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Trotski: la otra cara de la historia

Le decían La pluma, aún antes, muchos años antes de que sus compañeros de lucha empezaran a llamarlo Trotski, en honor a su carcelero en Siberia, un hombre con quien habló y profundizó sobre el ser ruso, sobre literatura y filosofía, y con quien discutía sobre Dostoievski y Pushkin y el verdadero sentido de la vida, sobre la política, Dios y los zares.

Fernando Araújo Vélez
19 de agosto de 2020 - 10:56 p. m.
León Trotski, cuyo verdadero nombre era Lev Davidovich Bronstein, en medio de algunos ejemplares de la prensa internacional.
León Trotski, cuyo verdadero nombre era Lev Davidovich Bronstein, en medio de algunos ejemplares de la prensa internacional.
Foto: Archivo Particular

Pasado un tiempo, luego de las persecuciones, de sus huidas, de su ir de país en país en busca de asilo, de mirar constantemente hacia atrás y hacia el lado, de salir corriendo en medio de las noches, de recibir notas que le informaban de la muerte de sus hijos, de sus amigos, de sus copartidarios, dijo, escribió, que sus primeras líneas con sentido las fue plasmando en un cuaderno de una edición vieja de El Manifiesto Comunista de Marx y Engels que se iba deshojando de tanto pasar de mano en mano en el pueblo de sus primeros años, Nikolaiev, Ucrania. Él reescribía. Copiaba al pie de la letra la mayoría de los párrafos, pero añadía unas cosas y suprimía otras. Lo que iba quedando era su versión, a veces con su estilo, a veces con las figuras de Marx. Luego siguió escribiendo.

“Los líderes del grupo se disputaban el único ejemplar manuscrito que teníamos del Manifiesto Comunista de Marx y Engels, copiado en Odessa con quién sabe cuántas variedades de letra e incontables errores y textos faltantes. Atentos a estas carencias, comenzamos a escribir nosotros mismos. Entonces fue que tuvo su origen mi carrera como escritor, en coincidencia con mis primeros pasos como propagandista revolucionario. Escribía yo proclamas y artículos, que luego me encargaba de copiar en caracteres de imprenta para el multicopista. Ignorábamos por completo que ya existían las máquinas de escribir. Me entretenía trazando las letras con el mayor detalle, ya que tenía el cuidado de que ningún obrero, aunque solo supiera deletrear, dejase de entender los textos salidos de nuestras ‘prensas’”.

Él no dejó jamás de escribir. Le decían La pluma, aún antes, muchos años antes de que sus compañeros de lucha empezaran a llamarlo Trotski, en honor a su carcelero en Siberia, un hombre con quien habló y profundizó sobre el ser ruso, sobre literatura y filosofía, y con quien discutía sobre Dostoievski y Pushkin y el verdadero sentido de la vida, sobre la política, Dios y los zares. En Siberia, exiliado, encarcelado, Trotski dejó de llamarse Lev Davidovich Bronstein, pero no solo dejó de llamarse así. Dejó de ser el muchacho de letras, que creía que a punta de letras iba a poder cambiar el mundo. En prisión comprendió a cabalidad su lugar en la sociedad rusa de finales del Siglo XIX y comienzos del XX, y decidió actuar. Con la vida, por la vida, por la vida de los otros, pero actuar.

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Había empezado a actuar y a soñar con actuar, y a jugar al revolucionario en 1898, durante las jornadas que conmemoraban la inmolación un año atrás de una estudiante llamada Wetrova en la fortaleza de San Pedro y San Pablo, San Petersburgo. Vivía en una comuna, y una tarde de aquellas salió a protestar con un compañero de apellido Sokolovsky. Protestaban por la muerte de la estudiante, por las condiciones de Rusia, por la arbitrariedad, por el hambre. Por todo. Entonces comenzaron a hablar de revoluciones. Y las pequeñas palabras se fueron convirtiendo en grandes palabras. ¿Por qué no empezamos de una vez?, dijo uno. Sí, más, ¿de qué manera?, preguntó el otro. Acordaron salir a buscar obreros, “y no esperar ni preguntarle nada a nadie”.

Salieron. Buscaron. Ni preguntaron ni pidieron permiso. Sokolovsky habló de unas reuniones evangélicas. Lev Davidovich Bronstein le dijo que sí. “Al día siguiente nos reunimos en una taberna, en un grupo de unos 5 o 6 miembros. A nuestro lado -recordaría Trotski-, la caja musical hacía un ruido infernal y velaba nuestra conversación a oídos indiscretos. Muchin, un hombre flaco, con barba de perilla, guiñó sagazmente su inteligente ojo izquierdo, miró mi cara lampiña con aire bonachón, y me dijo, sobriamente y subrayando sus pausas: ‘En asuntos como estos, el Evangelio es para mí la mejor ayuda. Desde la religión, paso posteriormente a la vida. En estos días sumé para la causa a un ‘horista’ con el auxilio de algunas habas blancas'”.

Actuando, Trotski escribió, y escribiendo, actuó. Comprendió el sentido de las letras, el uso que desde tiempos inmemoriales se les daba, los intereses que había alrededor. Luego conoció los periódicos y publicó allí algunos de sus artículos. Y muy luego, entendió y escribió: “Lo que a uno más le sorprende es comprobar que en cualquier asunto en que se encuentre muy interesada la opinión pública, hasta qué extremos puede llegar la humana vocación de mentir. Lo digo sin una sola pizca de de indignación moral, empleando el tono que usa el naturalista cuando se refiere a un hecho. La necesidad, y así mismo la costumbre de mentir, reflejan las contradicciones del medio social en que estamos. Podría uno afirmar (sin temor alguno a equivocarse) que los periódicos no dicen la verdad salvo en casos completamente excepcionales y con ello no quiero ofender a los periodistas, seres que no se distinguen en gran cosa de los otros mortales: son, meramente, su portavoz y también su auricular”.

Los periódicos, solía decir, sobre todos los importantes, como The Times, en Inglaterra, o Temps, en Francia, “dicen la verdad en los asuntos baladíes e indiferentes para, así, hacerse con el derecho de engañar a la opinión en los asuntos de gran importancia con la imprescindible autoridad” . Retomaba, de alguna manera, algunas palabras de Emil Zola, para quien la prensa financiera francesa se dividía en dos bandos: “la venal y la denominada ‘incorruptible’”, o sea, la que sólo se vendía en casos muy particulares y a cambio de crecidas sumas de dinero. A la otra no le interesaban ni la verdad ni la credibilidad, sino vender. Mentir y vender. Saciar al pueblo de escándalos y de chismes y de detalles de la vida privada de los famosos, a quienes esa misma prensa había encumbrado para que fueran idiotas útiles que desviaran la atención sobre las cosas fundamentales.

Los idiotas útiles, y los no tan idiotas, lo enviaron a Siberia varias veces, y lo obligaron luego a deambular por Europa, desde donde siguió escribiendo, taladrando a sus lectores de nuevas ideas nuevas formas de vida, hasta que llegó la Revolución de febrero del 17, el gobierno provisional de Kerenski, y Trotski retornó a Rusia, igual que un hombre con quien se había aliado y con quien había discrepado, Vladimir Illich Ulianov, Lenin. Entre los dos, lograron que el poder, el gran poder de Rusia, pasara a manos del proletariado, y derrocaron todo lo viejo y lo que olía a conveniencia. Entonces surgió la contraguerra. Dieciocho ejércitos de la Europa occidental contra los bolcheviques. Trotski asumió el mando del Ejército Rojo. Fue cruel, sanguinario, despiadado y vencedor.

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“El que quiera hacerse una idea respecto de este frente único -dijo a propósito de los ejércitos enemigos- no tiene más que leer las primeras líneas del Manifiesto Comunista de Marx y Engels: ‘Todas las potencias de la añeja Europa -el papa y el zar, Merternich y M. Guizot, los radicales franceses y la policía alemana, todos ellos- se han conjurado en una jauría santa contra este espectro que es el comunismo’. Aunque hoy los nombres resulten ser otros, el contenido no ha cambiado excesivamente”. La jauría santa cayó. Trotski y sus soldados lograron mantener el rumbo de la revolución bolchevique. Lenin celebró, pero no le alcanzó el tiempo para cimentar sus ideas. Murió a comienzo de 1924. Pese a que su heredero natural era Trotski, una carta, una traición de la secretaria de Lenin, unos cuantos rumores, dejaron en el poder a Ioseff Stalin.

Con Stalin, todo se transformó. Trotski pasó a ser su enemigo, “el enemigo declarado de la revolución”. Lo acusaron de traición, de altas conspiraciones, y de cuanto pusieron imaginar y mil cosas más. Se burlaron de su idea de una revolución permanente. “No todo va a consistir en la revolución, hay que pensar también en uno mismo”, recordó que le dijeron en una reunión. Su final estaba escrito y sentenciado. Pasaron casi dos dácadas para que se diera, y se dio en agosto de 1940 (Trotski falleció el 21 de agosto del 40), cuando un ortodoxo comunista llamado Ramón Mercader, a quien los altos mandos stalinistas adiestraron por años para infiltrarse en su círculo más íntimo, le clavó un piolet por la espalda. Luego de su muerte, sus textos comenzaron a publicarse. La historia, o la otra cara de la historia, comenzó a conocerse.

Por Fernando Araújo Vélez

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