Salvador Dalí llegó a hacer un reemplazo. Cuando nació, en 1904, ya había ocurrido una tragedia en su familia: le pusieron Salvador porque antes de que naciera, exactamente tres años antes, su hermano había muerto por una infección estomacal. Se decidió entonces que el nuevo niño llenaría el vacío e interpretaría el papel del difunto. Una responsabilidad que Dalí no pudo quitarse de la espalda y que lo perturbó hasta el día de su muerte. “Durante toda mi niñez y juventud viví con la idea de que era parte de mi hermano mayor. Es decir, en mi cuerpo y alma llevaba el cadáver adherido de este hermano muerto porque mis padres hablaban constantemente del otro Salvador”, dijo alguna vez. ¿Cómo entiende un niño que hay una tumba con su nombre que siempre deberá visitar? ¿Existe él o su hermano? ¿Su alma es suya o es la de ese muerto que se ve igual a él?
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Se dice que Salvador Dalí fue un niño tímido. Eso es lo que cuentan, pero lo que no se entiende: ¿tímido? Si era el mismo que salía corriendo a estrellarse contra las columnas para quedar desmayado en el piso. Cuando le preguntaban qué le había pasado, contestaba que nada, que lo había hecho porque había perdido atención y nadie lo estaba mirando. La anécdota la compartió el pintor Antonio Pitxot en el documental “La persistencia de la memoria”, en el que también se dijo que Ramón Pitxot fue quien le mostró la pintura a Dalí por medio de sus cuadros impresionistas.
Sobre esos años y, por ejemplo, la exploración que Dalí hizo de su sexualidad, se dice que prefirió congelarla. Que se quedó en la etapa de la masturbación, pero que tampoco tuvo opción, ya que su cuerpo nunca estuvo listo para “atacar” al otro sexo, sin importar cual hubiese sido. Que no es que haya elegido ser asexual, o mejor, ser muy sexual a su modo. Nadie lo supo, por lo menos no con certeza, ya que las respuestas de Dalí siempre eran distintas. No era precisamente un purista, ni mucho menos alguien pudoroso, así que las palabras las elegía sin reparos y hablaba de masturbación, fluidos y todo lo que incluía al sexo sin temor; pero de él, de lo que vivió él, de si lo padeció o lo disfrutó, de si le gustaba o no, no hubo claridad.
Su sexualidad, que no es un asunto menor, tuvo que ver también con su carácter, y con esa tendencia a ser recordado por cosas menos terrenales que las del placer que se encontraba en su cuerpo o en el de alguien más. Dalí decidió que sería algo más que un ser humano. “Cada mañana cuando me despierto, experimento nuevamente el placer supremo: el ser Salvador Dalí”, dijo, y así vivió, y así pintó, y así murió.
Después de que Dalí se topara con la pintura y de que comenzara con algunas clases que auspiciaron sus padres, sobre todo su madre, quien siempre promovió este interés, llegó a la Residencia de Estudiantes para estudiar en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Cuando llegó a Madrid su mamá ya había muerto y a él eso lo había devastado. “La muerte de mi madre me sorprendió como una afrenta del destino. Una cosa así no podía ocurrirme a mí, ni a ella ni a nadie. Con mis dientes apretados de tanto llorar, me juré que arrebataría mi madre a la muerte, con las espadas que algún día brillarían brutalmente en torno a mi glorioso nombre”, escribió, y después enfrentó el matrimonio de su papá con su tía, la hermana de su mamá. Tenía 17 años.
A la Residencia de estudiantes, Madrid, llegó en 1922, tenía 18, y allí pintó cuadros que exploraron el cubismo. En ese lugar se encontró con Luis Buñuel, Federico García Lorca y Pepín Bello, con quienes entabló una relación de amistad, pero, sobre todo, de construcción. Eran creadores de obras que superaban el promedio de su formación, y lo sabían, y se emborrachaban de ambición cada vez que terminaban algún proyecto o comparaban sus creaciones. Se amaron, se envidiaron y se criticaron.
A Dalí le decían “El pintor polaco” porque su excentricidad ya era evidente. Además de su apariencia, con la que dejó claro que no era un tipo corriente ni clásico ni conservador, su pintura comenzó a mezclarse entre las técnicas más clásicas y las modernas.
La amistad que más se afianzó en la Residencia de estudiantes fue la de García Lorca y Dalí. El nexo, que se inició en 1923, originó una serie de obras que dejaron constancia de su cercanía. García Lorca le escribió un poema a Dalí que tituló “Oda a Salvador Dalí”, y que seguramente inspiró en sus cartas, discusiones y desencuentros acalorados en los que, por ejemplo, peleaban por determinar quién había sentido más miedo después de presenciar una pelea ajena en un bar. A Dalí lo echaron de la Academia porque, según él, no había nadie con el nivel para calificarlo. Comenzó a cultivar su arrogancia desde temprano y García Lorca fue uno de los que, además de tolerarla, cayó rendido. Terminó amando su insolencia, así en muchas ocasiones la hubiese criticado, porque “Dalí no se dejaba llevar”.
El contacto epistolar entre los artistas se mantuvo durante años. En las cartas se contaban sobre las obras que estaban llevando a cabo, sus obsesiones artísticas, problemas personales, anhelos más profundos y padecimientos más amargos. Todo esto atravesado por un lenguaje con el que se esforzaban por engrandecer lo que sentían a través de sus textos.
García Lorca estaba enamorado de Dalí, Dalí no estaba enamorado de García Lorca. garcía Lorca quería consumar un anhelo que lo ponía a temblar cada vez que le escribía a su amigo en Cadaqués, quien no pudo hacer más que jugar un par de veces con una que otra referencia sexual que estimulara más el deseo del poeta. “Tú eres una borrasca cristiana y necesitas de mi paganismo (...) yo iré a buscarte para hacerte una cura de mar. Será invierno y encenderemos lumbre. Las pobres bestias estarán ateridas. Tú te acordarás de que eres inventor de cosas maravillosas y viviremos juntos con una máquina de retratar (…)”, le escribía Dalí. Después se distanciaron. La relación, aunque tuvo muchos altibajos, permaneció hasta 1936, año en el que Federico García Lorca fue asesinado.
Dalí supo del amor: sus padres, a pesar de que lo concibieron como un reemplazo del niño que ya había muerto, “lo quisieron mucho, mucho”, como él mismo recuerda. García Lorca tuvo que morderse los codos para aguantarse las pulsiones que su amigo pintor le generaba y Gala, la esposa, compañera, pocas veces amante y gran cómplice de Dalí, fue una de las pocas a la que el pintor amó: “Te quiero como se quiere el dinero”. Dalí adoraba el dinero.
Se conocieron en 1929, cuando Gala viajó con su esposo a Cadaqués. Fueron a visitar a Dalí, que en ese momento no era más que un pintor talentoso que había ido a París y se había sumado al grupo de los surrealistas que lideraba André Breton, artista francés. La atracción fue inmediata, imposible de ignorar o mermar. Los dos quedaron hipnotizados y se rindieron ante un destino incierto que confirmó que realmente no podían separarse. Gala estaba casada con un pintor famoso que ya contaba con reconocimiento en París, Paul Éluard, y Dalí, bueno, Dalí estaba convencido de su grandeza, pero aún le faltaba que el resto de España, Francia y Europa lo reconocieron. No tenía mucho, pero no importó. Gala dejó a Éluard y comenzó su camino junto a un pintor que comprendió que había encontrado a la mujer que sería más que su musa.
“Yo considero más importante mi personalidad que mi obra”, le dijo Dalí a Albert Reynolds Morse, cuando este intentaba convencerlo de que dejara de pintar retratos de personajes famosos y de exponerse tan estrambóticamente. Lo recalcó tiempo después cuando explicó el por qué de su comportamiento, de su forma de asumir su profesión de artista y figura pública: “Todas las excentricidades que he cometido, todas las incoherentes exhibiciones proceden de la trágica obsesión de mi vida. Siempre quise probarme que yo existía y no era mi hermano muerto. Como en el mito del Cástor y Pólux, matando a mi hermano, he ganado mi propia inmortalidad".
Más allá del análisis de sus obras, la profundización en lo que había detrás de sus prodigiosos dedos revelan algo más del Dalí que exploró técnicas clásicas y se convirtió en una de las figuras del surrealismo, que para él era otro tipo de ciencia, de producción de conocimiento. Otra forma de exponer las formas en las que el inconsciente revelaba información sobre el mundo y el sentido de la vida. Más allá de las formas, de los límites que sobrepasó, de las tantísimas obras que pintó para estar cómodo mientras pensaba en las que lo harían inmortal, Dalí es digno de una exploración en sus entrañas, en las razones y motivos que lo empujaron a ser tan distinto como para llegar a pertubrar o hipnotizar no solo con su arte, sino con su presencia.