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Un altar al disco en la dictadura

El joven director chileno Pablo Larraín presenta en Colombia su última película, ‘Tony Manero’.

Liliana López Sorzano

25 de noviembre de 2009 - 03:53 p. m.
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Tiempos difíciles y austeros, una sociedad violentada por sus procesos políticos en plena dictadura militar de Pinochet: ese es el contexto histórico que escogió para su película    el director  Pablo Larraín, quien apenas tenía dos años  cuando Chile estaba sumida en la represión.

El personaje central lo encarna Raúl Peralta, un hombre de 52 años que vive en un barrio popular en Santiago de Chile y que trabaja ocasionalmente como bailarín en un bar de mala muerte. Su sueño y su único fin en la vida son parecerse a Tony Manero, el personaje que interpreta John Travolta en Fiebre de sábado en la noche, y participar en un concurso de televisión de imitadores de este bailarín de la música disco. Además, cada fin de semana, Peralta dirige a un grupo de bailarines aficionados (quienes inexplicablemente se pelean por su afecto) que se presentan en el bar donde recrean escenas de la película y le rinden homenaje al héroe americano de las pistas de baile.

Casi todos los días se dirige a un teatro vacío para ver la película y aprenderse los diálogos como un obseso. Peralta le rinde culto a ese personaje que desafía las luces y las baldosas de colores con sus pasos pronunciados. Con la ilusión de usar el mismo traje y de recrear todo el ambiente llega hasta las últimas consecuencias para conseguirlo, convirtiéndose en un asesino psicópata. Aunque para el director puede ser un tipo amable y tener algo de bello en su interior, para otros es un personaje que con su frialdad, mezquindad y comportamiento de ave  carroñero no produce otra cosa que rechazo y poca compasión.

Fiebre de sábado en la noche fue estrenada en Chile en 1978, año en el que se sitúa Tony Manero, y que coincide con la época más represiva de los 17 años de dictadura.

La intención del director no era simplemente mostrar el transcurrir de los días de un asesino en serie, de un hombre marginal, sexualmente impotente, inexpresivo y que pareciera no inmutarse, sino con la idea de suplantar a un personaje que sólo existe en la pantalla. Más que eso, es hacer una reflexión y crítica de lo que significa apropiarse de una identidad cultural prestada como lo han hecho muchas de las sociedades de países latinoamericanos en sus costumbres e inconscientes colectivos.

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“Con este relato pretendo mirar con crudeza a una sociedad incapaz de verse frente a frente con su historia, que aun teniendo las manos llenas de sangre, intenta lucir con estilo y a la última moda, lista para bailar con destreza bajo las luces, ignorando el sufrimiento de los otros”, afirma Larraín.

Las reacciones en Chile sobre esta película han sido mixtas. En la derecha política no ha sido bienvenida, algunos grupos anti-Pinochet han reclamado la mala imagen que proyecta la cinta del país.

No es de extrañarse que esto pase, porque no es una película para todos los estómagos. Sin embargo, es una apuesta arriesgada, de una cinematografía interesante que se desarrolla con una cámara al hombro poniendo la sensación y la mirada adentro, en la escena. Tiene una fotografía oscura de grano visible, como de rollo gastado que le da el ambiente perfecto. Es de resaltar el trabajo de Alfredo Castro, el actor que interpreta a Peralta y quien también participó en la escritura del guión y que casi nunca sale de pantalla y hace vivir el grotesco espectáculo de este héroe trágico de mirada desapacible.

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Sin duda es una historia sórdida, de lenguaje visceral, que logra confrontar al espectador.

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Por Liliana López Sorzano

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