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Un antidiccionario

Esta obra sigue siendo una guía que devuelve la validez al anarquismo.

Santiago Espinosa / Celedonio Orjuela Duarte

05 de marzo de 2009 - 06:00 p. m.
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Puede que no haya nada tan satanizado como el anarquismo. Para los poderosos, llámese historiadores, profesores, políticos, gerentes o sacerdotes, el anarquismo es un grito en el aire que no tiene historia ni pensamiento. Aquí se equivocan los poderosos. La primera tarea de este genial Diccionario es mostrar, mediante un rosario de biografías, que el anarquismo es un pensamiento que goza de completa validez, del ruso Mijaíl Bakunin al Italiano Malatesta. Que han tenido un papel casi preponderante en las revoluciones desde La Comuna de París hasta Mayo del 68 y que, como sistema de gobierno en la España de la Guerra Civil, tan sólo fracasó en la milicia y en llenar las cárceles, únicos méritos de los actuales gobiernos.

Ya en las artes, al ver a tantos que se han declarado abiertamente anarquistas como Rimbaud, Simon Weil, Camile Pisarro, Tosltoi o Kafka, queda para el lector la siguiente sospecha: ¿No ha sido toda imaginación desinteresada, artística, un acto fundamentalmente anarquista? Así lo creía García Lorca (véase definición de Poeta.)

Pero también tienen razón los poderosos en satanizar al anarquismo: en tiempos de parálisis como estos, sin ninguna esperanza de utopía ni de cambio, bastaría una pequeña máxima de un pensamiento ácrata para mostrar que nuestra libertad, vacua, se limita a escoger entre vitrinas, y que nuestra noción de justicia sólo es una sangrienta paradoja.

Y de ahí la segunda tarea del Diccionario: mediante poemas, máximas o frases, dar nuevos valores a un mundo que perdió la espontaneidad y su capacidad de reinventarse. Más que significadazos en sentido estricto, des-significa lo que dábamos por hecho, siembra las dudas donde antes las certezas. Para la muestra dos botones:

Terrorismo: La ilusión de que puede vencerse a la coalición de explotadores con unas libras de explosivos. Piotr Kropotkin.

Patriotismo: “Último refugio de un bribón”. Samuel Johnson.

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Libro de risas y sabiduría que  nos recuerda que no hay verdades absolutas ni ideas eternas. Por eso dicen Roca y Álvarez, anarcos de poemas y de títeres, biógrafos y compiladores del Diccionario: “Cada vez que la libertad se encuentra en total peligro de extinción, aparece un anarquista, pinta un hueco en la pared de la celda y sale por él a beberse la intemperie”.

El anarquismo en la piel

Este libro del poeta simbolista francés Paul Valéry (1871-1945) es una pertinaz indagación del pensamiento libertario y  la búsqueda de la pureza del hombre en todos los órdenes de la vida. Estas reflexiones segmentadas tienen la fuerza suficiente para que sigan siendo válidas en el tiempo. Aquí se ocupa de la libertad,  los poderes, el humanismo, la enseñanza, los tiranos, los partidos políticos: “El partido más numeroso reúne necesariamente la mayor cantidad de tontos; y no sólo por ser el más numeroso, sino también porque los tontos se atraen entre sí incomparablemente más que los no-tontos”. El estudio propone el comportamiento del ser desde la síntesis.  Cuando Valéry pensaba en un Estado socialista decía: “En un sistema socialista consolidado no es posible la existencia de una producción del espíritu destinada al espíritu. Si a pesar de todo ese sistema  quiere tolerar (y como sucede a veces, proteger tal clase de producción) ésta se convierte en el grano de arena que avería la máquina.”

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El libro también contiene una reflexión de François Valéry, titulada “Paul Valéry y la política”, donde analiza la actitud del poeta frente a la política,  en el que sustenta entre otras cosas: “que sólo hay dos sistemas políticos: el socialismo y la anarquía”. Lo interesante de las ideas anarquistas es que no son aguas estancadas pudriéndose en la retórica. Quienes han profesado y profesan estas ideas hacen que el espíritu del hombre prosiga su espiral. 

Por Santiago Espinosa / Celedonio Orjuela Duarte

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