeja, donde vivieron sus padres y donde, efectivamente, fue bautizada, su pertenencia a (y su nacimiento en) Talaigua fue siempre revindicada por ella y, por supuesto, la población que conoce toda su tradición familiar como guardiana de la cultura de la región.
Como bien se ha mencionado, la familia Bazanta Vides vivió en varios lugares de Colombia, algunos lejos de su lugar de origen, pues de Barrancabermeja, un puerto petrolero sobre el río Magdalena y realmente no muy lejos de Mompox, pasaron a vivir a Villavicencio, una población piedemontuna que recibía gente de todas partes y que, si bien era —y es— vista como la “puerta del Llano” desde Bogotá, es, para los que están al otro lado, la puerta de los Andes (y sobre la “llanerización” de Villavicencio valdrá la pena hablar en otra ocasión).
En todos esos lugares, la muy joven Totó, mestiza, morena, con ojos rasgados y pelo ondulado, se supo adaptar a las dinámicas que le entregaba su existencia, eso sí, siempre teniendo presentes las tradiciones culturales de su lugar de origen, las cuales toda su familia promovía con convicción férrea y, por supuesto, mucho amor. Pero Colombia es Colombia y las realidades de un conflicto armado que no termina y tiene orígenes que se van perdiendo en la bruma de la historia marcan, sin duda, la vida, los sueños y caminos de sus habitantes, por lo que, luego del asesinato del caudillo Jorge Eliecer Gaitán en 1948, la situación en Villavo se puso tensa, los asesinatos partidistas fueron constantes y el negocio familiar, de fabricación de botas para los obreros petroleros, terminó en el piso; por lo que, Totó y su familia salieron de ahí para irse a vivir en diferentes barrios de Bogotá, contando con la ayuda de algunos de los amigos que ya estaban en la ciudad.
A pesar de la dura situación y el fuerte impacto que genera para una familia caribeña llegar a la fría capital en la que, según cuentan muchos de los que arribaban de la provincia (por ejemplo, mi mamá), lloviznaba todo el día y la gente se vestía siempre de negro, fue allí donde Livia, la matriarca, desarrolló gran parte de su carrera artística, pues un día decidió que traería de Talaigua tambores, un millero y un gaitero para que sus hijos no olvidaran de dónde venían. Con esto, su vivienda se fue convirtiendo en un epicentro de los costeños del Caribe y el Pacífico que, por diferentes razones, moraban en Bogotá, como algunos que, con el tiempo, se convertirían en figuras legendarias de la música en Colombia, muchas veces más venerados por fuera que en su propio país, como Manuel y Delia Zapata Olivella; Pedro “Ramaya” Beltrán (ese fue el millero que Livia trajo de Talaigua), Paulino Salgado “Batata”, Esteban Cabezas y Leonor González Mina, quien poco tiempo después sería conocida como “La Negra Grande de Colombia”. De ahí en adelante, ese lugar sería, no sin pocas polémicas con los vecinos, un sitio de encuentro, un espacio de tertulia y fiesta, y una verdadera escuela para el que quisiera conocer y, por supuesto, no olvidar toda la tradición —musical, dancística, culinaria, literaria y hasta verbal— del Caribe, las zonas ribereñas del río Magdalena y, sobre todo, el mestizaje colombiano.
En ese proceso, surgirían, en compañía de Esteban Cabezas, Álvaro García y Víctor Maussa, el grupo “Danzas del Caribe”, con apariciones constantes en programas de la naciente televisión y las primeras interpretaciones de Totó cantando ante un público que no la conocía, lo que la llevó, incluso, a participar en el concurso de canto “La Orquídea de Plata” que perdió por no ser, según los jurados, “suficientemente comercial”. Esto haría que, de todas formas, Totó y su familia se relacionaran con sectores de la burguesía intelectual y la élite académica bogotana que, con mucha curiosidad frente al folclor, se involucraron, muchas veces desde las universidades, con las expresiones culturales que, venidas desde lo que todavía se sentía como muy lejano, estaban cambiando las dinámicas y formas de vida y pensamiento — y sentimiento— de una ciudad, como Bogotá, que recibía todos los días a cientos de personas de todas partes que esperaban cumplir sus sueños o, al menos, vivir un poco mejor.
Esto deja ver que el hogar en el que nació, se crio y desarrolló la artista en ciernes, la enriqueció en gran medida, pues, además de su talento natural, siempre tuvo plena conciencia de su propósito de llevar las expresiones folclóricas del Caribe colombiano a todos los confines de la tierra, pero no como piezas de museo estáticas, sino como lienzos para seguir creando, desarrollando perspectivas y potenciando a los artistas que, como ella y sus acompañantes, ampliaban las miradas sobre lo que hemos sido, lo que somos ahora y, por supuesto, lo que queremos ser. En ese sentido, lo instintivo y lo racional se entrelazaron para crear algo nuevo, sin olvidar los patrones tradicionales existentes, que siempre se respetaron, pero sin tenerle miedo a aventurarse en otras miradas de la realidad.
De ahí en adelante seguiría la profesionalización de la actividad de Totó, lo que se consolidó con más viajes, como su periplo por Araracuara en plena selva amazónica, las estancias en París y Londres, y el regreso a las poblaciones de la costa Caribe para encontrarse con creadores e intérpretes de las tradiciones musicales de las cuales ella se convirtió en recopiladora y difusora. En ese proceso, Totó se casó con Hernando Oyaga, un renombrado médico militante del Partido Comunista; fue parte de la delegación que viajó en 1982 a Estocolmo para acompañar a Gabriel García Márquez a recibir el Premio Nobel de Literatura, se convirtió en pareja de Javier Burgos, otro médico de renombre con quien, según cuenta Patricia Iriarte, no se entendió del todo bien, y grabó un primer álbum (Totó la Momposina y sus Tambores, de 1984) en Europa que tuvo poca difusión y escasa distribución.
Si bien Totó ya era reconocida por muchos de los cultores del folclor colombiano y no pocos gestores culturales que la valoraban como una artista excelsa, no tenía aún la fama de Estefanía Caicedo, Irene Martínez y Emilia Herrera que sacaban éxitos radiales y llenaban las casetas de los pueblos y los coliseos del Carnaval de Barranquilla, o de la misma Leonor González Mina, tan famosa desde finales de los años sesenta en todo el país. Sin embargo, todo cambiaría con un encuentro que deja ver que ella no era profeta en su tierra y que, en territorios con mentalidad aún colonizada, solo se valora al local cuando lo reconocen en otros lares, y sobre eso vale la pena contar un par de cosas.
La candela que se avivó con fuerza
Aguacero e´ mayo déjalo caer / Bonita tu casa e’ palma / Bonita tu varazón / Bonita la que está adentro que me parte el corazón
En los años ochenta del siglo XX, en pleno apogeo de la industria discográfica, se acuñó el término “world music” para ubicar comercialmente a las expresiones musicales surgidas en contextos alejados de los centros de poder económico y político, es decir, a la música que provenía del anteriormente denominado “tercer mundo” que, en un escenario de desarrollo de la etnomusicología, la antropología cultural, la sociología y otras disciplinas, representó un campo fértil de estudio, descubrimiento (y la palabra tiene toda la carga que ustedes le quieran poner) y visibilización de expresiones poco conocidas en determinados escenarios para ser consumidas ávidamente por “occidente”. Son tiempos en que, en un contexto de fuertes tensiones y conflictos en todo el mundo (¿cuándo no?), algunos artistas blancos muy poderosos provenientes del rock y el pop anglo establecieron relaciones con músicos de otros escenarios y grabaron varias colaboraciones, seguidas de conciertos en escenarios multitudinarios en los que se clamaba por la paz mundial, el fin del apartheid en Suráfrica y el respaldo a los derechos humanos, entre otras cosas. Pero algunos de estos reconocidos artistas fueron más allá y decidieron crear sellos discográficos para dar a conocer a los oídos principalmente blancos y burgueses que los seguían a numerosos artistas del también denominado “sur global”, como fueron los casos en Estados Unidos de Luaka Bop de David Byrne y en Inglaterra de Real World de Peter Gabriel, entre otros.
Esa etiqueta “world music” (también denominada “música étnica”) no dejó de ser polémica, porque, ¿qué música no es del mundo? Sin embargo, fue bien promovida y publicitada haciendo salir a la palestra a artistas que sin ese calificativo se habrían quedado en muchos casos en sus lugares de origen o como parte de una diáspora limitada solamente a círculos muy pequeños.
Y por cosas de la vida, como lo fueron una llamada por ahí, un toque que vio alguien clave por otro lado u otras circunstancias, Totó la Momposina resultó grabando con su sexteto en los descrestantes estudios del sello discográfico Real World del antiguo líder de la banda de rock progresivo Genesis y en ese entonces solista pop Peter Gabriel. En un comienzo, dada la poca experiencia que se tenía, hubo algunas dificultades para conseguir lo que se quería, pero, con la ayuda de un joven ingeniero de sonido que se encontraba laborando parcialmente allí llamado Richard Blair, Totó y sus músicos entraron en confianza y pudieron grabar varias canciones que, unas con gran cantidad de público observando y otras en un contexto de mayor intimidad, fueron un batazo completo para la música en Colombia. Es que, de hecho, por esos mismos tiempos, recogiendo un largo proceso que, desde los años sesenta y tal vez antes, en medio de las distintas luchas y discusiones políticas, se habían abarcado nuevas miradas desde las universidades, los centros de investigación y otros espacios que tuvieron un fuerte auge con la promulgación de la Constitución Política de 1991, que definió a Colombia como multiétnico y pluricultural, y se autodescubría para promover, además orgullosamente, toda su diversidad artística.
Con el álbum La Candela Viva, de 1993, Totó pudo por fin consagrarse para llegar a niveles de reconocimiento internacional que nunca tuvieron sus antecesoras y colegas —y a veces rivales— como Emilia Herrera, Irene Martínez, Estefanía Caicedo (que buenas que eran) y, sobre todo Leonor González Mina, la famosísima “Negra Grande de Colombia”, con quien Totó tuvo una relación de cercanía, pero también rivalidad y, en no pocas ocasiones, fuertes tensiones. De esta manera, Totó se convirtió en una figura admirada y hasta venerada en los lugares de donde surgió toda esa música que ella grababa, reivindicaba y promovía, además sin tenerle miedo a las experimentaciones y modernizaciones, pues consideraba que el folclor no podía quedarse estático, sino que debía estar en continuo movimiento, así como lo son las personas, las culturas y las sociedades.
De ahí en adelante, Totó sería vista por muchos como la gran cantadora de Colombia, quien, de cierta manera, se puso al frente de una tradición y una expresión de la que formaban parte muchas personas que veían en ella a una representante que, además, subía el nivel con su gran capacidad interpretativa y los músicos de altísima calidad que la acompañaban, porque, de todas formas, su sonido se volvió mucho más “internacional” para llegarle a oídos de otras latitudes y contextos, como bien lo demandaban los parámetros comerciales de aquel entonces.
Esto fue acompañado de premios, reconocimientos y aplausos que le permitieron compartir con investigadores sociales, actores y directores de televisión y teatro; pintores, docentes universitarios y mucha socialbacanería (expresión que, valga decir, yo reivindico con creces). Y afortunadamente encontró un nicho que la acogió y promovió, ya que comprendía la estatura artística de su persona y proyecto musical, con casas discográficas, como MTM de Humberto Moreno, quien, en esos tiempos bacanos en que un CD se esperaba ansiosamente, la impulsó en Colombia para que continuara dando giras por muchos lugares del mundo con su música elegante, pulida y llena de calidad. Y al tiempo, actuaba con solidaridad y generosidad, siempre comprometida con el reconocimiento a sus músicos, muy pendiente de su familia, gran parte de la cual pasó por su agrupación, como una matriarca que seguía también la tradición de sus poderosas ancestras.
Sin embargo, el gran reconocimiento logrado le generó a Totó mayores presiones para mantener la excelencia, porque, además, en muchos casos, era más apreciada en sectores de la burguesía intelectual muchas veces afincada en Bogotá que en los espacios populares que consumían otras músicas, muchas veces “de moda”, y seguían a otros artistas, pues su público no fue necesariamente popular sino más ligado a la intelectualidad. Mejor dicho, ella no competía con Joe Arroyo, Diomedes Díaz, el Binomio de Oro, Lisandro Meza o Alfredo Gutiérrez, y tampoco su música fue éxito del Carnaval de Barranquilla o la Feria de Cali, sino que estaba en otra liga, más al estilo de figuras como Susana Baca, Soledad Bravo, Chabuca Granda, Mercedes Sosa o las grandes diosas de la canción brasilera.
En ese camino, después del éxito de La Candela Viva, presentó otras producciones discográficas, como Carmelina, de 1996, que continuó los parámetros de su primera grabación famosa, y, continuó con Pacantó, del 2000; La Bodega, de 2008; El Asunto, de 2014, que, con altísima calidad en las que dejaba ver su calidad para interpretar cumbias, porros, chalupas, paseos, merengues, sones, chandés y fandangos, propuso nuevas cosas que le llevaron, incluso, a grabar champetas (o, más bien, tumbaos champeteados en onda de soukus), porque no se quedaba atrás en asumir como propias las nuevas expresiones, mucho más urbanas, que se iban gestando y consolidando en la Colombia contemporánea. Igualmente, incorporó instrumentos de otros contextos, como el tiple andino que, muchas veces, puede sonar como un tres cubano o un cuatro puertorriqueño, y continuó avanzando, siempre con determinación, aunque también no pocas polémicas, pues el carácter perfeccionista de la artista no fue siempre del todo fácil, pues tenía terquedad, mantenía rivalidades que impulsaban su lado competitivo, era terca en sus propósitos y expresaba gran empecinamiento con cosas que, para algunos de sus seres queridos, no le beneficiaban.
De hecho, a pesar del reconocimiento en muchos lugares del mundo, las cosas no fueron del todo felices, pues su éxito no significó siempre una fuente inmensa de recursos económicos, lo que le llevó a meterse en grandes inversiones para grabar de la mejor manera sus álbumes, al punto incluso de vender su casa en el barrio Ciudad Jardín en el sur de Bogotá para pagar un disco. Finalmente, como bien cuenta el libro de Patricia Iriarte, Totó tuvo en los últimos años de su vida gran cercanía con un individuo al que llamaba su guía espiritual, el cual para algunos no era de su conveniencia, aunque para otros sí, cuestión que genera al menos unos cuantos interrogantes.
Y en ese camino continuó la vida de la artista, presentándose en diferentes lugares y concediendo entrevistas, hasta que el alzhéimer la fue alejando del mundo, lo cual se pudo ver en algunas de sus últimos conciertos en la que ya se veían los quebrantos de memoria de quien había sido hasta hacía poco tiempo una artista impecable.
El camino de quien fue lo que quiso ser
En mi corazón te llevo amasada en mi cerebro como cuero de tambor / En mi corazón te llevo amasada como notas de acordeón
En la tarde del martes 20 de mayo de 2026, nos enteramos del fallecimiento de Sonia Bazanta Vides, la gran Totó la Momposina, a los 85 años de edad. Al parecer, había muerto tres días atrás en Celaya (México), pero sus hijos esperaron a dar la noticia buscando seguramente organizar de la mejor manera las ceremonias de su despedida. Su partida es, sin duda, un fuerte golpe, sobre todo para los que ya llevamos cierto tiempo en este mundo, pues esta y otras tristes desapariciones nos hacen pensar que cada vez más nos estamos quedando solos en una realidad que, de pronto, un día vamos a dejar de conocer.
Totó la Momposina era —es— nuestra cantadora, creadora, bailadora, investigadora, formadora, profesora, estudiante, trabajadora, madre, abuela, amiga, viajera, suegra, recopiladora, difusora, migrante y muchas cosas más. Y digo todo esto —y que es nuestra— porque llevamos décadas viéndola y escuchándola, con su portentosa voz y el acompañamiento de notables músicos que, sin duda, nos hacen sentir orgullosos al provenir de sus mismas tierras. Es también, por supuesto, nuestra diva —y descalza, pues así cantaba en algunas de sus presentaciones—, ya que llevó su música a muchos lugares del mundo a lo largo de casi sesenta años, ganándose la admiración e incluso veneración de muchas personas que la reconocen, quieren, admiran y, en no pocos casos, imitan.
Se fue la gran Totó la Momposina, una artista maravillosa, una de las grandes voces de la música del Caribe, una figura desbordante de talento, una persona comprometida con la música que quería hacer, sin ceder a las presiones del mercado que le aconsejaban grabar otras cosas; una verdadera matriarca pendiente de todo su núcleo extendido y más allá de eso; la gran cantadora de Colombia y alguien muy grande que se consolidó como estampa ineludible cuando se quiera hablar de los nombres fundamentales de la música colombiana.
Es que, así se supiera de sus quebrantos de salud y de la inevitabilidad de la muerte, es lamentable su partida, porque no habrá otra como ella, con su talento, potencia, energía y, sobre todo, compromiso para hacernos creer que podemos vivir la vida que queremos o, al menos, intentarlo, pues ese camino, al menos, no dejará de valer mucho la pena. Eso sí, Totó nos dejó su candela y esa, afortunadamente, nunca desaparecerá.
*Petrit Baquero es historiador, politólogo, músico y melómano. Es autor de los libros El ABC de la Mafia (Planeta, 2012); La Nueva Guerra Verde (Planeta, 2017) y Las Guerras Esmeralderas en Colombia (Planeta, 2025).
**Varios datos de este artículo fueron tomados del libro Totó. Nuestra diva descalza (Cerec, 2004 y Ariel, 2022) de la investigadora Patricia Iriarte Diazgranados.