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Trazos sobre Obregón

Sobre Elkin Obregón Sanín, que durante su vida disfrutó de los saldos e infortunios de pensar y producir a raíz de reflexiones con tragos de aguardiente. Sus caricaturas se produjeron a partir de los dolores y las alegrías de conocer la condición humana.

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Mico
12 de abril de 2021 - 02:00 a. m.
Caricatura de Mico dedicada al caricaturista Elkin Obregón.
Caricatura de Mico dedicada al caricaturista Elkin Obregón.
Foto: Mico
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Escribo esta saudade mientras chupo sorbitos de aguardiente Antioqueño, tal como lo tomaba mi maestro Elkin Obregón Sanín, que lo saboreaba sin prisa, “raniando” con los amigos en el metederito Su Desayuno, al frente de su casa de Echeverry con Cuba, o en el zarzo de la misma casa, donde vivía emparedado entre libros y donde la pelona lo arreó hasta la cama de su querida mamá, Alicia.

La primera vez que vi a Obregón fue a la salida del periódico El Mundo, donde era el caricaturista estrella y donde yo también publicaba mis primeros monachos. En el periódico, recién fundado, le habían mostrado mis trazos bisoños y él recomendó que me sugirieran un curso de dibujo.

Y la última vez que lo vi fue en plena pandemia, cuando se animó a rayar y expuso algunos dibujos en la librería Palinuro, y los vendió todos, quizá porque eran hermosos y baratos. Allá estaba, con el tapaboca en el cogote, tomando sorbitos de aguardiente y echando carreta.

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Esa primera vez lo abordé y le dije que era estudiante de periodismo y que me gustaría entrevistarlo. Muy gentil me dio una cita en la oficina de su hermano del edificio Furatena, que en realidad era la fachada de una guarida de amigos para tomar trago, fumar de todo y hablar paja.

En medio de la entrevista le pregunté cómo le parecían las caricaturas de ese tal Mico (que era yo) y creo recordar que me dijo que no le chocaban, que no dibujaba bien pero que se le notaba una urgencia de expresarse. Después me reclamaba, riéndose, que esa noche le había hecho trampa.

Empecé a visitarlo y me relacionó con su círculo de amigos, que eran numerosos, casi todos artistas y escritores, y casi todos bohemios y recocheros. Las “raniadas”, como le gustaba llamar a las botadas de corriente, eran una sola “risaralda”, y ¡ay! del que hablara en serio: se ganaba su buen chiste.

Una vez me dijo: “Figúrate, Mico, que Fulano me habló bien de vos y tuve que sacarlo del error”. Y así era Obregón, nos gozaba en nuestra propia cara y, como todo sabio, se burlaba también de sí mismo, de sus pantalones, que se le caían por lo flacuchento: calzón sin gente.

Nos mostraba el cariño con burla: un fotógrafo muy amigo suyo actuó en un video representando al escritor Tomás Carrasquilla, pero el actor improvisado fue tomado solamente por detrás y sin parlamento. Y Obregón dijo que era tan mal actor que se sobreactuaba de espaldas.

Contaba sonriendo que cierta vez tuvo su momento glorioso cuando una estudiante le pidió un autógrafo y al recibirlo se quedó mirándolo radiante de candidez y le dijo: “¿Y por qué no pone su nombre, que es muy bonito, Alejandro?”.

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Por apoyarme se metió en la aventura de fundar conmigo y Eliseo Bernal un tabloide de humor llamado Lo-que-no-mata-engorda. Eliseo y yo éramos los encargados de recaudar la plata de la venta del periódico en los puestos callejeros, pero el Enemigo Malo nos susurró que nos gastáramos el “realizo” en guaro. Cuando llegamos donde Obregón a rendir cuentas, apenados le confesamos la embarrada y su respuesta fue servirnos un guarilaqui “pa’ que no se pasmen”. Por supuesto, el periódico tuvo ese final feliz.

Fue muy generoso conmigo: me invitó a exponer caricaturas en su compañía, me prestaba sus libros entrañables, me enseñaba dibujantes desconocidos, me felicitaba cuando le gustaba algún trabajo mío, pero también me jalaba las orejas cuando le parecía que estaba descuidando mi línea o si mi humor estaba decayendo.

Dictó un curso de cómics en la Universidad de Antioquia y un grupito de mujeres se enamoró perdidamente de él y él de ellas y empezaron a frecuentarlo todos los jueves por la noche en una vieja casa del barrio Prado, y fueron ratos inolvidables para los que tuvimos la dicha de estar.

Se conversaba de todo, hasta de política, tema que poco lo entusiasmaba y por eso son escasas sus caricaturas que se refieren a la actualidad política (o politiquera, diría él). Y de pronto estábamos armando sonetos endecasílabos entre todos o escribiendo un cuento a varias manos. Se hizo el guion de un corto, se grabó protagonizado por él, hicimos entre nosotros un concurso de diseño del afiche... Éramos felices.

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Y aprendimos mucho de Obregón porque había leído todo, había visto todo el cine, todo el humor gráfico, conocía toda la música y disponía de una memoria prodigiosa. Su papá, Carlos, fue también arquitecto y amigo del pensador Fernando González y del caricaturista Pepe Mexía: lo amamantaron el arte y la amistad. “Nací con un lápiz en la mano”, decía.

La primera referencia que tuve del caricaturista Obregón fue cuando estaba en quinto de bachillerato y el profesor de literatura nos puso a analizar uno de sus dibujos, que salían los domingos en El Colombiano.

Supongo que en mis febriles 17 años me lucí interpretando “el mensaje” de Obregón, y temo que hoy no la entiendo, pero esa caricatura sembró en mí curiosidad y, cuando conocí mejor su trabajo, admiración sempiterna: Obregón es de los más grandes caricaturistas colombianos (con Osuna, Barti, Caballero y Naide), un fisonomista descrestante, tacaño en líneas, de trazo limpio y con humor, porque en las rayas también se agazapa el humor... En fin, “un mostro”.

Obregón era también un escritor delicioso, un poeta “de aquí a Shanghái”, al que no le dio la gana de ser un escritor famoso, así como era un berraco dibujante al que no le dio la bendita gana de ser un gran pintor o, por lo menos, un excelso acuarelista.

De sus poemas escogí este del librillo Versos de amor y de los otros:

Confesión no pedida

Mi gran enemiga es la ternura.

No sé cuándo la conocí,

no sé cuándo supe que su nombre no es

ese.

Pero sé que me pesa como otro corazón

urgente y ávido.

A nadie puedo mostrarla

como no sea cubierta de disfraces

pues no se hizo para ser mirada.

A nadie puedo confesarla

pues no se hizo para ser abarcada por palabras.

Sería como mostrar el vuelo de un árbol,

sería como confesar un aroma.

***

Me gusta porque siempre sentí que Obregón envolvía su ternura en una corteza áspera, y cuanta más ternura le inspirara un amigo más crueles eran los chistes que le hacía. Su obra literaria está minada de tiernos guiños, los personajes de su historieta Los Invasores rezuman inocencia, que es un elemento de la ternura, y su humor tiene la porción de ternura que debe tener el humor, pues “toda caricatura es un homenaje”, dijo siempre: “He hecho dos o tres caricaturas contra alguien: creo que una contra Pinochet, pero yo no le gasto tinta a Hitler ni a Franco”.

De su librillo (por cortico y edición humilde) Memorias enanas, que son recuerdos del colegio, escogí este breve texto (todos sus escritos son cortos, tal como hablaba en las botadas de corriente con los amigos: corto, sustancioso y con humor. Y cuando algún contertulio despistado se sentaba en la palabra, Obregón lo frenaba con un apunte que lo hacía reír y lo dejaba mudo.

Los grandes

Los grandes no nos determinaban. Bastaba estar un año adelante para ser grande. Pero en todos los grados había tareas que exigían un dibujo. Los grandes llegaban entonces hasta mi pupitre, súbitamente cordiales. Yo trazaba orgulloso en sus cuadernos los rasgos de Policarpa Salavarrieta o de Simón Bolívar. Era mi momento de triunfo. Una vez complacidos, aquellos seres superiores volvían a ignorarme. Yo regresaba al anonimato, resignado y sonriente. Pero tal vez ese último rasgo de inteligencia es falso; los niños no sonríen.

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***

Este relatico me gusta mucho porque me sale, como seguramente les sale a casi todos los caricaturistas que éramos tímidos y poco populares (y algunos además éramos feos, contrario a Obregón, que tenía presencia de hidalgo), pero que nos dábamos nuestra “palomita” de gloria a la hora de dibujar.

En diciembre de 2020 salió la Historia de la caricatura en Colombia, tres gruesos tomos bellamente editados, pero qué desconsuelo cuando busqué ansioso el nombre de Obregón, y nada. No me atreví a visitarlo y llevarle los libros, me daba cierta pena que él no apareciera y yo, su aprendiz, sí. Me quedé sin saber qué diría de la ninguneada.

Pero una amiga suya me recordó una croniquilla premonitoria que Elkin escribió sobre el tema: cuenta que estábamos los dos tomando cerveza y que me confesó una obsesión: “Anhelo saber si mi aporte al mundo de la caricatura será recordado dentro de cien años”.

Y que al instante se apareció Mefistófeles y lo llevó al futuro y que Elkin buscó su nombre en internet.

—¿Y bien? —pregunto yo.

—No existo más, nadie me recuerda.

Por Mico

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Orlando(56030)12 de abril de 2021 - 01:41 p. m.
Conocí a Elkin Obregón en Diners cuando acompañaba yo a Kekar a entregar las caricaturas que ilustraban a algunos de los artículos de la revista. Aunque el trato fue de saludo, me pareció, como dice Mico, un hidalgo de corteza áspera. R.I.P.
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